domingo, octubre 12, 2008

Necesito un café.

Me levanto cansado, y quizá mareado. ¿Recuerdas? ¿Ha sucedido? Sí, recuerdo. Tenía que acabar ocurriendo. Estoy a medio camino de una frontera imperceptible, sin aliento para seguir adelante, sin ganas de hacer nada – la cabeza me duele – necesito un café...
Me dirijo a la habitación veo el ordenador, lo enciendo, ninguna sorpresa agradable, todo sigue igual; la bolsa a la baja, la economía en la ruina pero… ¿y ella? Con el corazón palpitando voy a su cuarto ¿vacío? No. Está ahí, boca abajo, con el balazo, la bala que yo le metí con cobardía, en cuanto supe la verdad y fui incapaz de dejarla marchar con uno de esos... ¡chulo puta!, narcos, mafiosos, eso es lo que son. No. ¡Mientes! En realidad tuviste miedo de vislumbrar tu vejez en solitario, de ser un viejo acabado e irremediable. Discutimos, nunca lo habíamos hecho, quizá por eso una sola discordia bastó para concentrar toda la hostilidad que habíamos madurado y evitado durante años. En vano intenté convencerla. Invoqué la reconstrucción, la resurrección imposible de nuestro amor malogrado. Hubo poco que hacer. Me iba a dejar. Pero yo no estuve dispuesto a dejar el tequila y menos aún mi revolver calibre 38. Y ahora qué. ¿Soy un criminal? ¿Un rufian?
Salgo del chalé, ni siquiera me aseo ni afeito, no me apetece, para qué si me siento desganado y culpable. ¡Soy culpable! Necesito un café.
Subo a mi coche, el depósito está bajo mínimos, pero detenerme en una gasolinera y llenarlo tampoco me ilusiona. Llegaré hasta donde alcance y después... ya veré.
Por suerte los cierres son automáticos, pues de intentarlo, ni siquiera habría encontrado fuerzas para introducir la llave en la cerradura, y sólo girarla habría supuesto un esfuerzo inabordable.
Programo el GPS para que me lleve a un lugar donde tomar café, el mejor café de la ciudad y ¿por qué no del mundo?










La ciudad como siempre; saturada de smog, de gente, de vicio. Es peor que un campo de fútbol. Manejo el volante con suavidad, el coche circula por inercia, mientras, recorro lugares donde la conocí. A Teresa, mi mujer, mi vida. En la parte alta descubro el café “Luminoso.” En sus esteras yacimos abrazados noches brillantes. A continuación desciendo por callejones deteriorados, apurados de vida perseverante, con problemas serios pero nunca sin solución. Puedo oler la pobreza y donde hay pobreza siempre hallaré las sonrisas más preciosas y puras de la Tierra. Yo en cambio estoy apagado, como esos rincones antiguos y cansados de la ciudad. Doblo una esquina y surge el café de “La Jaima.” Todo hay que decirlo; una vez tuvo los mejores granos de Oriente. Era un café muy apreciado por sus cualidades aromáticas y la suavidad de su sabor. Desayunábamos deliciosos croissants sin dejar de mirarnos a los ojos. Luego el café “Sideral,” solíamos tomar el mejor café irlandés y bailábamos lento muy juntos. Prosigo hacia el centro, me detengo ante el “Mono Loco:” Café africano al ritmo africano ciento por cien, como el primer café que descubrieron en estado salvaje en el Congo Belga. De sabor fuerte, Teresa lo adquiría para mezclar con otros cafés y me lo entregaba en una bolsa mientras la olía y sonreía con su sonrisa especial. Prosigo a la derecha y unas manzanas más adelante llego al café de “Los Narcos.” Lejos de una patria en efervescencia, secuestros y guerra, allí encuentras el mejor café de Colombia. Y sabíamos disfrutarlo, al ardiente ritmo de noches enteras de desvelo, sin cesar de darle a la salsa... En el café “Oxaca” – localizas el mejor café del Chiapas revolucionario y de todo México – coincidíamos con algunos elementos de la mafia. Solían reunirse para hablar de sus pleitos y crímenes. Lo más conveniente era hacerse el tonto, y quizá les resultaras simpático. A mí me escuchaban hablar del café, mi café, a mi mujer la miraban; la cocaína, ni tocarla, era suya. Hacía reír a esos cerdos...
Me detengo un instante. Aspiro aire, me falta, hace bastante calor. Y la refrigeración mecánica ¿no se ha conectado? Apoyo ambos brazos sobre el volante. Compruebo que aún me queda gasoil para seguir adelante. Decido hacer algo nuevo, improvisado.
Unos kilómetros más y llego a la zona restringida del aeropuerto, mi jet privado aguarda en la pista. Tomás, mi piloto, está disponible. Nunca me falla. Le pido que me acompañe al reactor y una vez en la cabina, le ordeno que me deje pilotar y le doy la noticia: Semana de descanso. Sabe que tengo el carné, sin hablar me ayuda a ajustarme el cinturón y se despide. Y hasta parece aliviado. Normal. No me ha debido encontrar cara de amigos.

