jueves, diciembre 16, 2010

Hará unos cinco mil años. Sigo Adelante


Foto tomada por el Autor.


Hará unos cinco mil años, no tanto como parece, el hombre decidió abandonar para siempre las selvas y bosques que lo vieron nacer. De alguna forma llegó a un punto en que resolvió que ya era independiente y adulto, y por lo tanto, autosuficiente entre la naturaleza que lo rodeaba.

No se sabe y tampoco creo que se haya estudiado con la debida minuciosidad... por qué dimos ese paso. Todo lo que sé es que según se nos enseña, hubo un progreso y un cambio o una: “humanización” decimos; en la que pasamos de ser cazadores a recolectores.

El caso es que de pronto, un día, salimos de las selvas y bosques y nos fuimos apiñando en poblados cada vez mayores, que durante el imperio romano pasaron a llamarse civitas o urbs. Tampoco sabemos la razón exacta que nos indujo a considerarnos “seres superiores.” Pero hoy esa creencia, ese error milenario, se mantiene y arrastra a nuestra civilización al exterminio, y es y fue clave para que un ser humano enaltecido, se alejara del resto de la naturaleza, dejara de tener la cabeza y los pies en el suelo y comenzara a cavilar en asuntos que le indujeron a desarrollar una faceta quizá más que ninguna otra: La Ambición.

La verdadera cuestión del tema es, lo queramos o no, seguimos siendo animales. Y en ocasiones quizá tan vulgares como el macaco más ignorante. Nuestro mayor error radica en que nos creemos inteligentes, y tal vez solo seamos una pobre aberración de la naturaleza; puesto que ¿qué ser inteligente es aquel que se muestra capaz de llevar al auto exterminio a su propia especie?

Cuando me alejé de la tribu de los Yaguas infectada por el mal monetario, y acompañado por Jorge Luis y John me adentré por primera vez en mi vida en la selva más impresionante, pude darme cuenta de lo lejos – mentalmente – que estamos de los lugares a los cuales pertenecimos. Me bastó una sola mañana y cuatro horas de caminata para, chorreando sudor y felicidad, comprender que el lugar al cual había llegado, una laguna preciosa en medio de la selva, era o también fue nuestra casa. Jorge Luis me devolvió la conciencia y supe que fuimos capaces de vivir arropados en la selva, sin destruirla; de tomar sus regalos con respeto; sin menospreciar o insultar nuestra desnudez, puesto que nuestros físicos, tal cual, siempre fueron bellos y mantuvimos respeto por ellos; y, por supuesto, me di cuenta también de algo esencial: la gran mentira de nuestra sociedad: No se necesita apenas nada para vivir. En cambio, hoy subsistimos bombardeados por océanos de noticias que nos ofrecen ¿avances? De acuerdo. Bravo por la medicina, si es que progresa. Pero ahora mismo por qué nos hace falta tener ¿cámaras, impresoras, relojes, móviles, neveras, ordenadores, automóviles, bicicletas, mp4, Ipad, dvd, televisores, radios, antenas parabólicas, etc...? Por qué tantos cachivaches. ¿Para hacernos felices? Eso no es felicidad, sino enfermedad.

He vuelto a mi hogar en Madrid. Miro esos objetos y me pregunto ¿¡por qué tengo tantas cosas inútiles!?
Ellos me impulsaron a que los comprara y ahora solo valoro una clase de objeto realmente: Los libros. Me permiten soñar, y soñar es una de nuestras cualidades más hermosas. Me detengo un instante reflexiono y con pavor me pregunto: ¿Es cualidad o defecto? ¿Por qué? ¡Ya está! Del sueño a la ambición apenas hay un paso... pero no podemos dejar de soñar sin ser ambiciosos; en cambio, sí se puede ser ambicioso sin soñar. Luego ¿Es la ambición una enfermedad de nuestra inteligencia? Tal vez. Soñar consiste en saborear un estado que te llena, pero sin alcanzarlo, en cambio ambicionarlo es desear convertir ese sueño imposible, en real. La ambición desmedida arrastra a nuestra especie al vacío porque mientras que los sueños siempre podrán existir no así las ambiciones. Me pregunto ¿La ambición es un estado perjudicial y erróneo en sí? Claro que una vez el hombre soñó con llegar a la luna, ambicionó alcanzarla y lo logró. Hoy todavía estamos a tiempo de soñar con un mundo equitativo y feliz, pero la ambición desequilibra el concepto y lo desbarata. Una pena que el hombre sea, por no decir ambicioso,sí un soñador delirante...

