martes, diciembre 07, 2010

Agencias. Navegando en el Amazonas. Sigo Adelante.

Fotografía tomada por el Autor


— ¿Son muy distintas unas agencias de otras?
Me da por preguntarle a Roosevelt.
Sin dejar de atender el floreciente tráfico de motocarros, el chofer asiente y alega.
— La diferencia está precisamente en sus guías, su atención, sus Lodges en la selva... Pero todo depende de lo que quieras hacer, hay multitud de propuestas.
—Y ¿cómo sabré lo que quiero? ¿Qué es un Lodge?
— Un hotel... ¡Tranquilo! Ellos te lo aclararán y te propondrán diversas opciones.
Nos detenemos ante la puerta de una sucursal. Sobre un logotipo naranja, leo: Paseos Amazónicos. De repente me siento frustrado, esto no es lo que me esperaba. Turismo de masas... ¿aquí? En todos los sitios es lo mismo: ¡El turismo! Trato de darme la vuelta pero Roosvelt me anima a seguir adelante y me convence. Al fin y al cabo yo soy un turista je...
Dentro me recibe un tipo que me saluda con expresión de primate. Desde un primer instante no me fío de sus intenciones. Me conduce a un lugar apartado y susurrando, comienza a proponerme diversos recorridos. Tras unos instantes me confieso abstraído, poco o nada me interesa lo que diga ese señor. Sin embargo, es la apariencia del hombre que hay a sus espaldas, sentado a la mesa escritorio, quien me llama la atención. Qué clase de ser humano es: ¿Un dandy de la selva? ¿Un indígena juppy extravagante? Unas lentes oscuras se asientan sobre su cabello lacio y lustroso. Sin prestarme atención repasa un conjunto de archivos.
Cuando regreso a mí, insaciable, el primate ha comenzado a proponerme una exuberante excursión de cinco días por la selva. Cansado, estoy a punto de mandarlo al carajo. Sólo entonces se percata de mi forma de mirar al hombre que hay tras él. Se vuelve, esboza una sonrisa constreñida, y señala.
— ¡Ah! Disculpa. Te presento a Jorge Luis. Será tu guía. Si te animas, claro.
El dandy se acerca a mí, nos damos la mano. Permanezco mirándolo desorientado. Hay algo en su expresión inteligente y abierta que vence mis reticencias. Me agrada la sinceridad y decisión que intuyo en ese hombre.
— Bueno, qué me dice. ¿Acepta? Me apremia el primate.
— De acuerdo, afirmo sin titubear, y pregunto.
— ¿Cuánto puede costar la de cinco días?
— Bien. Las comidas y parte de la bebida están incluidas. Únicamente el bar, y cualquier cosa que consuma que deberá pagarse al momento...
— Ya. ¿A cuánto asciende todo? Insto.
— Veamos... Seiscientos ochenta.
— ¿¡Dólares!? Pronuncio sobresaltado.
Sin dejar de mirarme, con una fina ironía animal, el primate rectifica.
— Soles, por supuesto, y añade.
— ¿No es caro, verdad?
—No lo sé. Depende.
— De qué.
— De quien sea el que vaya. Yo vengo de Europa y al cambio doscientos euros quizá resulten bien... para mí (y habrá que verlo) pero ¿qué opinan sus paisanos?
Se ríe y contesta.
—Ah, ya entiendo. Desde luego. Somos pobres los peruanos. Suelta una sonrisa cínica y me da la mano sin añadir nada nuevo.
Está claro. La situación de sus compatriotas le importa un bledo. Además, no tiene arreglo. La pobreza viaja sola, sin ayudas...

Al salir Roosevelt se ofrece para llevarme al embarcadero.
Imagino un lugar pulcro con olor a río y vegetación y lo que me encuentro es precisamente lo opuesto. Debido a las subidas y bajadas del río no existen muelles en el Amazonas. Sólo un terreno arenoso y sucio, lleno de desperdicios, que me recuerda a una playa en mal estado. Desciendo y embarco en la curiará que me llevará a la selva, o a lo que quede de ella.
Instantes después se presentan cinco acompañantes y Jorge Luis, nuestro guía.
Arrancamos y de inmediato comienza a instruirnos sobre la situación amazónica, y lo que nos cuenta no es demasiado halagüeño. La selva y el río están siendo utilizados de la misma forma que una mina sobreexplotada. Se extrae demasiada pesca, se cazan muchas especies animales, se talan cantidades ingentes de floresta, y en fin, los estados que deberían protegerla esquilman sin tener en cuenta que todo tiene un límite.
Los resultados empiezan ya a verse. Por ejemplo, un pez: El paiche o la arapaima gigante, ha tenido que ser protegida con urgencia, su situación está próxima a la extinción. Lo mismo sucede con el caimán negro y muchas especies de loros, monos, e incluso bellas especies de mariposas.
Le pregunto si, tal como he oído, todavía existen zonas inexploradas. Se ríe con ironía, y mirándonos fijamente, nos pregunta.
— ¿Que pensáis?
Cuando le replicamos mediante un escueto interrogante: “¿Tal vez...?” Señala hacia arriba y contesta.
— Mirad al cielo, surcado por infinidad de aviones, helicópteros, y satélites con cámaras de una resolución asombrosa. ¿No pensáis que habrán cartografiado hasta el último rincón de selva?
Asiento con seriedad. Prosigue.
— Una cosa es casi segura. Ya no quedan tribus por descubrir tal como ciertos alarmistas afirman. Otra cosa es que algunos indígenas con tal de alejarse de la lacra de nuestra civilización, se adentran más en la espesura y cuando de nuevo son localizados, nuestra embustera y propagandista civilización difunde que se ha dado con una tribu desconocida.
De repente se alza sobre la barca y exclama.
— ¡Allí! ¡Delfines del Amazonas!
Me vuelvo y apenas consigo verlos, y menos tomar una fotografía. Desaparecen enseguida. En cambio, una nueva sensación se apodera de mí. ¿Estoy realmente donde me propuse? Desde luego. Quizá sin ser consecuente de donde me voy a meter. Pero he llegado al Amazonas; y el río, impresionante, me recibe desplegando su amalgama de sorpresas...

Continúa...

José Fernández del vallado. Josef. Diciembre 2010.

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