Arranco, los motores rugen como un dragón centenario. Enfilo la pista de despegue y doy gas. El reactor zumba y parte proyectado por un resorte invisible. En instantes sobrevuelo un cielo claro, azul marino intenso, debajo, el océano brilla con brotes blancos de espuma. Dejo atrás Ciudad de México, atravieso la cornisa del Yucatán, y con la autorización correspondiente me interno en el espacio aéreo de Venezuela y regreso a mi patria: Brasil. Penetro en la Amazonia y sobrevuelo Manaos – mi hogar esta cerca – en el interior de la cabina percibo el dulzor asfixiante de la humedad de la selva y me es posible intuir los rumores del paraje misterioso y efervescente. Debajo, vastas zonas cubiertas por una densa vegetación se abren de pronto ante mí y surgen mis plantaciones de café. Lo sé, soy millonario, estoy podrido de pasta. Una sola de mis haciendas alcanza 8000 kilómetros cuadrados, lo mismo que el Estado de Maryland en los EEUU o la Comunidad de Madrid en España. Terreno que les debo a la astucia y brutalidad de los garimpeiros, quienes apoyados por mi dinero y de forma encubierta por el Estado, poco a poco, arrebatan la selva a los indígenas Yamomamis a quienes asesinan, y raptan a sus niños para venderlos o los utilizan como a esclavos.

Cuando mi brújula magnética me indica que estoy en el centro de mi propiedad abro un compartimiento y saco una botella de vino tinto español, Rioja: cosecha del ochenta y cuatro. La descorcho sollozando, vierto una copa la alzo y murmuro: “Por nosotros querida Teresa, por nosotros.” Bebo de un trago, introduzco un Cd y al tiempo que los primeros acordes se perfilan y expanden en el enrarecido ambiente de la cabina, comienzo a susurrar los párrafos de mi canción preferida:

Ojalá que llueva café en el campo
que caiga un aguacero de yuca y té
del cielo una jarina de queso blanco
y al sur una montaña de berro y miel
oh, oh, oh-oh-oh, ojalá que llueva café...


Me aferro a los mandos, inclino el morro hacia abajo, y voceando el merengue a voz en grito, sobrevuelo las interminables hileras de café. Un poco más adelante están los almacenes donde los garimpeiros guardan sus armas, los sobrevuelo y arrojo unas teas ardiendo. Revientan como productos mal enlatados. Todo arde al instante. Un cuarto de hora de vuelo más adelante, diviso el techo típico y circular de un “shabono” o poblado de los Yamomamis, me pongo el paracaídas y salto. Debo reconocerlo. El último trago de vino me sentó un poco fuerte. ¡Estoy haciendo locuras! En cuanto sepan quien soy, y no tardarán en saberlo, me matarán al instante. Pero en mi interior es lo que deseo. Lo necesitaba hace tiempo; tanta riqueza mafia y lujuria me estaban afeminando. Si... Nada como el sabor auténtico de un buen café recién extraído de la tierra de nuevo libre y virgen de la selva.

José Fernández del Vallado. Josef. Oct. 2008.

miércoles, octubre 08, 2008

Nadie excepto yo.

RELATO FINALISTA EN EL CERTAMEN DEL GRUPO BUHO.COM



Estábamos en el frente, en las trincheras; llevábamos más de cinco años sin ver a una mujer. El cuerpo de una mujer. Su bendita o maldita sensualidad que logra que tu mente traspase su callada discreción y busques la perdición y el desasosiego. Pero allí, en la infame y helada Siberia, no había mujeres, en realidad no había nada por lo que mereciera la pena luchar. Todavía no entiendo como los hombres luchamos y morimos en lugares de semejante crueldad. ¿Por las reservas del oro negro? El último hidrocarburo de la tierra, dijeron. No… Yo, no lo creo. Más bien sospecho que fue lo de siempre: El maldito afán guerrero del ser humano. Había que alimentar y mantener en acción a un ejército de más de un millón de almas inactivas. Y luego, lanzarlo contra los orientales, aunque ellos fueran más numerosos. “Tenemos la tecnología,” nos aseguraron los politicastros… ¡Cínicos!

