viernes, octubre 31, 2008

¿La solución? El chocolate.


La serpiente me quedó más gorda de lo previsto, comprobé, debió ser por la bola de arcilla que se comió durante la noche. El día anterior se pasó todo el tiempo mirándola y le lloraban los ojos del hambre. Mi profe dice que las serpientes son delgadas como churros, no como yo que soy gordito y pelirrojo. Yo sé , me lo dijo mi hermana Gabriela, que en las chocolaterías hay serpientes que se alimentan de chocolate y están como palillos de dientes. Papá no me saca a la calle; le da miedo. Dice que soy diferente, tengo síndrome de... “¿Town?.” Creo que en realidad es por las serpientes; le dan miedo. La solución es el chocolate. Mañana le daré un huevo Kinder y se pondrá más fina que un churro... 

José Fernández del Vallado.josef. 2008




jueves, octubre 30, 2008

La isla.


Se amaban. Ella lo amó desde un primer instante y él a su vez la fue amando cada día un poco más, aprendiendo a considerar su sensible carisma de mujer. Se desearon con placer, disfrutando de cada instante repartidos por los rincones de la isla. Sus brazos recorrieron las fracciones de sus cuerpos agostados, gélidos, calientes, poderosos, humanos... Dos seres con capacidad para pensar de forma tranquila y natural en un mundo aplastado por las devastadoras fuerzas de la iniquidad y la idiotez. 

Ni siquiera hubo días plomizos de invierno, ni bochornos de verano achicharrado, con sol plomizo o lluvia fría y pegajosa que pudieran detener la solvencia de aquella pasión.
Se entendieron. Ella lo supo desde un primer instante, y él la fue comprendiendo cada día un poco más, juzgándose mutuamente, sin alterarse, sin divinidades ni proverbios, sin despegar las piernas del suelo de la isla. Donde siempre se hallaban: unidos, abiertos, sonrientes, casi enraizados, materializados en promesa de fértil vivencia... 
Sin embargo algo sucedió. El tiempo, decisiones externas, incongruencias que jamás habían existido, hicieron su aparición y comenzaron a marcar el impás. 
De súbito, los días transcurrían sin conseguir enlazar con el Ferry que los librara del islote de soledad en el cual se plegaron. Estaban aislados; arrinconados en un lugar solitario, enviciado y asfixiante. Sin darse cuenta se convirtieron en adictos apasionados de su fe en ellos mismos. Luchaban por mantener dogmas enfermizos y desgastados... Mientras, seguían tecleando textos de redención, amistad y promesa, a la espera de que el nuevo día amaneciera y aliviara penas presentes, pasadas y venideras. Recompensa a un mérito que decidiría si habían superado el listón para levar anclas y escapar del aislamiento traicionero de un lugar sin limitaciones y limitado en su conciencia.

Él tendía la mano y ella se deslizaba girando, discurriendo una y otra vez por las estrechas veredas de un islote sin márgenes aparentes. Él volvía a tender la mano, y ella pensaba y actuó por su cuenta. Era independiente, siempre lo fue. Le agobiaba ser de una forma distinta, aunque quizá todo consistiera en descifrar una clave...

¿Continuaban atrapados? No, ella podía salir. Sabía cómo hacerlo, y moverse a través del estrecho círculo del islote a su gusto; y decidió ponerlo en práctica. 
Se marchó un día ni de verano ni de invierno, ni frío ni cálido. Se fue buscando ese sol anhelado que no parecía vislumbrar en el islote, su islote... ¿Querido o ya aborrecido?

Él permaneció en cuclillas, con ambos brazos extendidos; mientras trataba de conservar el aroma de ella que jamás atrapó en el exterior de su piel. La boca en un gesto torcido, desvaído... La mirada perdida, lúgubre y remisa a creer en la búsqueda que ella emprendía... ¿Para qué? Si partía a contemplar el océano desde una perspectiva a la cual él no podía acceder. Y si no contaba con él en el lugar que más anhelaba, si no deseaba estar a su lado para descifrarle aquellas claves necesarias para salir, entonces ¿prefería mantenerlo allí encerrado para siempre?

Amaneció un nuevo día. El hierbazal junto al acantilado seguía siendo de un verde intenso, húmedo fresco y oloroso. En cambio, oscuros nubarrones se cernían en un horizonte más denso y lejano que nunca.