Fin del viaje astral...


José Fernández del Vallado. Josef diciembre 2010.

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

domingo, diciembre 12, 2010

Quince minutos. Yaguas. Sigo Adelante.

Fotografía tomada por el autor. Comunidad de los Yaguas.

Mi primera caminata en la selva me lleva apenas quince minutos. Cuando llegamos al Lodge: “Hotel de chozas selvático,” no sé si ellos, pero desde luego yo que cargo con la mochila (me robaron la que llevaba al llegar a Lima, y no pienso desprenderme de la que tengo) sudo por los cuatro costados...


He experimentado sudoraciones y entre las más agresivas están, por supuesto, las del deporte. Cualquiera que practique ejercicio a destajo (un partido, o lo que sea) durante veinte o treinta minutos, acabará sudando a mares. Sin embargo cuando caigo derrengado sobre el sofá ¿me encuentro cansado? Sí... o no. Esa no es exactamente la sensación. Es cierto que el calor baja la tensión, pero yo ahora sudo por el mero hecho de caminar en un ambiente parecido a una sauna. Es cierto. Llevo una mochila, pero tampoco puede achacarse a eso mi exagerada forma de sudar, sino a los 40º C y noventa y cinco por ciento de humedad. Todavía es peor que en Iquitos. Nos ofrecen un jugo de papaya y deseo beberme tres. Me contengo, pues todo lo que ingiero lo transpiro de inmediato. Jorge Luis en cambio está acostumbrado. Es indígena, se encuentra en forma, demuestra un entusiasmo infinito y habla y habla sin cesar. Yo en cambio solo deseo quitarme esa sensación pegajosa de encima. En definitiva, me gustaría desnudarme, salir corriendo y lanzarme de cabeza al río Amazonas.

Tratando de captar la más mínima corriente de aire me siento sin apoyar mi espalda en el respaldo y no me muevo un centímetro. Sé que efectuar un leve gesto me supondrá sudar más. La mala noticia llega en ese instante: No podremos ocupar nuestras habitaciones hasta después de la comida. Y yo me pregunto ¿quién tiene hambre con este calor?

Tras almorzar me encuentro en mi habitación quitándome la ropa mojada de forma casi frenética, me meto en la ducha y permanezco allí cerca de tres cuartos de hora. Después aún me queda tiempo para salir, echarme un rato sobre la cama y reflexionar acerca de mi situación. Disponemos de un par de horas, sobre las cinco iremos a visitar una comunidad de Yaguas cercana.

