domingo, diciembre 19, 2010

Crónica Confidencial.


Fotografía tomada por el Autor.

He decidido subir este relato porque, pese ha haberlo publicado con anterioridad en mi blog Cúspide, acabo de hacerle unos arreglos que me han gustado bastante. También quiero hacerlo como dedicatoria a esta étapa de la selva y para de momento, dar fin a mi viaje sevático que no solo ha sido físico, sino también en gran parte, espiritual.
Para no hacerlo demasiado pesado lo subiré en dos o tres partes.
Espero que os guste.
I-
Lo encontramos en la cima de una colina.

Su talla de más de un metro noventa sobresalía por encima de una roca donde, con expresión de soberbia, se mantenía erguido y silencioso.
Con la brisa de la mañana sus cabellos dorados se ondulaban como un océano embravecido, y en su semblante, sus facciones anglosajonas se ajustaban a su nariz aguileña. Un machete reluciente, pantalones de miliciano, la camisa color ocre y una mueca maliciosa cincelada en su semblante. Pero sobre todo, escrutando la selva como si fuera su propiedad, cabía resaltar sus ojos; profundos como el vacío de una sima.

Se llamaba Otto Van Deer Bruck, también conocido como Otto el cazador de gorilas. Y se rumoreaba que aparte de cuadrumanos, había despachado a algunos hombres.
Y a su lado, en cuclillas, un gigante de ojos saltones, cuello de toro, labios carnosos como larvas, y las manos más grandes que jamás haya visto, nos escrutaba con una sonrisa velada. Era su ayudante: David Litongó.
Dándose la vuelta Otto clavó su mirada glacial en nosotros. Mi compañero y cámara Juan Pérez y yo, José Mari Forner, estudiante sin otro historial que el que me estaba forjando.

Preguntarse qué hacíamos perdidos junto a aquellos hombres en la selva del Camerún, es algo que meditando con la inconsciencia que me confiere el hecho de hallarme encerrado en una mazmorra de la prisión general de Yaundé, no deja de atormentarme. No, aún no estoy tan mal como para que la debilidad me impida escribir, pero como siempre he vivido al límite, adivino mi probable fin confuso y saturado de lagunas.

Pese a todo aún soy capaz de formularme preguntas inevitables. La primera: ¿Qué indescifrable trama me condujo a creer que el “Kuhá” no era una ilusión? Y la segunda. ¿De dónde o de quién partió la ocurrencia de viajar al África con la intención de filmarlo?
Más tarde, si consigo refrescar la memoria, trataré de volver sobre tales disertaciones. De momento creo estar seguro de algo. Sostenido por mi afán de presentar una tesis deslumbrante que pusiera un broche de oro a mi carrera de Antropología Física, yo fui el inductor de mi destino. Aunque admitir semejante incongruencia es algo que mi mente se niega a exteriorizar.

Antes de continuar me siento en la obligación de aclarar una cosa. No sé qué me mueve a anotar este suceso. Quizá lo haga para reconstruir un incidente que ya jamás podré olvidar, aunque a lo mejor es mi costumbre de escribir por escribir. Pero hay otra pregunta, quizá más importante. ¿Aquel sueño – o mejor dicho – pesadilla, fue real?
Por increíble que parezca nunca he estado seguro. Debo reconocer que incluso alimenté la esperanza de que todo fuera un delirio. Pero como mi mente se empeña en recordarme lo contrario, no me queda más remedio que admitirlo. Y aunque me cuesta trabajo, sé que ocurrió...

Y ahora, si de algo estoy seguro, es de un detalle: No consentiré que este documento vea la luz. Lo cual significa que bajo ninguna circunstancia se hará público.

Aclarado este punto me limito a seguir.

Un vaporoso día de febrero del año mil novecientos ochenta y tantos, estábamos allí, emocionados, casi en posición de firmes, igual que un dúo de inexpertos cadetes ante sus superiores. Ofreciendo nuestra más conciliadora disposición, y por qué no decirlo también, alarmados. Mientras, a nuestros pies, la selva más fascinante que haya visto, florecía.

