viernes, diciembre 03, 2010

Señor J... Sigo adelante.

Fotografía tomada por al Autor.


¿Señor J..?
Mareado, miro a ambos lados. Giro sobre mis talones y a mis espaldas encuentro al hombrecillo. Tiene el pelo gris, barriga prominente, y la cara surcada de cicatrices de viruela. Parece de raza blanca, aunque tengo dudas razonables, sobre todo en un lugar donde hay un mestizaje del 70%.
—Sí, soy yo.
Me mira de arriba abajo, sonríe y pronuncia con cortesía.
—Roosevelt para servirle. He venido a llevarlo a su Hotel. Permítame.
Toma mi mochila sin aparente esfuerzo y le pregunto.
— ¿Siempre hace el mismo calor por aquí?
Asiente.
— ¿Y cómo pueden soportarlo?
Deposita la mochila a mis pies. Nos hemos detenido junto a un Peugeot destartalado. Abre la puerta trasera, y me dice.
— Sabe... A veces hace incluso más. Cuarenta o cuarenta y pico. Está de suerte, hoy solo son treinta y ocho, disfrute... Siéntese y espere. Debo recoger a dos más.
— ¿Dos más qué…?
—Pasajeros. Ahora vuelvo. No se mueva.
Entro en el coche. Cierra la puerta y se marcha. Permanezco en silencio, sin moverme un centímetro, con la mochila sobre mis piernas. Tal vez así... ¿disfrute? Una gota de sudor se desliza por mi frente, al cabo de unos segundos me encuentro empapado. Abro la puerta, dejo la mochila en el asiento, salgo y trato de respirar el aire fresco inexistente. Al cabo de unos minutos – dentro de lo malo – estoy mejor.
Roosevelt (no el presidente) aparece con dos ¿holandeses? Nos damos la mano. Subo delante.
Cuando el vehículo arranca la brisa que entra por la ventanilla restablece mi estado.
— ¿Mucho mosquito? Pregunta la irlandesa holandesa.
— No. Responde el chofer.
Y qué hay de la malaria aprovecho para intercalar. ¿Hay malaria por aquí?
Asiente con la cabeza y murmura.
— Sí, por desgracia. Pero sabe... A nadie le conviene decirlo demasiado, si no los americanos y europeos dejaríais de venir.
—Ya, comprendo. Humm... ¿Las pastillas de Malarone, funcionan?
— ¿El qué?
— ¿Las conoce?
—Sí.
— Y sirven... para algo...
— Sí por Dios tómelas. Si va a ir a la selva tómelas por lo que más quiera. No me gustaría que le pasara lo mismo que al americano de la semana pasada.
— Qué le ocurrió.
— Nada... o todo. Se fue unos días a al selva y cogió las fiebres. Se puso malísimo. Se lo tuvieron que llevar a la capital.
— Pues no me da usted ánimos. Pensaba ir a...
— Vaya... ¿De verdad? Merece la pena. Es maravillosa. Mire, mañana paso a recogerle y le llevo a alguna agencia. Por cierto, ya estamos en su hotel.
— ¿Es esta cosa?
— Que ocurre ¿no le gusta? También hablaremos de eso. Mañana a las nueve. ¿Le parece?
— De acuerdo.

En recepción me atiende un brasileño o tal vez portugués. Más tarde me entero de que se trata del dialecto que hablan allí. Una mezcolanza entre español y portugués.
Tras juguetear a intentar comprendernos durante cerca de media hora, me acompaña a mi habitación. Nada más abrir la puerta descubro una especie de antro con un par de ventiladores, sin ventanas exteriores. La verdad, no me agrada demasiado pero todo parece estar limpio y además ansío tomarme una ducha y acomodarme al amparo de la brisa de los ventiladores.