Nos ponemos en marcha. Nos internamos por un camino apenas inapreciable, pero que se abre paso en la selva de forma constante. No puedo evitarlo, estoy emocionado. Siempre soñé con participar en un encuentro entre culturas.
Cuando llegamos al poblado me siento entre admirado y defraudado. ¿Acaso esperaba encontrarme hombres prehistóricos de aspecto retrógrado y miradas abúlicas? ¿Era eso? No lo sé. En cambio nada es lo que parece. Los Yaguas son conscientes de lo que queremos ver reflejado en ellos: Sus atuendos, y una cultura que se detuvo en el tiempo. Y sin embargo, me encuentro un poblado en el que todos sus miembros trabajan elaborando collares y diversas piezas de manufactura bastante avanzada, en realidad me recuerdan a los hippies, pero además hay otro detalle que choca con todo, su mirada inteligente y despierta. Son ellos quienes nos estudian a nosotros, y quienes en realidad nos ofrecen sus productos. Tras una prueba de tiro con cerbatana y un baile para distender la tensión del encuentro, todos se encuentran sonrientes, aunque yo me sienta descorazonado. Pues enseguida comprendo lo que les está sucediendo; han caído en las redes del capitalismo. Esquilmada la zona de selva que habitan, ahora necesitan unos soles para poder abastecerse de alimentos y demás utensilios en la ciudad o en los centros que controlan los hombres dueños de la “civilización.” Ya no dependen de ellos, sino de nosotros; ya no son “salvajes,” sino indígenas instruidos que sacan el máximo partido de su situación. Pero aún así los cincuenta míseros soles que obtienen tampoco parecen satisfacerles leo en sus rostros y adivino que, sin pretenderlo, ya forman parte de la ruleta universal del capitalismo. Están atrapados. Durante un instante me pregunto si adquirirán sus chozas en piezas desmontables en Ikea, mediante créditos, ¿con qué aval contribuirán? ¿Dos caimanes y un jaguar serán suficientes?

Aún así cuando logro reunirlos para tomarles una foto (a cambio de unos soles) fascinado, durante unos instantes me transmuto en uno de aquellos descubridores de principios del siglo pasado, quienes sí tuvieron la verdadera fortuna de entablar relaciones con culturas intactas y honorables. Lástima, que por entonces, nuestra “cultura occidental” hubiera dejado atributos como la decencia, el decoro y la honestidad, enterrados hace mucho tiempo...

Continúa…

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2010.
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martes, diciembre 07, 2010

Agencias. Navegando en el Amazonas. Sigo Adelante.

Fotografía tomada por el Autor


— ¿Son muy distintas unas agencias de otras?
Me da por preguntarle a Roosevelt.
Sin dejar de atender el floreciente tráfico de motocarros, el chofer asiente y alega.
— La diferencia está precisamente en sus guías, su atención, sus Lodges en la selva... Pero todo depende de lo que quieras hacer, hay multitud de propuestas.
—Y ¿cómo sabré lo que quiero? ¿Qué es un Lodge?
— Un hotel... ¡Tranquilo! Ellos te lo aclararán y te propondrán diversas opciones.
Nos detenemos ante la puerta de una sucursal. Sobre un logotipo naranja, leo: Paseos Amazónicos. De repente me siento frustrado, esto no es lo que me esperaba. Turismo de masas... ¿aquí? En todos los sitios es lo mismo: ¡El turismo! Trato de darme la vuelta pero Roosvelt me anima a seguir adelante y me convence. Al fin y al cabo yo soy un turista je...
Dentro me recibe un tipo que me saluda con expresión de primate. Desde un primer instante no me fío de sus intenciones. Me conduce a un lugar apartado y susurrando, comienza a proponerme diversos recorridos. Tras unos instantes me confieso abstraído, poco o nada me interesa lo que diga ese señor. Sin embargo, es la apariencia del hombre que hay a sus espaldas, sentado a la mesa escritorio, quien me llama la atención. Qué clase de ser humano es: ¿Un dandy de la selva? ¿Un indígena juppy extravagante? Unas lentes oscuras se asientan sobre su cabello lacio y lustroso. Sin prestarme atención repasa un conjunto de archivos.
Cuando regreso a mí, insaciable, el primate ha comenzado a proponerme una exuberante excursión de cinco días por la selva. Cansado, estoy a punto de mandarlo al carajo. Sólo entonces se percata de mi forma de mirar al hombre que hay tras él. Se vuelve, esboza una sonrisa constreñida, y señala.
— ¡Ah! Disculpa. Te presento a Jorge Luis. Será tu guía. Si te animas, claro.
El dandy se acerca a mí, nos damos la mano. Permanezco mirándolo desorientado. Hay algo en su expresión inteligente y abierta que vence mis reticencias. Me agrada la sinceridad y decisión que intuyo en ese hombre.
— Bueno, qué me dice. ¿Acepta? Me apremia el primate.
— De acuerdo, afirmo sin titubear, y pregunto.
— ¿Cuánto puede costar la de cinco días?
— Bien. Las comidas y parte de la bebida están incluidas. Únicamente el bar, y cualquier cosa que consuma que deberá pagarse al momento...
— Ya. ¿A cuánto asciende todo? Insto.
— Veamos... Seiscientos ochenta.
— ¿¡Dólares!? Pronuncio sobresaltado.
Sin dejar de mirarme, con una fina ironía animal, el primate rectifica.
— Soles, por supuesto, y añade.
— ¿No es caro, verdad?
—No lo sé. Depende.
— De qué.
— De quien sea el que vaya. Yo vengo de Europa y al cambio doscientos euros quizá resulten bien... para mí (y habrá que verlo) pero ¿qué opinan sus paisanos?
Se ríe y contesta.
—Ah, ya entiendo. Desde luego. Somos pobres los peruanos. Suelta una sonrisa cínica y me da la mano sin añadir nada nuevo.
Está claro. La situación de sus compatriotas le importa un bledo. Además, no tiene arreglo. La pobreza viaja sola, sin ayudas...

