domingo, diciembre 12, 2010

Quince minutos. Yaguas. Sigo Adelante.

Fotografía tomada por el autor. Comunidad de los Yaguas.

Mi primera caminata en la selva me lleva apenas quince minutos. Cuando llegamos al Lodge: “Hotel de chozas selvático,” no sé si ellos, pero desde luego yo que cargo con la mochila (me robaron la que llevaba al llegar a Lima, y no pienso desprenderme de la que tengo) sudo por los cuatro costados...


He experimentado sudoraciones y entre las más agresivas están, por supuesto, las del deporte. Cualquiera que practique ejercicio a destajo (un partido, o lo que sea) durante veinte o treinta minutos, acabará sudando a mares. Sin embargo cuando caigo derrengado sobre el sofá ¿me encuentro cansado? Sí... o no. Esa no es exactamente la sensación. Es cierto que el calor baja la tensión, pero yo ahora sudo por el mero hecho de caminar en un ambiente parecido a una sauna. Es cierto. Llevo una mochila, pero tampoco puede achacarse a eso mi exagerada forma de sudar, sino a los 40º C y noventa y cinco por ciento de humedad. Todavía es peor que en Iquitos. Nos ofrecen un jugo de papaya y deseo beberme tres. Me contengo, pues todo lo que ingiero lo transpiro de inmediato. Jorge Luis en cambio está acostumbrado. Es indígena, se encuentra en forma, demuestra un entusiasmo infinito y habla y habla sin cesar. Yo en cambio solo deseo quitarme esa sensación pegajosa de encima. En definitiva, me gustaría desnudarme, salir corriendo y lanzarme de cabeza al río Amazonas.

Tratando de captar la más mínima corriente de aire me siento sin apoyar mi espalda en el respaldo y no me muevo un centímetro. Sé que efectuar un leve gesto me supondrá sudar más. La mala noticia llega en ese instante: No podremos ocupar nuestras habitaciones hasta después de la comida. Y yo me pregunto ¿quién tiene hambre con este calor?

Tras almorzar me encuentro en mi habitación quitándome la ropa mojada de forma casi frenética, me meto en la ducha y permanezco allí cerca de tres cuartos de hora. Después aún me queda tiempo para salir, echarme un rato sobre la cama y reflexionar acerca de mi situación. Disponemos de un par de horas, sobre las cinco iremos a visitar una comunidad de Yaguas cercana.

Nos ponemos en marcha. Nos internamos por un camino apenas inapreciable, pero que se abre paso en la selva de forma constante. No puedo evitarlo, estoy emocionado. Siempre soñé con participar en un encuentro entre culturas.
Cuando llegamos al poblado me siento entre admirado y defraudado. ¿Acaso esperaba encontrarme hombres prehistóricos de aspecto retrógrado y miradas abúlicas? ¿Era eso? No lo sé. En cambio nada es lo que parece. Los Yaguas son conscientes de lo que queremos ver reflejado en ellos: Sus atuendos, y una cultura que se detuvo en el tiempo. Y sin embargo, me encuentro un poblado en el que todos sus miembros trabajan elaborando collares y diversas piezas de manufactura bastante avanzada, en realidad me recuerdan a los hippies, pero además hay otro detalle que choca con todo, su mirada inteligente y despierta. Son ellos quienes nos estudian a nosotros, y quienes en realidad nos ofrecen sus productos. Tras una prueba de tiro con cerbatana y un baile para distender la tensión del encuentro, todos se encuentran sonrientes, aunque yo me sienta descorazonado. Pues enseguida comprendo lo que les está sucediendo; han caído en las redes del capitalismo. Esquilmada la zona de selva que habitan, ahora necesitan unos soles para poder abastecerse de alimentos y demás utensilios en la ciudad o en los centros que controlan los hombres dueños de la “civilización.” Ya no dependen de ellos, sino de nosotros; ya no son “salvajes,” sino indígenas instruidos que sacan el máximo partido de su situación. Pero aún así los cincuenta míseros soles que obtienen tampoco parecen satisfacerles leo en sus rostros y adivino que, sin pretenderlo, ya forman parte de la ruleta universal del capitalismo. Están atrapados. Durante un instante me pregunto si adquirirán sus chozas en piezas desmontables en Ikea, mediante créditos, ¿con qué aval contribuirán? ¿Dos caimanes y un jaguar serán suficientes?

Aún así cuando logro reunirlos para tomarles una foto (a cambio de unos soles) fascinado, durante unos instantes me transmuto en uno de aquellos descubridores de principios del siglo pasado, quienes sí tuvieron la verdadera fortuna de entablar relaciones con culturas intactas y honorables. Lástima, que por entonces, nuestra “cultura occidental” hubiera dejado atributos como la decencia, el decoro y la honestidad, enterrados hace mucho tiempo...

Continúa…

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2010.
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