Una vez a solas me desnudo con premura, entro en el plato de la ducha, abro el grifo corro las cortinas y me dejo rociar con un agua templada, giro sobre mí y me congelo. En la pared, cómodamente instalada, acechándome desde que entré, distingo el bello espectáculo de una tarantulita peluda y simpática. Es curioso, hasta ese instante no se me había ocurrido pensar que la ciudad en la que estoy es una isla en medio de la selva, y es previsible – aunque yo no haya previsto nada – encontrarse sorpresas así. Salgo apurado, el bicho no se mueve un ápice de su posición. Agobiado abro mi mochila y revuelvo en su interior hasta encontrar el relec anti parásitos, y cuando me dispongo a rociar, observo que ha tomado las de Villadiego. El artrópodo es listo, o al menos lo aparenta. Rocío todas las paredes con relec, y cuidadosamente vuelvo a introducirme bajo la cebolla de la ducha.
Cuando salgo y comienzo a vestirme, me doy cuenta de la exigua eficacia del baño, me asfixio de nuevo. Enciendo ambos ventiladores al tiempo, el del techo y el del suelo, el cual enfoco hacia la cama procurando que alcance los puntos vitales de mi cuerpo. Una vez me aseguro, me acomodo y por primera vez disfruto de mi llegada ¿al paraíso?
La noche es lo más parecido a un infierno, escuchando los motores de los ventiladores como si fueran las hélices de un bimotor. Algo me pica en el tobillo, fuera del radio de acción del ventilador, quien causa mi primer tatuaje de guerra ¿será la preciosa arañita, o el famoso Anopheles gambiae? Me rasco y apuesto por el Anopheles.

A la mañana siguiente descubro la mesilla de noche donde dejé la envoltura de un caramelo y el estuchito con mi audífono infestado de unas hormigas tan diminutas como jamás las he visto.
El susto me lo llevo al abrir el estuche. Los insectos son tan minúsculos que han sido capaces de colarse por las ranuras de la cremallera, hasta alcanzar mi audífono abierto con la pila depositada a su lado, e incluso deben de haber entrado en él. Preocupado cojo el aparato y lo reviso de forma metódica. La situación es complicada; si no quiero perder mi oreja no puedo desinfectarlo con lejía ni rociarlo con antimosquitos. Cuando me aseguro de que está libre de bichos descubro un detalle que me sorprende. El instrumento parece estar milagrosamente limpio. ¿Es posible que las hormigas hayan devorado cualquier resto de cerumen o impureza hasta dejar el audífono limpio como nunca lo tuve? Superadas mis reticencias me lo pongo y salgo al pasillo.
En recepción descubro que lo del desayuno incluido es una falacia. Decido no ponerme nervioso; tampoco hay por qué. Me encuentro bien y tranquilo y además de momento ¡no sudo!
Pregunto al recepcionista donde puedo encontrar un lugar para desayunar. Me acompaña a la calle, y sin dejar de hacer aspavientos, me indica que caminando dos cuadras luego yendo a la derecha, para finalmente volver sobre mi izquierda – finaliza de informar satisfecho – encontraré el mercadillo de “Santas Pascuas.” Asiento como si no hubiera problema, pero estoy tan perdido como Jesucristo en el desierto.
Me pongo en marcha. Aún es temprano y caminar me vendrá bien.
Hace una mañana espléndida y además la ciudad que voy descubriendo no deja de sorprenderme; todo es nuevo y a la vez tan antiguo... Es como si hubiera retrocedido en el tiempo hasta principios del siglo pasado, y me encontrara en un lugar similar a, por ejemplo, Nueva Orleans. Hay casas preciosas con paramentos cubiertos de azulejos verdes, azules, marrones. Definitivamente esto no es el Perú, sino un lugar que se congeló en el tiempo tras la opulencia del caucho.
Doblo una calle y encuentro a los escribas. Maravillado permanezco observando como debido al analfabetismo, la gente recurre a ellos para que les redacten documentos y cartas.
Sigo caminando y al fondo de una calle diviso un bullicio exagerado. Instantes después me introduzco en un mercado que se extiende en variadas especialidades. Se venden desde retales hasta piezas de maquinaria, verduras, carne, animales y toda clase de utensilios irreconocibles. Pero es en la acera de la calle, evitando pisar a grupos de indígenas e indigentes que se arremolinan en el suelo, donde descubro el milagro. En un extremo de la calle hay pequeños mostradores con banquetas donde sirven café con jugos y dulces variados. Me acomodo en uno de ellos, y sin dejar de observar al cliente que se encuentra ami lado, excepto un café con leche en un tazón espléndido, pido todo lo que va encargando. El desayuno finaliza con un jugo de guayaba, plátano, mango, chayote y leche. Por apenas dos soles salgo nuevo y renovado como un Toro.

Nada más llegar al hotel me encuentro con Roosevelt esperando a la puerta. Le pido tiempo para arreglar la mochila, liquido el hotel y salimos a buscar un medio de transporte hacia la selva…

Continúa...

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre. 2010.

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