Al salir Roosevelt se ofrece para llevarme al embarcadero.
Imagino un lugar pulcro con olor a río y vegetación y lo que me encuentro es precisamente lo opuesto. Debido a las subidas y bajadas del río no existen muelles en el Amazonas. Sólo un terreno arenoso y sucio, lleno de desperdicios, que me recuerda a una playa en mal estado. Desciendo y embarco en la curiará que me llevará a la selva, o a lo que quede de ella.
Instantes después se presentan cinco acompañantes y Jorge Luis, nuestro guía.
Arrancamos y de inmediato comienza a instruirnos sobre la situación amazónica, y lo que nos cuenta no es demasiado halagüeño. La selva y el río están siendo utilizados de la misma forma que una mina sobreexplotada. Se extrae demasiada pesca, se cazan muchas especies animales, se talan cantidades ingentes de floresta, y en fin, los estados que deberían protegerla esquilman sin tener en cuenta que todo tiene un límite.
Los resultados empiezan ya a verse. Por ejemplo, un pez: El paiche o la arapaima gigante, ha tenido que ser protegida con urgencia, su situación está próxima a la extinción. Lo mismo sucede con el caimán negro y muchas especies de loros, monos, e incluso bellas especies de mariposas.
Le pregunto si, tal como he oído, todavía existen zonas inexploradas. Se ríe con ironía, y mirándonos fijamente, nos pregunta.
— ¿Que pensáis?
Cuando le replicamos mediante un escueto interrogante: “¿Tal vez...?” Señala hacia arriba y contesta.
— Mirad al cielo, surcado por infinidad de aviones, helicópteros, y satélites con cámaras de una resolución asombrosa. ¿No pensáis que habrán cartografiado hasta el último rincón de selva?
Asiento con seriedad. Prosigue.
— Una cosa es casi segura. Ya no quedan tribus por descubrir tal como ciertos alarmistas afirman. Otra cosa es que algunos indígenas con tal de alejarse de la lacra de nuestra civilización, se adentran más en la espesura y cuando de nuevo son localizados, nuestra embustera y propagandista civilización difunde que se ha dado con una tribu desconocida.
De repente se alza sobre la barca y exclama.
— ¡Allí! ¡Delfines del Amazonas!
Me vuelvo y apenas consigo verlos, y menos tomar una fotografía. Desaparecen enseguida. En cambio, una nueva sensación se apodera de mí. ¿Estoy realmente donde me propuse? Desde luego. Quizá sin ser consecuente de donde me voy a meter. Pero he llegado al Amazonas; y el río, impresionante, me recibe desplegando su amalgama de sorpresas...

Continúa...

José Fernández del vallado. Josef. Diciembre 2010.