Caminó hasta el borde y se sentó. Desde aquella posición por primera vez se sintió dueño del islote. Permaneció pensativo, sin moverse, con las manos sobre las rodillas y la expresión hirsuta. Habían transcurrido dos días. Para algunos quizá pueda parecer un lapso corto de tiempo pero para él significaba una eternidad. ¿Y ella...? Continuaba sin regresar...

José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2007.



miércoles, octubre 29, 2008

¿Y TÚ DICES NO A LA VIOLENCIA?


Estoy de acuerdo en que el mundo grite: ¡NO A LA VIOLENCIA! a las guerras y a los toros, pero diré algo para derrumbar tu conciencia o tus esquemas. No lo hago a mala idea. Sólo es para que veas quienes somos realmente NOSOTROS. Este mundo que clama no a la violencia y a las guerras. Los políticos, propugnan la paz, y están a la cabeza – por un lado – mientras por otro, mantienen abiertas y en funcionamiento enormes fábricas de armamento. Es un mundo de “fábricas” que contaminan y ensamblan armas de precisión milimétrica, hechas para asesinar. Desde luego, no las verás con nombres belicistas, porque están encubiertas, pero tenlo por seguro están aquí, dentro de nuestro territorio; de hecho, muchos viven al lado de ellas sin siquiera darse cuenta. España fabrica pistolas, granadas, blindados, corbetas y fragatas, misiles de alcance medio, submarinos tácticos de ataque, e incluso e oído que existe una fábrica de peligrosas minas anti persona. Todo está apoyado y financiado por nuestro gobierno y estas armas van a parar:


a)A la policía.


b)Al Ejército que las prueba (todos los años hay desgraciados accidentes de militares que ni se mencionan en los periódicos).


c)A las bandas de violentos, narcos y mafia (Incontables asesinatos por ajustes de cuentas y narcotráfico).


d)A los terroristas.


e)A los países que libran guerras y están en estados precarios como sucede, por ejemplo, con nuestra vecina y cercana África. Las guerras que allí tienen lugar, están financiadas por el dinero de occidente – NUESTRO DINERO – eso tampoco te lo cuentan. Las contiendas repercuten en el medio ambiente de estos países. Sus parques naturales son devastados, sus riquezas esquilmadas, su fauna maltratada vendida y se trafica hasta la extinción.

En este mismo mundo, nuestro mundo, tras cobrarse a tiros durante una maravillosa mañana de caza unas trescientas o más perdices por el placer de la diversión, nunca por el de la subsistencia, se dice no a la guerra. A continuación se preparan unas tortillas de patatas, se llenan unas botas de tinto, y se va a festejar a una plaza de toros. ¿Y a festejar qué te preguntarás? Pues el baile o fiesta de la SANGRE. Sí. Porque en realidad éso y nada más es lo que (¿te atrae a ti también?) excita a la gente: La sangre, el peligro, el olor a miedo y a muerte, y la misma muerte. Nada como el morbo de ver morir en directo. Éste, amigo/a mio/a, no es nuestro mundo, sino nuestro sistema de vida. Somos depredadores: Asesinos. De hecho, la humanidad siempre se comportó como tal. Si no, respóndeme a algo. ¿A quien sino a un humano se le ocurrió el tormento más espantoso para matar haciendo sufrir a otro humano? Por favor, pincha en la siguiente palabra: “Empalamiento” y lee en Wikipedia con mucha atención – si no se te revuelven las tripas –, lo que es capaz de hacer el hombre y con qué crueldad para asesinar a otros de su especie, y dime, luego ¡DIME!, si nosotros somos esa raza honesta, caritativa e inteligente, o por el contrario somos cobardes, arteros y crueles, y merecemos un castigo. El castigo que nos estamos labrando. Nuestro auto exterminio.

Lamento ser tan duro, pero hoy, como tantos días, estoy cansado del juego de siempre: La hipocresía; en la cual nos embriaga un sistema tan preocupado ahora por recuperar sus “NACIENTES VALORES CAPITALISTAS” y en “REFUNDAR EL CAPITALISMO” y a la vez tan indiferente y cruel hacia este otro mundo, el de quienes no ganan siquiera veinte euros al mes, el de quienes nacieron para ser carnaza de NOSOTROS, los dioses de occidente, y de ellos, los dioses de Oriente.