Antes de lo que voy a contar sucediera anduvimos durante semanas y presenciamos hechos y situaciones ante las que cualquier hombre con una ápice de dignidad debería sentirse avergonzado. Para empezar fuimos conscientes de un pormenor: La selva estaba amenazada. ¿Qué virus la devastaba? Estaba claro: Nosotros, los hombres...
Las compañías madereras talaban sin tregua. Grúas, apisonadoras, motosierras y enormes bolas de acero, abrían túneles y pistas. Modestos poblados de nativos que la maquinaría no respetaba eran arrasados. Sus hombres engañados, sus mujeres obligadas a degradarse en burdeles de ciudadelas improvisadas, a donde después de emborracharse, acudían los obreros de la tala. En cuanto a las nuevas generaciones de nativos, al verse forzados a abandonar sus tradiciones, desorientados, sin un sentido o rumbo claro en sus vidas, se convertían en parásitos, sin más salida que adaptarse a la civilización o morir.

Con semejante panorama podrán hacerse una idea sobre nuestro estado. Además de la sensación de inseguridad que nos indujo a sospechar toda suerte de desgracias, a medida que conocíamos a aquellos hombres, nos dimos cuenta de que si bien tenían cualidades: – parecían valerosos – prevalecían sus defectos: Eran violentos, inconstantes y ambiciosos. Excepto – claro está – si lo que atendían era de su interés.
El hecho de acompañarlos nos supuso desembolsar una buena cantidad de dinero. No obstante, sus aires de contrariedad me revelaron algo que no esperaba. Aceptaron el pago; pero pese a mis continuas aclaraciones lo consideraron, digamos, como un insulso adelanto. Su instinto de usureros y especuladores les incitaba a exprimirnos al máximo. Por lo tanto, si decidían que ya no éramos – por decir de algún modo – útiles, ¿qué podía ocurrirnos? Comencé a cavilar ¿qué podrían obtener de nosotros? Y sobre todo ¿de qué manera? Lo cual a su vez me indujo a establecer una premisa: ¿Hasta dónde transigirían los límites de su honestidad respecto a su ambición?
Intranquilo y sin que nadie lo supiera, ni siquiera Pérez, una mañana me encaminé al mercado de Yaundé y en la trastienda de un deteriorado bazar, por un precio razonable, conseguí hacerme con un Colt idéntico a los de las películas del Oeste. Según me aseguró su vendedor era capaz de abrirle a cualquiera un boquete respetable. No me preocupé por su funcionamiento ni se me pasó que mi vida podría depender de semejante artilugio.

Debo hacer un inciso para aclarar algunas circunstancias.

Como dije antes el objeto de nuestra misión era encontrar y si nos fuera posible filmar, por vez primera, – si existía – al Kuhá. Por cierto Kuhá en dialecto fular significa, sombra. Lo sé. Se estarán preguntando: ¿Qué clase de animal u organismo era? Pues bien, ahí radicaba el enigma. Dado que ni nosotros teníamos una ligera noción. Ateniéndome a los datos que reuní en los poblados que visitamos conseguí hacerme una idea, que dada la situación pasó a engrosar el fardo de preguntas sin respuesta. Y fue:
¿El espécimen o variedad en cuestión – en tanto se tratase de un ejemplar – podría ser un pariente cercano a los homínidos?
En consecuencia, y si mi suposición era acertada ¿estábamos ante una insólita variedad de eslabón perdido vivo?
Atendiendo a su descripción que resultó (exceptuando matices) similar por parte de los nativos que aseguraron toparse con la criatura, “Éso” – en cuanto a dimensiones me refiero – debía de ser colosal. Pues deduje que su envergadura (insisto, en ningún caso eran datos dignos de fiar) podría ser parecida a la de... ¿un par de gorilas adultos? Aunque lo extraño del asunto y que me resultó inverosímil, fue que ni un solo hombre me supo facilitar, es más, ni siquiera precisar el perfil del animal o de lo que se tratase.

Tales incertidumbres me condujeron a un punto: La realidad estaba siendo distorsionada. Por lo tanto todo era embuste o una quimera. Pues la unión perjudicial entre miedo e ignorancia modifican cualquier hecho o visión fuera de lo habitual en una ilusión extravagante.
Pero todavía era joven y soñador y pese a la frustración que me supuso confirmar tales ambigüedades, un hecho me animó a seguir creyendo: Los avistamientos del espécimen nunca se originaban en un mismo lugar. Así pues y si al final era cierto, debía de tratarse de un animal desconfiado y huidizo. Pero quizá (y aunque hoy me parezca sensiblería inmadura) el argumento que me impulsó a continuar fue una corazonada. Lo presentía. Dicho ejemplar existía. 

José Fernández del vallado. Josef. 2010.

Continuará...
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