miércoles, diciembre 22, 2010

Crónica Confidencial III.


Sugiero, a los verdaderamente interesados en leer esta historia, lean sus tres capítulos que ocupan la integridad del relato.
comenzar por Crónica Confidencial, seguir parte II y parte última, III...


Pero ahí no acabó la historia, solo hizo que empezar. Cuánto tardé ¿días? o fueron semanas el tiempo que invertí en abrirme paso hasta dar con una pista. ¡No lo sé! El hecho es que aquellos momentos, los que habité, dormí y me alimenté en la selva, los recuerdo como la experiencia más dura y dolorosa de mi vida. ¿Cómo fui capaz sobrevivir? Ni siquiera hoy alcanzo a comprenderlo. Mi ropa acabó hecha jirones de deambular perdido en la maraña. Como estiletes, los espinos laceraban cualquier fracción de mi cuerpo, hasta que mi carne llegó a ser una masilla podrida y sudorosa, llena de heridas que olían a muerto y dolían como si me atravesaran con púas los tendones. Sólo fui capaz de superar aquel trance mediante una voluntad desconocida y aún hoy difícil de imaginar.

Durante el día el calor me hacía sudar y deliraba, de noche me recogía entre las rocas, siempre con temor a ser mordido o picado por un reptil o insecto venenoso. Mientras, los mosquitos, me chupaban la sangre a placer.
Pero si había algún dolor insoportable ése fue el dolor mental al que estuve sometido. Veía brillar sus ojos. Ojos de fieras que pasaban cerca, y en muchos casos no entenderé por qué me descartaron como potencial alimento. Hacía un calor sofocante de día y casi frío por la noche. Me detenía solo las veces que mi cuerpo extenuado me obligaba a alimentarme para no morir de hambre o para descansar y no reventar de agotamiento. Me alimentaba de cualquier cosa que al azar se pusiera a mi alcance; ya fueran insectos, gusanos o raíces. Así era mi dieta y me daba igual qué comiera y si era o no repulsiva. En cuanto al Colt, aparte de no tener puntería, preferí reservarlo para otras necesidades, como por ejemplo defenderme de “Éso” si se decidía a atacarme.

Vivía siempre con miedo y por las noches, las noches que la pesadilla duró, percibí su presencia y supe que estaba ahí: escrutándome, o quizá jugando conmigo como si yo no fuera más de lo que en realidad era o sentía ser: Una débil presa al borde del colapso. Pero lo logré. Alcancé una pista. Una de esas pistas desiertas y kilométricas que jalonan la selva. Y una vez allí, primero comencé a esperar con aliento luego a desesperar. Aguardé días y noches de luna llena e impactante claridad, en las que nunca dejé de tener presente que del lado de la maraña “Éso” continuaba observándome...

Sentado como alma en pena miraba de reojo hacia el lugar donde escuchaba ruidos, chasquidos extraños. No podía dejar de temblar porque tenía miedo y estaba enfermo y también porque al final tampoco tenía esperanzas de sobrevivir. ¡Seguro! Un día más y hubiera muerto.
Pero esperé, supe esperar hasta el día en que encontrándome al borde de la locura y el desfallecimiento, me recogió el camionero.

Era de noche cuando subí al vehículo de un hombre sobre todo valiente. Sí, porque ahora sé que para recorrer esa ruta de noche hay que ser o valiente o un loco. Y... ¡no! No quería mirar atrás porque sabía que “Éso” estaría ahí, observándome, contemplando cómo me iba si es que no se había encaramado al camión. De golpe volví la vista atrás. Lo sé. Reconozco que sólo el hecho de sugerir esa posibilidad provocó que el miedo me venciera.
¡Estaba ahí! En el camino. Justo en el lugar donde segundos antes me había recogido.
No, por supuesto. No le dije nada al hombre; ni una palabra. ¿De qué habría servido? ¿Para que se riera de mí o para estimular su codicia?
Pero por desgracia no hizo falta que yo hablara. ¡Lo juro! Él mismo lo descubrió sin que yo se lo dijera. Y avivado por la curiosidad o su propia e inmensa idiotez, nada más vislumbrarlo – yo lo había juzgado un hombre sensato – empezó a girar. Quería... pretendía volver a encontrarse con el horror. ¡Por Dios! ¡Eso nunca!
— Por favor... No lo hagas.
Le supliqué al principio con moderación, y a continuación, como seguía en sus trece, se lo advertí. Le sugerí con dureza:
— ¡Retrocede! Retrocede ahora. ¡Aún puedes hacerlo!
Entonces murmuré.
— No... No me harás volver otra vez al infierno.
Me miró con sorpresa, y no entendió o no quiso hacerlo. Como Otto, como Litongó, y como todos los hombres de su clase vivía a su aire. Tomaba lo que quería sin respetar más que lo que dictaba su antojo. Esa era su ley. El abuso. No hubo tiempo para explicaciones ni reflexiones. Jamás ¡nunca podría permitírselo! Pero no se dignó escuchar. Y esa vez tuvo que ser la primera, créanme, que al percutir el gatillo, no sentí dolor ni desesperación, ni tan siquiera un leve malestar por lo que hice sino sólo – y así fue en realidad – un profundo alivio.

Fin

José Fernández del Vallado. Josef, 2001. Arreglos diciembre 2010.
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