miércoles, marzo 03, 2010

Concierto.




Las volutas de humo se elevan sobre la muchedumbre apiñada junto al escenario. En el recinto no cabe una pluma. Aguardé “décadas” – igual que el título de una de sus míticas y especiales canciones sugiere – para verlos en directo. Solventar su entrada me costó desembarazarme de vinilos apreciados, pero en el fondo lo sé, ha merecido la pena.
Aromas: a plástico nylon y perfumes, en ocasiones, desagradables. Sabores: a cerveza, chicle y hachís. ¡Mucho calor!, y la emoción contenida.

Pocas palabras antes de comenzar. Todo está dicho.
El escenario ejerce de imán; nadie es capaz de apartar la vista un instante.
Se escucha un murmullo de júbilo, se corre el telón y se difuminan sombras rojas, verdes, amarillas y blancas, como mil amaneceres.

El foco se centra sobre Ian y allí están: ¡Joy Division en directo!
Jamás tuve la oportunidad de verlos hasta hoy ¿he llegado tarde?

Ian Curtis, el cantante, se suicidó el 18 de mayo de 1980 y el grupo se separó
Han pasado treinta años y sigue estando vigente entre nosotros y ante mí. Tan vivo, ácido y seco, pero magistral como siempre.
Abre con el Love will tear us Apart, la canción que escucháis. Después vendrán: Transsmision, she´s lost control, Isolation, y para finalizar el maravilloso Twenty Four Hours.

Fue un grupo especial. Abrió puertas hacia un nuevo estilo de música. Muchos intentaron imitarlo, sin obtener resultado.
Bueno, más vale tarde que nunca. Hoy su alma está aquí, con nosotros...

Un abrazo.

José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2010.


lunes, marzo 01, 2010

El brillo de la esperanza.



En el interior de la celda se está bien. Han pasado semanas o meses. No, no sé por qué estoy aquí, apenas puedo recordar nada excepto la piel trémula y blanca de Janka. ¿Dónde está ella? No he vuelto a verla desde que los señores de las batas me la arrebataron y me metieron aquí. Ahora son ellos quienes dirigen mi vida, quienes deciden que pastillas debo tomar, que sueños o pesadillas padeceré...

No puedo entenderlo; mi vida sin ellos no tendría sentido. Me sacan al pasillo, me acomodan junto a la ventana y desde allí, desde allí puedo ver un prado verde, a veces es un verde que raya en lo obsceno, un verde insoportable, otras, su claridad se acomoda a mis pupilas y puedo ver que ya no hay blindados, que ya no hay maldad, que no necesito seguir en tensión con el kalashnikov esperando a salir de la nieve roja por la sangre coagulada y volver a atacar y destruir al enemigo, a un enemigo que ya ¿no existe? O se ha aliado con el Diáblo...

En cuanto a Janka, sé que ella está allí, esperándome mientras llora su tristeza por no poder verme. No, no puedo salir de la carcasa que doblega mi voluntad a capricho. Yo era un hombre feliz, orgulloso de mi pedazo de tierra, mi jardín era igual que esa pradera a la que tanto deseo salir, oraba mis cinco plegarias al día, mirando siempre a la meca y creía en la yihad... ¿Creía en la yihad? En cambio ahora, mi mente está lejos de lograr siquiera esa posibilidad, Dios ha dejado de comunicarse conmigo y ni siquiera me permitirá descansar en el paraíso...

Y sin embargo, aún puedo oírla; tararea la melodía que más le gustaba mientras trabajaba en el campo. Una bella melodía de Souad Massi, dice así:

“En tu mente somos jóvenes
Cuéntanos sobre el cielo y el infierno
Sobre el ave que nunca voló en su vida
Nos hacen comprender el significado del mundo
Nos dejan en el mundo del Érase una vez...”

Cuando la mina estalló no pude hacer nada sino tratar de recoger sus pedazos y empezar a llorar... luego dejé de matar, dejé de comer, dejé de vivir... un día desperté y creí que estaba muerto, todo era blanco, ¿era aquello el paraíso? ¿Existe el paraíso después de vivir un infierno?

Tal vez...

