lunes, junio 04, 2012

Gris Metalizada.




 
Los lunes, tras la resaca del fin de semana – mañanas heladas de enero – bajaba desde la Moncloa. Tras adentrarme en el Parque del Oeste, tendida bajo las ramas de un aligustre, me encontraba a Jenny aterida, envuelta en retazos de cartón. La aguja hipodérmica insertada en el brazo y la mirada perdida, carente de vida, con aquella peculiar forma de mirar sin ver que solo he hallado en las personas atrapadas por la enfermedad de la ansiedad. Tenía poco dinero y sabía que colaborar equivalía a echar monedas en un saco sin fondo; pero lo hacía.

Superado el primer rechazo, aprendí a admirarla y casi me enamoré de su obstinada resistencia a la vida, cuando estaba medio desfallecida; su físico frágil y a la vez correoso, con músculos de fibra sintética y detrás de su expresión hermética e indiferente, de forma aislada, retazos de una belleza extenuada…
A veces, tras el velo gris de sus ojos opacos, vislumbraba un destello de inteligencia alojado bajo una capa de costra. Estaba atrapada y sola en aquel mundo que podía llegar a adquirir la pátina de una cinta gris metalizada.
Le ofrecía un Marlboro y una vaga sonrisa; no conversábamos, ni era necesario. Estábamos lo más cerca que podía estar uno del otro.
Encontré su cuerpo una mañana. Tenía la piel dura y pálida, de haber estado expuesta al frío durante demasiado tiempo. Alguien la había despojado del abrigo, su alimento intravenoso y hecho algo más…
Su cadáver apenas pesaba, estaba encogido y ni siquiera presentaba apariencia humana. La arrastré hasta el Manzanares y a la arrojé. 
Rompió el hielo, produjo un desgarro áspero y amortiguado y desapareció para siempre.

José Fernández del Vallado. Josef. Junio 2012.


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