Y desde luego, cuando lo pienso, solo puedo reconocer que sin ti, amigo mío, sin tu valor jamás hubiera llegado a donde lo hice. Habría desertado o estaría ya muerto. No, ni siquiera recuerdo cuando empecé a reconocer en ti el modelo a seguir en estas tierras heladas, qué mecanismo suscitó que saltara tras ti en pos de una lucha inmerecida e irracional. ¿Cómo fui capaz de permitir que el mortal silbido de las balas hendiera a escasos centímetros de mi sien? Qué fuerza me ayudó a batirme como una fiera durante días y noches contra interminables hordas de orientales que se nos echaban encima fila tras fila, como fichas de dominó. Y, sin embargo, las hicimos frente una a una.

Luego, cuando empezaron las deflagraciones atómicas en la región oriental, comprendimos que nuestro ejército era superior en armamento nuclear. Pero las filas de orientales no disminuyeron; continuaban llegando a nuestras trincheras, aunque ahora se trataba de hombres jóvenes, sin experiencia, hasta ser muchachitos que ensartábamos como a anchoas en nuestras bayonetas kalasnikov.
Y un día, cierto día de gloria, cuando coreábamos la victoria, comenzaron a aparecer las mujeres soldado. Al principio no deseamos luchar, muchos alzaron sus brazos sobre las trincheras para recibirlas. Pero el mejor recibimiento que obtuvieron quienes no tuvieron la precaución de cubrirse, fue una andanada mortal. Sí, nos dimos cuenta de que si no lo hacíamos nosotros, ellas se encargarían con crueldad insuperable de llevar a cabo el trabajo. Mujeres… ¿Quién dijo que no sirven para luchar?
Después ocurrió lo de Serguei con la oriental. Se trataba de la primera persona a quien hirió; hasta ese momento Serguei nunca había herido a nadie. Acababa con los enemigos de un certero disparo. Debió de haberla rematado, tal como hacía yo para evitar, precisamente, caer en debilidades y en la traición.
Él en persona la acarreó hasta el hospital de campaña. A partir de ahí ya nada fue igual y comenzó lo preocupante. Empezó a interesarse por su estado y la visitaba. Iba a verla con frecuencia. Solía hacerlo por las noches, después de los combates que tenían lugar a diario. Aquello, tal como supuse, comenzó a trastornarlo y tuvo consecuencias en su actitud hacia el enemigo. Por ejemplo, más de una vez se olvidó de rematar a una mujer, y hube de ser yo quien se encargara. Caí en ello un amanecer; de pronto, Serguei parecía haber perdido su valor y el temple que lo caracterizaba. ¡Lo sorprendí implorando! Nunca había hecho algo así con anterioridad.
Peor resultó cuando la mujer se recuperó. Debía afrontar un tribunal, su destino estaba sellado: El pelotón de ejecución iba a ser su suerte...

Nadie… Nadie excepto yo presenció lo que sucedió aquella noche sin luna, la noche antes de la ejecución. Yo, como siempre, su ángel guardián. Y Serguei. Sabía deslizarse en la oscuridad con la elegancia de una pantera. Se hizo con las llaves del calabozo y la liberó. Luego, la acompañó hasta los límites de las trincheras, y antes de despedirse, en el cráter de un proyectil, lo hicieron. ¡Se amaron…! Dios. ¡Y cómo! De tal forma por primera vez entendí cuánto la amaba y tuve claro que él… jamás me amaría.

Disparé sobre ella cuando resollaba anhelante con él en su interior. En un primer instante permaneció desconcertado; pero no tardó en reaccionar, estaba acostumbrado. Volviéndose con agilidad me voló la oreja de un disparo. Entonces comprendí que era inútil decírselo. ¡Decirle cuánto lo amaba!
Me arrojé con rabia y fiereza, hundí la bayoneta en su estómago y la retorcí destrozándole las entrañas. Y eso fue lo que presenciaron los centinelas cuando llegaron, a un hombre de su ejército ensañándose con el cuerpo de un superior, porque Serguei era mi superior: El sargento Serguei Ivanov.