Tarika vino a verme y empezó a cuidar de mí a partir del segundo año. Para mí dejaron de existir las demás personas, si había hombres y esperanzas en el mundo, porque no había o para mí no existían.
Ahora vivo con una esperanza, al menos una, volver a ver a Tarika entrar en mi celda tomarme del brazo y sacarme a ese prado verde intenso por el cual caminamos en silencio pero con el corazón palpitando, lleno de vida de nuevo. Nos detenemos miro en sus ojos y pienso que tal vez exista una posibilidad de renacer a otra vida donde no haya conflictos ni muerte, donde no hablen las balas en lugar de las lenguas y donde las lenguas se unan en un abrazo sin límites para siempre jamás...
He empezado a creer de nuevo, antes creía en la lucha, en el poder de la fuerza; ahora, en cambio, creo en la vida.

José Fernández del Vallado. Joséf. Marzo 2010.


miércoles, febrero 24, 2010

El Virus del Amor.




Tras horas de agotamiento me puse a manejar las propiedades avanzadas de mi ordenador y descubrí a la mujer. Estaba dentro de la caja del CPU. Llevaba un tiempo esperando allí prisionera y recluida, con el propósito de hacerme el amor...

Nada más salir se inclinó, depositó sus brazos sobre mis hombros y se puso a horcajadas sobre mí.
Creí haberlo olvidado; pensaba que el amor había muerto dentro de mí, pero volvió a renacer con una fuerza insólita y desconocida.
Tras sucumbir al último orgasmo ella pareció perder fuerzas hasta ausentarse de mí. Estaba o... ¿no estaba...?
Disgustado me serví un cubalibre, me escapé a la habitación de al lado y encendí el televisor; daban las noticias. Un hombrecillo calvo y bigotudo, bastante alarmado, lo aseveraba. En los ordenadores acaba de extenderse un virus, lo llamaban: El Virus del Amor.

Ella apareció apoyada en el quicio de la puerta, me observaba con una insoportable y preciosa sonrisa. No me pareció ningún virus y sí una gran realidad.
Taladrándome con sus ojos negros y brillantes, sólo me lo preguntó una vez.
“¿Me amas de verdad?”
Le contesté que nunca había amado a nadie con semejante intensidad.

Hace un calor espantoso y huele a cable chamuscado. Llevo aquí treinta y seis horas seguidas. Cuando comencé a sospechar que estaba dentro del CPU, el pánico se apoderó de mí. Me doy cuenta, ni siquiera puedo moverme.
Según mis cálculos, mañana, si aparece la mujer de la limpieza y grito lo suficiente, tal vez tenga una probabilidad de salir...

José Fernández del Vallado. Josef, Febrero 2010.


viernes, febrero 19, 2010

Sin límites.



Hace una tarde fría y sin embargo me siento caliente; de nuevo la espero. Deseo verla otra vez...
El amor está dentro de mí; es algo más que un simple deseo, abrasa mi interior, destruye mis células. No sé cuando empezó o en qué momento decidí tenerla a mi lado... Al menos ése es mi sentimiento.
Tampoco sé precisar si mi mente está aquí o en otra parte, todo aparenta como un extraño sueño. La gente sale del metro: Mil rostros de semblanzas diferentes, a veces parecen iguales, otras se deforman hasta perderse en la oscuridad de la boca del infierno.
Estoy enamorado. Perdido en un mundo de irrealidad circunstancial.

Cuando Colette sale del metro, me paralizo, y apenas soy capaz de dibujar un breve gesto. Su boca despide un vaho blanco y vaporoso, lleva un gorro rojo de lana bajo el cual sobresalen sus bucles rubios. Mira hacia ambos lados, y cuando al fin me descubre, sonríe. Mi corazón se acelera, mi mente selecciona las palabras que deseo balbucir. Trato de aparentar una indeferencia inexistente; soy un manojo de nervios, un ente que solo tiene cabida para una persona en el mundo.
Todo me suena fastuoso y extraño; el pitido del tren al cual debemos subir me parece acolchado y tranquilo.

Excitado, le grito: ¡Colette aquí estoy! Colette...