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viernes, diciembre 03, 2010

Señor J... Sigo adelante.

Fotografía tomada por al Autor.


— ¿Señor J..?
Mareado, miro a ambos lados. Giro sobre mis talones y a mis espaldas encuentro al hombrecillo. Tiene el pelo gris, barriga prominente, y la cara surcada de cicatrices de viruela. Parece de raza blanca, aunque tengo dudas razonables, sobre todo en un lugar donde hay un mestizaje del 70%.
—Sí, soy yo.
Me mira de arriba abajo, sonríe y pronuncia con cortesía.
—Roosevelt para servirle. He venido a llevarlo a su Hotel. Permítame.
Toma mi mochila sin aparente esfuerzo y le pregunto.
— ¿Siempre hace el mismo calor por aquí?
Asiente.
— ¿Y cómo pueden soportarlo?
Deposita la mochila a mis pies. Nos hemos detenido junto a un Peugeot destartalado. Abre la puerta trasera, y me dice.
— Sabe... A veces hace incluso más. Cuarenta o cuarenta y pico. Está de suerte, hoy solo son treinta y ocho, disfrute... Siéntese y espere. Debo recoger a dos más.
— ¿Dos más qué…?
—Pasajeros. Ahora vuelvo. No se mueva.
Entro en el coche. Cierra la puerta y se marcha. Permanezco en silencio, sin moverme un centímetro, con la mochila sobre mis piernas. Tal vez así... ¿disfrute? Una gota de sudor se desliza por mi frente, al cabo de unos segundos me encuentro empapado. Abro la puerta, dejo la mochila en el asiento, salgo y trato de respirar el aire fresco inexistente. Al cabo de unos minutos – dentro de lo malo – estoy mejor.
Roosevelt (no el presidente) aparece con dos ¿holandeses? Nos damos la mano. Subo delante.
Cuando el vehículo arranca la brisa que entra por la ventanilla restablece mi estado.
— ¿Mucho mosquito? Pregunta la irlandesa holandesa.
— No. Responde el chofer.
Y qué hay de la malaria aprovecho para intercalar. ¿Hay malaria por aquí?
Asiente con la cabeza y murmura.
— Sí, por desgracia. Pero sabe... A nadie le conviene decirlo demasiado, si no los americanos y europeos dejaríais de venir.
—Ya, comprendo. Humm... ¿Las pastillas de Malarone, funcionan?
— ¿El qué?
— ¿Las conoce?
—Sí.
— Y sirven... para algo...
— Sí por Dios tómelas. Si va a ir a la selva tómelas por lo que más quiera. No me gustaría que le pasara lo mismo que al americano de la semana pasada.
— Qué le ocurrió.
— Nada... o todo. Se fue unos días a al selva y cogió las fiebres. Se puso malísimo. Se lo tuvieron que llevar a la capital.
— Pues no me da usted ánimos. Pensaba ir a...
— Vaya... ¿De verdad? Merece la pena. Es maravillosa. Mire, mañana paso a recogerle y le llevo a alguna agencia. Por cierto, ya estamos en su hotel.
— ¿Es esta cosa?
— Que ocurre ¿no le gusta? También hablaremos de eso. Mañana a las nueve. ¿Le parece?
— De acuerdo.

En recepción me atiende un brasileño o tal vez portugués. Más tarde me entero de que se trata del dialecto que hablan allí. Una mezcolanza entre español y portugués.
Tras juguetear a intentar comprendernos durante cerca de media hora, me acompaña a mi habitación. Nada más abrir la puerta descubro una especie de antro con un par de ventiladores, sin ventanas exteriores. La verdad, no me agrada demasiado pero todo parece estar limpio y además ansío tomarme una ducha y acomodarme al amparo de la brisa de los ventiladores.