Son las cinco de la madrugada, no debe faltar mucho. Hace frío. Mucho frío, lo sé… Pero yo ya no lo siento. La ropa se adhiere a mi piel como harapos mojados, y sin embargo, tampoco siento. Un insoportable olor a orines me abruma y acompaña. Mis mandíbulas castañetean como si actuaran por inercia. Estoy rodeado por cientos de mujeres orientales, todas serán fusiladas. Me metieron aquí para reírse de mí, o para ver cómo ellas me despedazan. Me llaman el marica celoso. En cuanto a ellas, podrían haberse vengado y haberme atacado; supongo, pues saben lo que hice. Pero tanto ellas como yo ya sólo somos cadáveres andantes. En el fondo deseo morir de una vez porque ya no sé como es vivir sin Serguei.

Oigo correrse cerrojos, la puerta de la celda se abre y unos hombres nos sitúan en fila de a uno.
Salimos descalzos a un patio fortificado y blanco por la nieve. No siento los pies. Nos ponen frente a una pared; el suelo está rojo por la sangre coagulada. El capitán ordena la alineación del pelotón de soldados y a continuación, da la orden.
Suena una descarga. Siento calor por todo mi cuerpo. Vamos cayendo unos sobre otros. Ahora, mi cabeza está apoyada sobre la espalda de otro cuerpo y es entonces, cuando frente a mí veo un rostro y unos labios que se abren incitantes. Y descubro, que me gusta… no, ¡me encanta esa visión! Trato de dar una última orden a mi cerebro; como el segmento de una pesada oruga mi cuerpo obedece y se mueve hasta que logro besar esa boca que se abre provocadora. Siento un placer mil veces más intenso y sensible que el que nunca haya experimentado. La vida retorna a mí cuerpo y de pronto, ¡mis sesos arden! y se desparraman, cuando el oficial me remata dándome el tiro de gracia…


José Fernández del Vallado.josef. 2008.

Technorati Profile

lunes, octubre 06, 2008

comunión.




Recuerdo abrazos de ensueño.
Me contraigo, me extiendo
siento,
acaricio mi piel desnuda
de nuevo.

Evoco el color de esos labios
el sabor de aquella boca,
su lengua, sus ojos...
sus promesas valiosas y vacías.

Escucho entre ramales de sauce
su melodía cifrada
me trae aromas de antes:
Opio de Esmirna,
Azafrán,
Canela de Ceilán, Clavo,
y vino de Málaga.

Obtengo un litro de láudano
adormezco mis sentidos
alterno sosiegos
de esencias ardientes.

Viajo sin rumbo y sentido
buscando ese alma
de cuando aquella vez...

Frecuento parajes de hielo
recovecos de dolor
llanuras sin llano
mares de dulzor abrasivo.

Busco el acceso
hacia esa gruta inventada,
mediante el compromiso
de un volátil
beso de arrebato.

Y al ver que continúo sin ver
me arranco los ojos
de raíz
y diviso tu silueta
suspendida en el aire, 
danzando a mi vera.

La sima está bajo mis pies
y tú a un sólo paso
de mí.
Salto al vacío, no hay tal,
una constelación
circunvala mis manos
las acaricia, besa y lame.

Y perpetuamente avanzamos
mi deleite azucarado 
tu sonrisa de algodón
eternamente inherentes
tú y yo...

José Fernández del Vallado. Josef oct 2008.



domingo, octubre 05, 2008

Prisionero.

No conseguía explicarme cómo había ido a parar a un lugar como aquel. En mi país era pobre pero al menos sacaba la vida adelante. Trabajaba de día y estudiaba de noche para aspirar, en un futuro, a un trabajo mejor. Claro que nunca supe descifrar si para un negro del sur de Nueva Orleáns existe un futuro.
Si te alistas te darán una paga excelente, me dijo Charlotte. Y tenía razón.  En un año podía ganar lo que diez en mi actual puesto de trabajo. Está claro, siempre fui reticente hacia el ejército, pero Charlotte no. Ella creía en la causa, decía que el enemigo era real. Cuando dudaba me recordaba siempre lo de las Torres Gemelas y me explicaba que había que machacarlos. Le preguntaba que a quién, y con convencimiento indiscutible, me replicaba que a los islamistas. Entonces yo señalaba a Sulim Fattie y a Liz, los de la tienda de comestibles de enfrente, le decía que ellos eran musulmanes, y le preguntaba si acaso le parecían malas personas. Me respondía que por supuesto, ellos, no eran así, porque se habían contagiado del espíritu libre de América – y seguía. – En cambio los otros, los del desierto, los que viven enterrados bajo las dunas, aspiran a robar nuestra prosperidad. Harto de discutir, me sentaba sobre las escaleras de salida, miraba en todas las direcciones y buscaba la prosperidad. Mi vista se topaba con casas viejas y destartaladas aún con las huellas de cuando las anegó el huracán Katrina. No, jamás conocí más prosperidad que a la “Prospe,” mi compañera del cole, que perdió la razón, si la tuvo una vez, debido a una meningitis galopante a sus tiernos siete añitos.
Lo cierto es que no tuve demasiado margen de elección. O me alistaba o me alistaban. Si no me alistaba era un marica de mierda a ojos de Charlotte y los amigos del barrio, y además, estaba el rutilante salario; de modo que me alisté: Por la patria.