Y ella, deslizándose sobre la nieve, llega y me da un beso en los labios. Durante unos instantes, la vida es perfecta.
El tren de cremallera avanza escalando el puerto. Hay una nevada de dos metros y medio. El paisaje blanco, de una nitidez desbordante, provoca que mis ojos lagrimeen. Ella, sentada a mi lado, inclina su cabeza sobre mi pecho y mi corazón late con fuerza.
Llegamos al Alto, descendemos y vamos al alquiler de esquís. Elegimos dos pares con sus respectivas botas y nos los calzamos. Mientras la ayudo, sonrío y acaricio sus muslos tersos y fuertes de deportista.
Subidos en el teleférico todo parece más limpio; el sol cosquillea y el aire casi duele en la garganta; los besos cálidos de Colette con sabor a lengua inquieta y deliciosa; la gente esquiando bajo nosotros iluminada por mágicas estelas de espuma. Y el silencio amortiguado de la nieve que me invita al relax.

En lo alto de la cima, justo antes de lanzarme, cierro los ojos e inspiro aire con ímpetu. Colette, a mi lado, hace otro tanto. De pronto me empuja hasta hacerme caer y escapa cuesta abajo.
Cuando me incorporo me lleva un buen trecho. Arranco y persigo su estela. Pasados un par de minutos empiezo a darle alcance. Ella se gira un instante, cambia de rumbo, y sale de la pista oficial. La sigo esquivando el peligro de unos árboles contra los que estoy apunto de estrellarme. De repente la vegetación desaparece y descubro una explanada en desnivel. Delante de mí escucho la risa asfixiada de Colette, que sigue y sigue, su descenso imparable.
Tras realizar un cambio de rasante presiento el peligro: Más abajo hay un barranco. Espantado comienzo a gritar mientras me detengo. Ella parece no oírme. Le quedan pocos metros. ¡Acabará por despeñarse! A menos de dos metros del terraplén traza un giro elegante y se detiene.
Desciendo con precaución hasta donde se encuentra y tembloroso, la abrazo. El corazón le late a mil revoluciones, resuella y se ríe de una forma preciosa. Me besa y acaricia con necesidad, señala a nuestra izquierda y veo una vieja cabaña.
Nos acercamos. Mientras, ella me explica que hace tiempo estuvo a punto de caer por la pendiente y la descubrió.
Para nuestra sorpresa dentro está todo más o menos en orden. Seguramente es la cabaña que un pastor utiliza en los meses de primavera y verano. Hay leña junto a una chimenea y a su lado un cómodo jergón. Nos miramos, nos abrazamos.
La noche nos sorprende amándonos sin tregua.

A la mañana siguiente es domingo. Recogemos con rapidez, salimos de la cabaña, regresamos a la pista y absortos nos deslizamos hasta su parte inferior.
Dejamos los esquís y desayunamos en una cafetería sin saber de qué hablar. Ninguno encuentra palabras para recomenzar algo que ha terminado como un sueño mágico, quizá, deslumbrante y fantástico.
Me despido de Colette en la boca del metro. Como si nada hubiera sucedido le doy un tímido beso y le susurro un hasta luego.
Después la veré tres o cuatro veces más. Todavía la echo de menos. La amé demasiado como para confesárselo. Respecto a ella, no sé hasta qué punto me quiso y si me amó un ápice siquiera. Los seres humanos a veces somos misteriosos y extraños. Desde entonces, cada vez que pienso en ella, recuerdo aquella mañana de extraordinaria blancura sin límites...

José Fernández del Vallado. Josef, febrero 2010.




miércoles, febrero 17, 2010

Estrella Fugaz.


Me enviaron a otra galaxia. Una enfermedad infecciosa y mortífera se había implantado de forma irreversible dentro de mí; y había que librar a la humanidad de una devastación irremediable. Estaba destinado a morir recluido, decretaron.

Mientras la nave avanzaba, con el transcurrir de los meses, percibí como, grano tras grano, la coraza mental se hacía más formidable. Llegado un momento apenas deseé mantener contacto con los de mi especie. ¿Para qué conectarme con quienes al repudiarme, habían sembrado un dolor irreparable? ¿Por qué perpetuar o almacenar promesas vacías, amores que me traicionaron y abandonaron en el más estricto silencio, y una familia que nunca estuvo a mi lado?

