domingo, noviembre 28, 2010

Terremoto. Sigo adelante.

Trato de razonar lo que sentí aquella madrugada a las tres y media, cuando desperté dentro de mi habitación en aquella ciudad del desierto.
Me observo a mí con perplejidad y desconcierto, mirando con pasmo el bamboleo de las paredes del apartamento. Todo parecía ondularse a un ritmo acompasado y febril: La cama, el suelo, los muebles. ¿Acaso estaba en un buque? Y el ruido; similar a un gorgoteo subterráneo. Absolutamente todo moviéndose con frenesí en el umbral del descalabro; y yo, con ambas manos crispadas sobre las sábanas, los ojos incrédulos y los pies titubeando.
La cuestión es que no sentí miedo, en realidad no me dio tiempo siquiera a experimentarlo. Luego supe que si el seísmo hubiera sido según la escala Richter, unas décimas más enérgico, quizás hubiera fallecido con una expresión de estupefacción grabada en mi semblante.
Sin embargo la oscilación se detuvo. Me asomé a la puerta y escuché. No se oían gritos de pánico ni ruidos anormales, todo parecía seguir una pauta preconcebida de antemano. Era un silencio de miedo y muerte. El silencio que crea la oscuridad para llevarse a los débiles y a los peor preparados. Así sucede en esos lugares del mundo donde la pobreza es sinónimo de muerte; sin atenciones ni ayudas.
Tuve un mal presentimiento. No sabía cómo había llegado a instalarme en aquella ciudad del desierto, aunque tampoco anhelaba quedarme en aquel hotel por más tiempo y más tras observar las grietas que el temblor había causado en sus muros y tabiques.
Salí apresurado, en bañador y chanclas, un polo y la mochila a cuestas. En recepción, por sorpresa o de forma premeditada, no había nadie. Escapé hacia afuera y nada más surgir del inmueble los vi. Todos, o casi todos estaban ya fuera. Situados a razonable distancia proferían gritos de pánico y lloraban presas del miedo y la histeria. Algunos, entre los que se encontraba el recepcionista, me felicitaron, ya que realmente acababa de nacer, me comunicaron con aire solemne, pues el edificio estaba en muy mal estado.

Hacía un frío impresionante por la noche en aquel desierto – ciudad; supongo que lo mismo sucede en los demás lugares. ¿Alguna idea sobre a donde ir? Estaba vivo luego, excepto seguir adelante con aquel viaje disparatado, no se me ocurrió nada mejor...

Durante unos instantes pensé en presentarme en casa de mi amiga, antes novia y muy querida, aunque por aquellos tiempos se había transformado en una mujer ocupada en sacar adelante a sus hijos. Deseché la idea cuando supe que estaban a salvo; pues me llegó un mensaje de su sobrino interesándose por mí. Además, estaban acostumbrados a esa clase de vida. Si es que es posible acostumbrarse a vivir aguardando con miedo e impotencia el golpe traidor de un próximo temblor.
En cambio yo, debía seguir adelante. Había otros lugares, me esperaban, y no había tiempo que perder. Más tarde volvería sobre mis pasos y me reuniría con mi amiga.

Tuve suerte en la estación de autobuses. Algunos salían de madrugada con destino a la capital. De modo que me embarqué y antes de ser consciente de mi estrella, una joven y preciosa peruana se acomodaba a mi lado.
— ¿A dónde vas? Me preguntó.
— A Lima, le dije molesto y sin ningún deseo de hablar.
— Ah. Yo a San Vicente de Cañete. Lo conoces.
— No.
— Ya... Lo suponía. ¿Extranjero verdad?
— Sí...
— ¿De dónde?
— ¿Acaso eso tiene importancia a estas alturas?
— No, no por supuesto. ¿No te habrás irritado? Me preguntó mirándome con preocupación.
— Oh, no, para nada. Es que lo del terremoto no solo me preocupa, también me ha desconcertado del todo. Es algo... tan extraño…
— Sí, son ondas sísmicas. Es como un oleaje terrestre. ¿Lo has percibido?
— Sí, así ha sido...
— Verás... El lugar al que voy es una pequeña población que se encuentra muy cerca de Lima .Necesito saber si todos se encuentran a salvo.
— Te comprendo, le dije. Yo en tu lugar haría lo mismo.
Y giré la cabeza con desconsuelo.
Nos dispusimos a dormir. Apenas había entrado en un leve sopor cuando sentí sus brazos rodearme. Abrí los ojos, me miraba fijamente. Me dijo.
— ¿Cansado de estar solo?
Asentí. Y la oí decir.
— Yo también.
Cerré los ojos y percibí sus labios presionar sobre los míos, su lengua al acariciar mi paladar y fundirse con la mía; comenzamos a besarnos. Mantuve los ojos cerrados, no deseaba abrirlos y estropear llenando de realidad aquel momento de ilusión casi irreal...

El viaje duraba unas seis horas, permanecimos tres reconociéndonos; luego nos dormimos. Después el autobús se detuvo. Oí gritar de forma repetida: ¡Cañete, Cañete, Cañete! Ella cogió su equipaje de mano y me dijo.
— Me llamo Chaska. En quechua significa: “La de cabellos largos y crespos.” Si quieres volver a verme, búscame en Cañete, suelo estar por aquí...
Besos... Le dije adormilado y con tristeza.
Me dio un beso y se marchó.

Cuando llegué a la estación de autobuses me senté con cansancio y de forma abstraída me fijé en una de sus paredes. Un cartel publicitario anunciaba: ¡Iquitos, la ciudad de la selva! Visite sus maravillas.
Lo cierto es que nunca se me había ocurrido que en el Perú hubiera selva. Cuando uno oye hablar del país en cuestión lo primero en lo que piensa es en Lima, el Altiplano andino, el Machu Pichu, y poco más. A continuación me enteré que Iquitos es la población más grande asediada de selva e inaccesible por tierra que existe en el mundo. En la ciudad viven unos ochocientos mil habitantes.
Tomé un taxi al aeropuerto. Y tres horas más tarde estaba acomodado en la butaca 17D junto a la ventanilla, con destino a Iquitos….

Continúa.

José Fernández del Vallado. Josef. 27 noviembre 2010.

A MIS LECTORES: Una de mis escritoras favoritas: Lauren Groof, dice: "Al fin y al cabo la ficción consiste en contar la verdad pero mediante mentiras."
Yo en cambio más bien lo veo así: La ficción consiste en contar la verdad y adornarla con un toque fantástico, pero nnunca una verdadera mentira. Puesto que muchas veces la realidad supera a la ficción.
Así pues este relato es en parte realidad y en parte ficción, pero nunca una mentira ni una absurda irrealidad. En sí se trata de nuestra existencia; sus reveses y fortunas... Así es la vida ¿no lo creeís?

Un abrazo.
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