Y ahora despertaba con la cabeza zumbándome, en aquella especie de zulo fétido y rezumante de olor excrementicio, el cuerpo como una costra atestado de cortes producidos seguramente por la jodida explosión del bazooka, o la mina antitanque que se tragó nuestro Hummer, los brazos ligados a un palo sobre los hombros. A mi lado estaba Fred, uno de mis compatriotas blancos, en la misma situación. Vivo, nadie más.
Entonces entraron los enemigos o los guerrilleros o los “hijosdeputa” que nos habían reventado, nos agarraron y nos condujeron a una sala en la que sólo había una mesa y tres sillas.
Nos obligaron a sentarnos a empellones y entraron cuatro más. Uno bajito y delgado con ojos entrecerrados y perilla arrebujada se sentó frente a nosotros, nos ofreció un cigarro, y hablando con sutil claridad nuestro idioma, comenzó dirigiéndose a mi colega.
Le dijo que su libertad dependía de si podía pagar un rescate de dos millones de dólares. Mi compañero lo miró con ojos de espanto, sin embargo, tras recibir un par de bofetadas y echar el bofe, asintió. Permanecí mirándolo asombrado. Pensaba que estaba loco. En la vida lograría reunir tal cantidad; y menos yo. Por supuesto ellos tampoco le creyeron, y para asegurarse lo abofetearon más duro. Hasta que al final Fred lo soltó: Tenía un pariente millonario y tal vez le pudiera salvar el pellejo. A partir de ahí su trato hacia Fred varió de forma radical. Le soltaron las ataduras, le dieron güiski, se rieron con él y lo llevaron a otro lugar; a mí no.
Conmigo empezaron igual. Reconozco que al principio pensé en decirles lo del pariente millonario, pero la vida me ha hecho demasiado sincero y repetir semejante mentira  ¿verdad? o absurdo, ni se me pasaba. Si la iba a palmar mejor ser franco y decir la verdad, y eso hice. Les dije que no tenía dinero y nada contra ellos. “Entonces por qué has venido a matarnos, esbirro negro,” me preguntaban. Y yo respondía, porque mi mujer así lo deseaba, y porque si no lo hacía me llamarían marica. Y se reían, los cabrones se descoyuntaban. Y decían que el americano negro estaba loco. Pero aquello no tenía ni pizca de gracia. Volvían a ponerse serios y me pedían dinero y yo les repetía que era más pobre que un perro. Abrían la boca me señalaban y cuchicheaban entre ellos. Y yo estaba seguro: No daban crédito. “¿Un gringo pobre? Imposible.” Debían de pensar que en América todo el mundo es millonario. Claro. Como van siquiera a imaginar que allí quien manda son Bush y sus cuatro sopla pollas, en cuanto a los negros hispanos y algún “gili descerebrado o inteligentísimo” como Fred, el del pariente millonario, somos sus peones mercachifles.
Ninguno me entendió o pareció entenderme y me abofetearon hasta romperme los dientes; excepto el que hablaba inglés. Cuando me habían dado la tanda y me recuperé, dijo algo. Luego me tomó del brazo y me llevó a un lugar retirado. Entonces, escupiéndome a la cara, me preguntó de dónde era. Se lo dije. Se puso serio y me dijo que lo sabía, que él había viajado a mi tierra y estaba al tanto de la putada del Katrina. Yo le repliqué que si lo sabía sabría también que era más pobre que él. Se detuvo un instante y me ofreció un trago de güiski de una petaca, y bebió también. No sé por qué se me ocurrió preguntarle que cómo bebía si era musulmán. Me arreó una bofetada y me dijo que los católicos podemos hacer lo que queramos. Le dije que yo nunca fui católico sino hechicero vudú. Me miró interesado, y me preguntó qué era el vudú. Le dije que una religión que se originó entre los pueblos de esclavos, y que me daba mucho poder. Sonrió y me dijo que si tenía tanto poder podría conseguir el dinero con facilidad. Le respondí que sólo me daba poder para ser feliz, para el amor, y para eludir a la muerte. Me miró con asombro y me susurró que estaba loco, porque a la bala de un kalasnikov nadie la engaña. Le dije que no más que mi compañero, el que tenía un pariente millonario. Se echó a reír y me dijo que yo le caía bien. Le dije que si era cierto entonces fuera rápido, no necesitaba torturas porque no tenía ni un dólar. Me miró con aparente tristeza y me dijo que él no luchaba contra mí, sino contra hombres como mi presidente. Le respondí que en la vida todos luchan contra algo, yo lo hacía contra la pobreza y de pobreza iba a morir. Alcé la cabeza y añadí: “Pero no por dinero. Como tú y gran parte de este mundo. Mi dinero puedes quedártelo.” Bajé la cabeza y sonreí. Oí el percutor y pensé: “Tal vez Charlotte tuviera razón y tal vez… – un fogonazo hizo arder mi cerebro – No...”