¡Un abrazo amigo! Que la suerte te acompañe. Pero sobre todo, cuídate mucho, y camina a este lado de la línea, no vayas a cruzarla y te conviertas mañana en blanco de nuestras armas, y de asesino, pases a resultar carnaza. Porque ¿sabe alguien hasta dónde se extiende este lado de la línea? Hoy sé con claridad una cosa. Empieza allí, EN WALL STREET, pero no tiene final, su límite está sujeto a los cánones que dicta el Imperio de la muerte, y ese Imperio es un juego de ruleta rusa, de oscilaciones de mercado, de bolsas, de corredores de apuestas que trafican con tu dinero en todo el mundo... O sea, las grandes multinacionales te tienen ya en sus manos, y juegan entre ellas con sus reglas, una enorme partida de pocker sobre el mapa de la tierra.

¿Cuándo podrá desmontarse este entramado fatal?
Sigue ahí, espera para hacerlo. Y si lo haces, no lo hagas nunca en nombre de una religión, ni de un movimiento político, ni de cualquier doctrina imperante y oportunista. Hazlo porque es necesario. Hazlo por ti y por nosotros, asesinos en masa que todos los días miramos para otro lado, y no sólo matamos un toro, ejecutamos millones de reses, lechones, corderos, perdices, conejos, liebres, jabalíes, aves de presa, felinos en peligro de extinción y multitud de especies de aves; capturamos ingentes toneladas de pescado y labramos la tierra hasta llevarla a sus límites y erosionarla sin remedio, y todo ello, sin mirar más allá de nuestras narices. Por fortuna somos prácticos, y vivimos al día. En general siempre hicimos así. Total, mientras haya unos cuantos que disfruten de los mejores manjares y vivan rodeados de esclavos, aunque nieguen la esclavitud, y controlen el negocio del mundo, aunque nieguen ejercer tal control, y sean solo unos cien millones dentro de un mundo poblado por seis mil millones de almas, la ruleta seguirá funcionando hasta sus últimas consecuencias.

Un saludo amigo. ¡Sí, te hablo a ti! Al ése que mira indiferente. Al que se divierte despreocupado. Al que no le importa tirar un papel al suelo, dejar abierto el grifo del agua, utilizar bolsas de plástico, ni gastar menos. Al que opina que todo esto es desmesurado y apocalíptico porque vive subido a horcajadas sobre los demás. Al que caza sin sentido sintiéndose poderoso, al que pesca toneladas de bancos de peces sin buscar solución, al que mata por diversión, al que devora lo que no se debe devorar y sobre todo al que vive en la cima de la vida, y maneja nuestras vidas, creyendo que el desastre del mundo jamás le alcanzará. A ti “ser humano.”

Ten mucho, mucho cuidado, pues a partir de ahora tu tiempo sobre el planeta está realmente en el límite. Está contado. Todo depende de que toques la pieza equivocada. Entonces tu castillo de oro, ese oro que amaste más que a la vida de tus súbditos, que te hizo enloquecer, por el cual cometiste crímenes injustos, sangrientos, y destruiste culturas milenarias, se desmoronará para siempre. Y no se oirán más cánticos de placer y alegría, ni risas, ni el lloro tierno de un bebé, ni se verán más abrazos, ni el beso de unos enamorados, ni se oirá la voz alegre de los jóvenes, ni la brisa del viento al amanecer, ni el sol de un atardecer. No habrá futuro. No habrá nada. Sólo un vacío espeluznante de vasta e ilimitada eternidad...

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.


domingo, octubre 26, 2008

Octubre, A Veces...

A principios de octubre, apiñado entre el desorden floreciente de mi viejo piso, encontré un teléfono perdido. Estaba en un antiguo listín, marqué y se puso Cristina – ex compañera del trabajo – y a quien no veía desde hacía más de diez años.