Una vez a solas me desnudo con premura, entro en el plato de la ducha, abro el grifo corro las cortinas y me dejo rociar con un agua templada, giro sobre mí y me congelo. En la pared, cómodamente instalada, acechándome desde que entré, distingo el bello espectáculo de una tarantulita peluda y simpática. Es curioso, hasta ese instante no se me había ocurrido pensar que la ciudad en la que estoy es una isla en medio de la selva, y es previsible – aunque yo no haya previsto nada – encontrarse sorpresas así. Salgo apurado, el bicho no se mueve un ápice de su posición. Agobiado abro mi mochila y revuelvo en su interior hasta encontrar el relec anti parásitos, y cuando me dispongo a rociar, observo que ha tomado las de Villadiego. El artrópodo es listo, o al menos lo aparenta. Rocío todas las paredes con relec, y cuidadosamente vuelvo a introducirme bajo la cebolla de la ducha.
Cuando salgo y comienzo a vestirme, me doy cuenta de la exigua eficacia del baño, me asfixio de nuevo. Enciendo ambos ventiladores al tiempo, el del techo y el del suelo, el cual enfoco hacia la cama procurando que alcance los puntos vitales de mi cuerpo. Una vez me aseguro, me acomodo y por primera vez disfruto de mi llegada ¿al paraíso?
La noche es lo más parecido a un infierno, escuchando los motores de los ventiladores como si fueran las hélices de un bimotor. Algo me pica en el tobillo, fuera del radio de acción del ventilador, quien causa mi primer tatuaje de guerra ¿será la preciosa arañita, o el famoso Anopheles gambiae? Me rasco y apuesto por el Anopheles.

A la mañana siguiente descubro la mesilla de noche donde dejé la envoltura de un caramelo y el estuchito con mi audífono infestado de unas hormigas tan diminutas como jamás las he visto.
El susto me lo llevo al abrir el estuche. Los insectos son tan minúsculos que han sido capaces de colarse por las ranuras de la cremallera, hasta alcanzar mi audífono abierto con la pila depositada a su lado, e incluso deben de haber entrado en él. Preocupado cojo el aparato y lo reviso de forma metódica. La situación es complicada; si no quiero perder mi oreja no puedo desinfectarlo con lejía ni rociarlo con antimosquitos. Cuando me aseguro de que está libre de bichos descubro un detalle que me sorprende. El instrumento parece estar milagrosamente limpio. ¿Es posible que las hormigas hayan devorado cualquier resto de cerumen o impureza hasta dejar el audífono limpio como nunca lo tuve? Superadas mis reticencias me lo pongo y salgo al pasillo.
En recepción descubro que lo del desayuno incluido es una falacia. Decido no ponerme nervioso; tampoco hay por qué. Me encuentro bien y tranquilo y además de momento ¡no sudo!
Pregunto al recepcionista donde puedo encontrar un lugar para desayunar. Me acompaña a la calle, y sin dejar de hacer aspavientos, me indica que caminando dos cuadras luego yendo a la derecha, para finalmente volver sobre mi izquierda – finaliza de informar satisfecho – encontraré el mercadillo de “Santas Pascuas.” Asiento como si no hubiera problema, pero estoy tan perdido como Jesucristo en el desierto.
Me pongo en marcha. Aún es temprano y caminar me vendrá bien.
Hace una mañana espléndida y además la ciudad que voy descubriendo no deja de sorprenderme; todo es nuevo y a la vez tan antiguo... Es como si hubiera retrocedido en el tiempo hasta principios del siglo pasado, y me encontrara en un lugar similar a, por ejemplo, Nueva Orleans. Hay casas preciosas con paramentos cubiertos de azulejos verdes, azules, marrones. Definitivamente esto no es el Perú, sino un lugar que se congeló en el tiempo tras la opulencia del caucho.
Doblo una calle y encuentro a los escribas. Maravillado permanezco observando como debido al analfabetismo, la gente recurre a ellos para que les redacten documentos y cartas.
Sigo caminando y al fondo de una calle diviso un bullicio exagerado. Instantes después me introduzco en un mercado que se extiende en variadas especialidades. Se venden desde retales hasta piezas de maquinaria, verduras, carne, animales y toda clase de utensilios irreconocibles. Pero es en la acera de la calle, evitando pisar a grupos de indígenas e indigentes que se arremolinan en el suelo, donde descubro el milagro. En un extremo de la calle hay pequeños mostradores con banquetas donde sirven café con jugos y dulces variados. Me acomodo en uno de ellos, y sin dejar de observar al cliente que se encuentra ami lado, excepto un café con leche en un tazón espléndido, pido todo lo que va encargando. El desayuno finaliza con un jugo de guayaba, plátano, mango, chayote y leche. Por apenas dos soles salgo nuevo y renovado como un Toro.