José fernández del Vallado. Josef. Oct 2008.


viernes, octubre 03, 2008

Sentí que no era como Siempre...

Hoy tuve un sueño. Hacía un día diferente, olía distinto... Abrí la puerta y pude ver como frente a mí se extendía una gran lengua de fuego invitándome a seguirla. Era una lengua de deseo, y comprendí que anhelaba salir, y perseguir el camino hasta adentrarme en un paraje desconocido y diferente donde el tiempo deje de existir y presionarme, y así desprenderme del peso de su inexorable yugo de encima. Un lugar donde el sexo sea, además de un juego placentero, mucho más; y el amor una relacción sin más consecuencias que las de la honestidad, sin mentiras, ni odios encubiertos. Un lugar donde hablar con los animales y conocer cómo piensan a fondo. Donde las asignaturas pendientes con la vida lleguen a buen término. Donde privarse de la vista, el oído o el habla, no suponga mayor inconveniente que perder un mechero barato. Donde una sonrisa no tenga precio y un gesto de dolor signifique placer. Donde la palabra arma esté bajo una severa condena y la palabra paz deje de ser un vano pretexto. Donde las enfermedades incurables sólo sean un mito. Donde los seres desnutridos y analfabetos se nutran de inteligencia. Donde los empachos de arrogancia y poder desemboquen en vertederos. Donde los emigrantes sean emigrados y los emigrados emigrantes. Donde una enseña nacional incolora luzca el lema: “De ninguna lugar y de todos a la vez.” Donde el grito “Patria y libertad” sea corregido por el de “Pan, ocio y libertad”. Y la dictadura quede reducida a “docto.” Y a la incultura se le de un significado escultural. Y la vida deje de ser una peregrinación sin sentido. Y nosotros muñecos rellenos de trapo. Y la muerte no sea más que un bello velo de tul. Y la tierra en lugar de un queso gruyere uno de bola. Y el cielo un infierno de pasiones encendidas. Y el infierno una estufa de calor. Y xenofobia sea igual a seno. Y el odio se transforme en una canción de sosiego. El sitio donde en lugar de comernos los unos a otros alimentemos al lugar...


Hoy tuve un sueño diferente, y cuando desperté olía diferente, veía diferente, sentía diferente y necesitaba vivir de una forma diferente.
Así que hice mi equipaje. En conjunto todo consistía en mí mismo y unos cuantos pedazos de tela para cubrir mi desnudez. Abrí la puerta y salí. Me fui lejos, muy lejos. Nadie me volvió a ver jamás y solo unos cuantos supieron que yo estaba allí. Había cruzado las puertas de la vida.



José fernández del Vallado. josef 2008



jueves, octubre 02, 2008

El descanso del Guerrero.


El caserón era antiguo, de principios del siglo pasado. Años veinte calculó Juan Luis Mazarrón, vividor retirado que había ejercido entre otras cosas como guardaespaldas y mercenario en conflagraciones olvidadas, de dudosa reputación. Y que, tras alcanzar de milagro la cincuentena y amasar una fortuna merced a una vida circunscrita en crímenes y violencia – eso sí, siempre lejos de su tierra – aquejado por un extraño virus, decidió que era hora de sentar la cabeza.



Desde niño le llamó la atención por ser el más formidable de cuantos había en la región del Cabo de Finisterre. De aspecto regio y herreriano, respaldado por muros de granito, su jardín una vez fue un cuidado laberinto de aligustres, acebos y camelias, que en otoño formaban una espesura de asombrosos matices, con hojas manchadas de amarillo, blanco, y tonalidades grises y rojas.