¡No!

Me bastaba con presenciar los millones de estrellas que forman las galaxias; sus perfiles elípticos, espirales o irregulares, y al aproximarme, descubrir la belleza salvaje de las nebulosas, la denigrante fantasía de los cúmulos estelares a inalcanzables años luz, la magnitud de los quasar y el brillo sin tregua de las estrellas gigantes.


El día, las horas, o el segundo en que dejaron de transmitir tuve la certeza. Posiblemente la Tierra ya no estuviera; había dejado de existir…
Tampoco me preocupó ser, tal vez, el único humano en el universo. Cuando nada funciona en una especie, constituir diez mil millones de humanos saludables, o uno enfermo, es lo mismo...

La vez en que el metal empezó a deshacerse comprendí la esencia de mi organismo, y de mi estirpe; y una triste realidad. ¿Era posible que mi enfermedad de mortal me hubiera transformado en inmortal?
Toda la nave se fue erosionando hasta convertirse en polvo estelar, continué navegando por el universo durante eones.
Y allí estaba para tratar de narrarlo; señalar algo que algunos científicos imaginan pero siempre acaban rechazando: La humanidad es eterna. Nuestra raza se había extinguido igual que lo hicieron los dinosaurios, pero volvería. Sinceramente, no batimos el récord de permanencia y si el de fugacidad. Pues es lo que éramos en realidad: Estrellas fugaces...

Convertido en cometa viajaba hacia un nuevo mundo que mis átomos repoblarían nada más entrar en contacto con su atmósfera límpida y nueva, tras estallar. Entonces un insólito y brillante anillo de vida volvería a desplegarse hasta alcanzar, de nuevo, su plenitud. Las almas, etéreas, renacerían una vez más; los ángeles volverían a entonar sus cánticos celestiales. Y el curso de nuestra historia volvería a estar presidido por los dioses del universo...

José Fernández del Vallado. Josef, febrero 2010.


martes, febrero 16, 2010

¿Somos conscientes de cómo vivimos?




El día de los enamorados ha terminado y mi amor se ha marchado dejándome ¿triste y abandonado?
¿Por qué? ¿Por qué sin amor uno ha de estar triste y sentirse solo? me pregunto y afirmo: La mayoría de los días deberían ser de amor o de los enamorados. Quizá, ¡pero sin rimbombancias!
Claro que... ¿qué es peor? Vivir en un mundo rosa: Sin muertes, preocupaciones, adversidades, retos ni aventuras; colmado de chocolatinas y dulces y en el que el peso ideal de cualquier humano ronde los ciento cuarenta kilos, a vivir en un mundo activo, humilde, equilibrado y algo más complejo, pero sano. ¿Qué os parece?
A mí que nuestro exiguo y acomodado mundo occidental camina hacia lo primero, mientras el resto del planeta flaquea y agoniza envuelto en las garras de una devastadora hambruna.

¿Somos conscientes de cómo vivimos?
Creo que no del todo.
Aquí mismo, en Madrid, a uno le basta con darse una vuelta por la Plaza Mayor, para comprobar nuestra triste realidad de ciudadanos acomodados.
Basta fijarse en las partidas de turistas españoles y extranjeros para ver que estamos sobrealimentados. Antes los mayores obesos se hallaban en países anglosajones, pero ahora, los españoles nos encontramos en su estela.
¡Bienvenida la crisis! Quizá nos obligue a abrocharnos los cinturones, renunciemos a esos dulces y empecemos a alimentarnos de una forma más comedida y racional, para así poder enviar todo ese alimento sobrante a países o lugares donde en realidad lo necesitan.

