sábado, junio 16, 2012

Montaña.

 



Despierto, mis manos están tumefactas, mis músculos insensibles. Un silencio sereno me acompaña. Desde la hamaca de red fija a la gris e irreprochable pared de granito en la que me encuentro alojado, copos de nieve como granos de avena helada, desaparecen en el limbo de blancura melancólica que cerca y envuelve el cordón umbilical que me une a la vida y fagocita mis reflexiones como las de un absurdo parásito.
Las fracturas no duelen; algunos víveres me permitirán disfrutar de un dulce desenlace en este lugar habitado por espíritus inextinguibles.
Así lo entiendo. La belleza que a menudo rastreé está aquí, en cualquier rincón donde fije mi vista. Legañas de regocijo congelan mis mejillas y una brisa antes helada y ahora cálida, talla mi semblante y lo amolda al entorno. No es un final, sino un principio. Mi cuerpo evolucionará en partículas, constituirán fragmentos en las aristas de la montaña y entonces, viviré eternamente...

Recordando a Óscar Pérez.
Fallecido en 2009, mientras escalaba el Latok II en el Karakorum.

José Fernández del Vallado. josef. Junio 2012.



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