Nada más llegar al hotel me encuentro con Roosevelt esperando a la puerta. Le pido tiempo para arreglar la mochila, liquido el hotel y salimos a buscar un medio de transporte hacia la selva…

Continúa...

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre. 2010.

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martes, noviembre 30, 2010

Aterrizaje en Iquitos. Sigo Adelante.

domingo, noviembre 28, 2010

Terremoto. Sigo adelante.

Trato de razonar lo que sentí aquella madrugada a las tres y media, cuando desperté dentro de mi habitación en aquella ciudad del desierto.
Me observo a mí con perplejidad y desconcierto, mirando con pasmo el bamboleo de las paredes del apartamento. Todo parecía ondularse a un ritmo acompasado y febril: La cama, el suelo, los muebles. ¿Acaso estaba en un buque? Y el ruido; similar a un gorgoteo subterráneo. Absolutamente todo moviéndose con frenesí en el umbral del descalabro; y yo, con ambas manos crispadas sobre las sábanas, los ojos incrédulos y los pies titubeando.
La cuestión es que no sentí miedo, en realidad no me dio tiempo siquiera a experimentarlo. Luego supe que si el seísmo hubiera sido según la escala Richter, unas décimas más enérgico, quizás hubiera fallecido con una expresión de estupefacción grabada en mi semblante.
Sin embargo la oscilación se detuvo. Me asomé a la puerta y escuché. No se oían gritos de pánico ni ruidos anormales, todo parecía seguir una pauta preconcebida de antemano. Era un silencio de miedo y muerte. El silencio que crea la oscuridad para llevarse a los débiles y a los peor preparados. Así sucede en esos lugares del mundo donde la pobreza es sinónimo de muerte; sin atenciones ni ayudas.
Tuve un mal presentimiento. No sabía cómo había llegado a instalarme en aquella ciudad del desierto, aunque tampoco anhelaba quedarme en aquel hotel por más tiempo y más tras observar las grietas que el temblor había causado en sus muros y tabiques.
Salí apresurado, en bañador y chanclas, un polo y la mochila a cuestas. En recepción, por sorpresa o de forma premeditada, no había nadie. Escapé hacia afuera y nada más surgir del inmueble los vi. Todos, o casi todos estaban ya fuera. Situados a razonable distancia proferían gritos de pánico y lloraban presas del miedo y la histeria. Algunos, entre los que se encontraba el recepcionista, me felicitaron, ya que realmente acababa de nacer, me comunicaron con aire solemne, pues el edificio estaba en muy mal estado.

Hacía un frío impresionante por la noche en aquel desierto – ciudad; supongo que lo mismo sucede en los demás lugares. ¿Alguna idea sobre a donde ir? Estaba vivo luego, excepto seguir adelante con aquel viaje disparatado, no se me ocurrió nada mejor...

Durante unos instantes pensé en presentarme en casa de mi amiga, antes novia y muy querida, aunque por aquellos tiempos se había transformado en una mujer ocupada en sacar adelante a sus hijos. Deseché la idea cuando supe que estaban a salvo; pues me llegó un mensaje de su sobrino interesándose por mí. Además, estaban acostumbrados a esa clase de vida. Si es que es posible acostumbrarse a vivir aguardando con miedo e impotencia el golpe traidor de un próximo temblor.
En cambio yo, debía seguir adelante. Había otros lugares, me esperaban, y no había tiempo que perder. Más tarde volvería sobre mis pasos y me reuniría con mi amiga.