Yo espero comenzar a readaptarme y vivir de una forma más adecuada. Pienso realizar diversos recortes – de hecho he empezado ya a hacerlo – con respecto a lo que era mi vida anterior. Utilizaré lo que sea preciso, no malgastaré en agua ni en cachivaches innecesarios, me pensaré más ciertas “manías materialistas” antes de llevarlas a cabo, no haré caso del atronador bombardeo de anuncios al que estamos sometidos, me basta con una comida fuerte al día, la cena la suprimo a cambio de, por ejemplo, un yogurt. Y todos los días algo de ejercicio; lo que cada uno crea necesario o pueda: Caminar con la perra, hacer flexiones, y sobre todo dejar que la naturaleza me golpee con amaneceres fríos, tardes calurosas, noches relajantes, luego una ducha templada y a funcionar, eso es vivir. Encajar los riesgos de la vida, pero sin que la locura se adueñe de nosotros. Manteniendo esa cordura que tan bien conservan nuestros parientes animales, que viven el día a día con la posibilidad de morir y son siempre felices.

Nos hemos acondicionado demasiado, antes los depredadores nos atacaban y devoraban y lo asumíamos adorando a nuestros dioses. Teníamos dioses para todo, igual que soluciones. Hoy quienes nos devoran son las máquinas que creamos. Caemos fulminados como muñecos de trapo en accidentes de automóvil, ferroviarios y de aviación, y eso lo tenemos asumido, pero muchos, no sabemos hacer nada con las manos, ¿acaso masturbarnos de forma más adecuada? ¡Ni eso! Y que nos devore una fiera nos espanta – y debemos eliminarla – cuando debería de ser lo habitual. Durante cientos de años ellos han sido nuestros depredadores.

En cambio, nos matamos entre nosotros por el abollón en el coche, por una factura impagada, por un número de más... ¡y nuestra soberbia! Hay personas que empujan a otras a las vías férreas del metro, muchachos que se lían a tiros con sus compañeros y profesores de instituto; individuos que saltan desde puentes por el mero placer de experimentar un “subidón de adrenalina.” Me imagino lo que pensarían nuestros ancestros si renacieran y vieran el desequilibrio mental que padecemos. Pero en fin, así es la democracia, cada uno puede hacer lo que le plazca mientras no estorbe a los demás. Claro que... ¡ya no vivimos en democracia! Si acaso, los griegos antiguos vivían en democracia. Nosotros estamos atrapados en las redes de una “tecnocracia capitalista” que devora todo a su paso, y aquello que es diferente, no encaja. Y lo que no encaja debe de ser suprimido en el mayor de los silencios. Por el contrario lo que se adecue a nuestro ritmo recibirá el premio capital y de divulgación nacional o mundial.

¿Qué o quién no se adecua?
Todos aquellos que queremos cambiar el sistema y que por ejemplo rogamos que la principal materia prima: el petróleo, empiece a ser sustituido por materias energéticas limpias. Existen y son funcionales, está demostrado, pero las multinacionales petroleras les cierran el paso.
¿Por qué no se adecua?
Somos silenciados porque el sistema predominante no es la democracia. Para empezar los gobiernos actuales son inoperantes, el dominio mundial está en manos de las multinacionales. Y las multinacionales solo piensan de una forma:
“Menor inversión siempre ha de equivaler a mayor dividendo.”
Lo cual significa menos puestos de trabajo o empleos sin apenas remunerar, tal como ocurre en potencias como China, o más maquinaria robotizada y escaso personal, como ocurre en Europa, Japón y Estados Unidos.
De momento está claro que lo más barato sigue siendo la mano de obra humana y a muy bajo coste, por eso las multinacionales explotan de forma eficaz y en silencio al tercer mundo, y ahora, también quieren hacer lo mismo con nosotros. Por eso, África está devastada, zonas de oriente también, y en Sudamérica y la mayor parte del mundo se busca ir por el mismo camino.
¿Por qué hay que luchar contra esto?
Por que si no lo hacemos – y temo que ya sea tarde – dentro de poco todos seremos marionetas exprimidas por la industria de unos cuantos “amiguetes” que vivirán felices y obesos a nuestra costa. Esto está ya sucediendo. Me remito al ejemplo anterior. El occidental anglosajón, nórdico o norteamericano, sobre todo, es obeso e inoperante, tiene salarios exorbitantes, y come demasiado.
Y mañana... ¿seguiremos igual?

Hasta mañana.

José Fernández del Vallado. Josef, Febrero 2010.


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