De sus últimos dueños recordaba poco, excepto que se trató de una familia numerosa de extranjeros del norte de Europa que apenas se relacionaban. Y revivía las ocasiones en que con sus hermanos mayores, Remigio y Pablo, escalaron sus muros y espiaron, descubriéndolas cuchichear y reír en su idioma, a las seis hermosas hijas de cabellos rubio platino, que nunca traspasaron los muros del intrincado jardín.
Más tarde, tras la muerte del dictador Franco en la península – tal como se presentaron – abandonaron la mansión. Y ahora, azotado por el viento la lluvia y el silencio del olvido, aquel lugar sucumbía a un castigo inclemente y tal vez inmerecido, pensó Juan Luis.

Una vez trasladó y dispuso el embalaje que reunió en pisos francos en países en los que habitó, se encerró en la mansión. Iba a estar solo, pero era justo lo que deseaba, meditar.
Dio comienzo a un largo invierno que no le pilló por sorpresa, pues se hallaba bien abastecido.
Al recluirse se preocupó por eliminar cualquier artilugio electrónico. No disponía de radio, televisión, ordenador, teléfono móvil o fijo, ni siquiera luz eléctrica, y por lo tanto, agua caliente. Sólo sus medicinas. Por razones de índole personal y de precaución (mucha gente podría renegar de un hombre con su historial) necesitaba hallarse aislado.

Se dedicó a explorar los rincones de la casa, hasta que, maravillado, llevó a cabo un hallazgo. La biblioteca estaba encubierta tras las paredes de un sótano que hacía las veces de bodega. Un inmenso tonel con capacidad para veinticinco mil litros de vino tinto era su marco de entrada. Tras el una sala con techos abovedados soportaba estanterías donde, cuidadosamente alineados, encontró cerca de diez mil volúmenes de antigüedad y valor incalculables; y aguardaban a ser descubiertos. A partir de ese momento lo que se inició como simple curiosidad se convirtió en necesidad: Leer todo cuanto no había leído.
Se decidió por comenzar y un ejemplar centró su interés. Destacaba retirado en un apartado. Lo tomó entre sus manos. Jamás había oído hablar de aquel título: “El libro de los Árabes.” Era una edición que databa de 1647 y había sido editada en Toledo. Lo que más llamó su atención fue el aspecto físico del libro, parecía estar encuadernado en una piel suave, extraña e incolora. Al abrirlo, su sorpresa fue total; una nota al pie de página advertía que su lectura podía provocar la locura.

Es previsible adivinar que para un hombre intrépido como Juan Luis, acostumbrado a vivir al límite, semejante advertencia no supuso sino un aliciente para enfrascarse en la lectura.
Comenzó a finales de diciembre y al tiempo que se introducía en las más de mil quinientas páginas de que constaba el volumen, un invierno duro arreció y un temporal de nevadas bloqueó los caminos con una capa de metro y medio de espesor. Mientras tanto Juan Luis se olvidaba del mundo y se sumergía en lo desconocido. No le hizo falta intuirlo, lo constató como un sentimiento veraz. De pronto su mente se encontró en conexión con el libro. Le bastaba cesar de leer unos instantes, ya fuera por las noches o en las veladas de tedio de los oscuros días de invierno, para descansar, y pesadillas extrañas, de una naturaleza y claridad estremecedora, invadían sus cortas horas de sueño, transformándolas en batallas sin fin en las que se debatía y luchaba, hasta acabar inmerso en repugnantes pantanos de sangre y putrefacción.