Tuve suerte en la estación de autobuses. Algunos salían de madrugada con destino a la capital. De modo que me embarqué y antes de ser consciente de mi estrella, una joven y preciosa peruana se acomodaba a mi lado.
— ¿A dónde vas? Me preguntó.
— A Lima, le dije molesto y sin ningún deseo de hablar.
— Ah. Yo a San Vicente de Cañete. Lo conoces.
— No.
— Ya... Lo suponía. ¿Extranjero verdad?
— Sí...
— ¿De dónde?
— ¿Acaso eso tiene importancia a estas alturas?
— No, no por supuesto. ¿No te habrás irritado? Me preguntó mirándome con preocupación.
— Oh, no, para nada. Es que lo del terremoto no solo me preocupa, también me ha desconcertado del todo. Es algo... tan extraño…
— Sí, son ondas sísmicas. Es como un oleaje terrestre. ¿Lo has percibido?
— Sí, así ha sido...
— Verás... El lugar al que voy es una pequeña población que se encuentra muy cerca de Lima .Necesito saber si todos se encuentran a salvo.
— Te comprendo, le dije. Yo en tu lugar haría lo mismo.
Y giré la cabeza con desconsuelo.
Nos dispusimos a dormir. Apenas había entrado en un leve sopor cuando sentí sus brazos rodearme. Abrí los ojos, me miraba fijamente. Me dijo.
— ¿Cansado de estar solo?
Asentí. Y la oí decir.
— Yo también.
Cerré los ojos y percibí sus labios presionar sobre los míos, su lengua al acariciar mi paladar y fundirse con la mía; comenzamos a besarnos. Mantuve los ojos cerrados, no deseaba abrirlos y estropear llenando de realidad aquel momento de ilusión casi irreal...

El viaje duraba unas seis horas, permanecimos tres reconociéndonos; luego nos dormimos. Después el autobús se detuvo. Oí gritar de forma repetida: ¡Cañete, Cañete, Cañete! Ella cogió su equipaje de mano y me dijo.
— Me llamo Chaska. En quechua significa: “La de cabellos largos y crespos.” Si quieres volver a verme, búscame en Cañete, suelo estar por aquí...
Besos... Le dije adormilado y con tristeza.
Me dio un beso y se marchó.

Cuando llegué a la estación de autobuses me senté con cansancio y de forma abstraída me fijé en una de sus paredes. Un cartel publicitario anunciaba: ¡Iquitos, la ciudad de la selva! Visite sus maravillas.
Lo cierto es que nunca se me había ocurrido que en el Perú hubiera selva. Cuando uno oye hablar del país en cuestión lo primero en lo que piensa es en Lima, el Altiplano andino, el Machu Pichu, y poco más. A continuación me enteré que Iquitos es la población más grande asediada de selva e inaccesible por tierra que existe en el mundo. En la ciudad viven unos ochocientos mil habitantes.
Tomé un taxi al aeropuerto. Y tres horas más tarde estaba acomodado en la butaca 17D junto a la ventanilla, con destino a Iquitos….

Continúa.

José Fernández del Vallado. Josef. 27 noviembre 2010.

A MIS LECTORES: Una de mis escritoras favoritas: Lauren Groof, dice: "Al fin y al cabo la ficción consiste en contar la verdad pero mediante mentiras."
Yo en cambio más bien lo veo así: La ficción consiste en contar la verdad y adornarla con un toque fantástico, pero nnunca una verdadera mentira. Puesto que muchas veces la realidad supera a la ficción.
Así pues este relato es en parte realidad y en parte ficción, pero nunca una mentira ni una absurda irrealidad. En sí se trata de nuestra existencia; sus reveses y fortunas... Así es la vida ¿no lo creeís?

Un abrazo.
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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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