Llevaba leyendo cuarenta y ocho horas sin descanso, la lucha era constante, cuando una noche, agotado, logró detenerse. Cerró el volumen y sintió el ambiente enrarecido. Se dio cuenta al rozar la piel que envolvía el volumen; percibió una sensación desagradable, como si al ser palpada, se retrajera. Una sospecha se infiltró en su mente y surgió la pregunta: ¿Y si el libro tuviera vida? Se cubrió la cara con las manos. No. Necesitaba descansar. Llevaba un par de meses sin salir. Estaba claro, todo era producto de su imaginación. No lo pensó más. Volvió a abrir las páginas, si existía, necesitaba desvelar el misterio. Centró su mirada en las líneas y su mente se vio inmersa en un agreste y oscuro pasaje, embarullada entre dudas, temores y vacilaciones. Se encontró dentro de un mundo interior árido; rocoso y enfangado. Caminaba circunscrito entre abismos y ásperas paredes de cuyos colores rojizos como piel descarnada brotaban arroyos de los que borbotaba sangre espesa y caliente. Tropezaba y caía en charcas de hiel de las que emergía braceando con arrebato y terror. Pero sobre todo sentía siempre una presencia a sus espaldas, fijando la vista sobre su nuca, tratando de traspasar sus pensamientos como una cuchilla. 
Alcanzó el punto del libro en donde se había detenido anteriormente y no fue capaz de seguir, puesto que en lugar de hallar continuidad se encontró con un vacío abismal por el cual su mente estuvo a punto de precipitarse. Volvió en sí, o fue consciente. ¿Estaba despierto o dormía? No, estaba claro. El libro se agitaba. Allí, donde debería haber hojas, no había tales, sino retales cuidadosamente suturados a la encuadernación de piel humana que comenzó a rezumar… Lo supo con certeza. El libro estaba encuadernado con... piel humana. Horrorizado volvió a cerrar el volumen. Rápidamente se calzó las botas de cuero, se echó la pelliza y huyó al exterior. Sus ojos irritados se llenaron de una noche entintada por una blancura especial, y en la cual el silencio le resultó abrumador. Se detuvo unos instantes, trató de tranquilizarse. Se dispuso a volver cuando le pareció oír un clamor de sonrisas. ¿Risas en la noche y en un paraje glacial?
Se detuvo en silencio y volvió a oír los mismos gorjeos. Procedían del arroyo; a un kilómetro de la casa. Extrañado, sin detenerse a meditar, empujado por una inercia exaltada y tenaz, comenzó a caminar. Su reloj señalaba la media noche. Por fortuna, debido a la blancura de la nieve y a la luz de la luna, una intensa claridad alumbraba su marcha.

Al irse aproximando pudo oír las risas con nitidez; lo transportaron a un remanso del arroyo y a una poza; y las vio. Seis muchachas de cabellos de platino; jugueteaban divertidas en las aguas heladas. Sus cuerpos de líneas tersas, sinuosas, refulgían con la claridad de la luna con un brillo untuoso. Se detuvo contemplándolas perplejo. A sus pies vio seis plumajes de cisne; descansaban sobre una roca lisa, junto a la orilla.
Las mujeres, adultas, eran todas bellísimas. Se volvieron. Sus ojos verdes y azules como cristales de cuarzo lo escrutaron con decisión e intensidad. Comenzaron a salir del agua, se acercaron y lo saludaron. Coartado de miedo o de frío, pero sobre todo del profundo respeto que sentía ante semejante cúmulo de belleza ni siquiera balbució.

- Hola. Somos Mista, Rista, Hilda, Thruda, Hlök y Herfjotern ¿Nos recuerdas?
Juan Luis se fijó; asintió sin hablar. Eran sus vecinas. Ellas prosiguieron.
- Bien. Has terminado con éxito el Necronomicón.
Hizo un aspaviento con las manos y titubeando, corrigió.
- No. Ese tomo es... “El libro de los Árabes.”
Ellas sonrieron como si se tratara de un niño. Con suavidad, una puso una mano sobre su hombro y le dijo.
- Exacto. Así fue titulado por quienes en el pasado encubrieron dicha publicación. Pero en realidad es conocido como el Necronomicón. El libro vivo de...
Mudo de asombro y terror Juan Luis solo llegó a insinuar.
- ¿Los muertos...?
Ya era tarde para hacer nada. Lo supo. Extendió sus brazos delgados y blancos y dejó que ellas, mientras se enfundaban en sus plumajes de cisne, lo tomaran coreando:
-Y ahora duerme, valiente guerrero...

El cuerpo sin vida de Juan Luis fue hallado sobre la nieve semanas después. Murió de congelación, al salir desnudo en plena noche de invierno a menos quince bajo cero, dictaminó el forense.
El interior de la casa olía a podredumbre y estaba hecho un desastre. En su habitación hallaron esparcidos sobre la cama y el suelo restos de comida y un libro que narraba las aventuras de las “Valkirias de Merak.”

No se sabe bien por qué, pero la casa continúa sin ser derribada. Quizá debido a su estructura. No presenta fisuras y parece haber sido construida con oficio. Tal vez aguante unos siglos más. Naturalmente – que se sepa – no se tiene constancia de semejante biblioteca. El ayuntamiento del concejo colindante, actual propietario, ha vuelto a ponerla en venta.


Si tras leer este relato sienten deseos por adquirirla, por favor diríjanse al Cabo de Finisterre. El Lugar es también habitualmente conocido como: “Costa de la muerte.” Allí les atenderá una bella valkiria llamada. Hum... El nombre lo dejo a su elección.

José Fernández del Vallado. Josef. Sept 2008.



Technorati Profile

Post más visto

Otra lista de blogs