Resultó ser de “ésos y ésas” a quienes la idea de reencontrarse con el pasado no les desagrada, aunque esté algo vetusto y apolillado. Se puso eufórica y soltó lo que unos cuantos tras años de esforzado marrón, desearíamos decir: “Me va todo excelente.” Primero dudé pero al fin me lancé y le pregunté a qué se dedicaba. Dándose aires de misterio me contó un rollo Macabeo de paquetes de acciones, inmobiliaria, subidas y bajadas de bolsa, y etc. Finalmente me preguntó por mi mujer. Cuando le contesté que no me había casado ni convivía con nadie, pareció dudar, y en plan chistoso opinó que en la oficina hasta las más puestas estaban enamoradas de mí. Le respondí con un agrio: “En la vida todo es posible.” De nuevo me preguntó:
- “Oye. No estabas tú con Vega, la belleza francesa.”
Le dije que aquello duró lo que un par de veranos. Entonces aprovechó para sacar a colación que era casada, divorciada, y de nuevo casada. No perdió el tiempo, dio el siguiente paso y me invitó a un festejo en su casa.

Su casa, o más bien su mansión, estaba en una lujosa urbanización a las afueras. Llegué un atardecer de fin de semana. Lo confieso, de entrada no me asombré. Era el clásico chalé de nuevo rico, de esos que empiezan a surgir aquí y allá en un país en el que al tiempo que se pierde el gusto por el arte, la ley de cohecho parece adquirir una lucrativa relevancia. Su estilo alternaba victoriano con gótico, modernismo y art decó, y un ligero matiz de depravación churrigueresca. En resumen, era lo que suelo llamar: “Pastel.” Me pareció normal y sistemático que metidos en semejantes negocios, a ella y a su marido pudiera irles tan bien, y no me asombró o sí me asombró, encontrar la entrada plagada de limusinas, de esas que se ven en las pelis sobre multimillonarios. Traspasada la puerta tampoco me asombró o sí me asombró, recorrer una avenida cubierta por hojas de plátanos de indias y arces canadienses, que le daban al recorrido una viveza escarlata. Una vez en el jardín me deslumbró encontrar estatuas vivientes. Sobre basas de granito, iluminadas por reflectores de diversas tonalidades, damas desnudas pintadas del color de la escayola posaban imitando esculturas clásicas. Algunas estaban rodeadas de ociosos visitantes, que tras ofrecer unos billetes, obtenían derecho a sobarlas. Dentro, unas escalinatas estilo “lo que el viento se llevó.” Y al fondo de un inmenso salón, echadas sobre almohadones persas o de “Las Mil y una Noches,” estaban ellas. Cristina lucía un aparatoso atuendo oriental, y a su lado con las piernas cruzadas, disfrazada de Cat Woman, hallé la sorpresa. Los ojos de mi ex: Vega, me exploraron casi con el mismo asombro y recelo que yo experimenté hacia ella. Al instante comprendí que había sabido cambiar y reflotarse antes de que nuestro barco se hundiera. Avispada mujer.

Nueva sorpresa. Se presentaron ante mí como matrimonio. Creí que era una broma, nada de eso. Tras un exitoso divorcio con su último marido – había vencido en la vista, me comentó satisfecha Cristina – ella y Vega se habían comprometido, y ahora, colocadas y sonrientes, parecían disfrutar de una segunda juventud potentada, claro está, pues no cesaban de esnifar ralla tras ralla de coca. Y como todo hay que decirlo, convengo que en la vida había visto rular tanta mierda y ostentación, ni siquiera en mis años mozos de “niñato hijoputa.”
Mis pensamientos se interrumpieron ante una interpelación.
- Qué ¿Te sigue gustando?
Era Cristina. Me había tomado del brazo. La miré con incredulidad, pues flaseado como estaba, tardé en comprender. Cuando lo hice poniendo ojos bravucones, puse un dedo en la punta de mi nariz y negando, le dije.
- Quién... ¿Vega? No. Nunca me gustó. Excepto porque tiene un buen polvo.
Se cruzó de brazos, me miró de soslayó, y dijo.
- Ya... Tú eres como los demás. Follar y nada más.
Sonreí y di unas palmadas.
- No, ni siquiera te acercas. Alce la copa, la paseé ante sus ojos, y proseguí.
- Verás. La que me gustaba eras tú. ¿Lo sabías?
- Hum... Pues no.
- Pues sí. Te quería. Me resultabas dulce y tierna así como eras, trabajadora y esforzada. Sí, estaba enamorado de ti. Pero tú ¡ni plim! Siempre pasaste de mí.
- Vaya. Lo siento Edu, lo siento de verdad. Sabes yo...
De pronto su expresión cambió, se ensombreció y tomándome de una mano sin dejar de oprimir, dijo hablándole al aire.
- Algunos atardeceres, cuando regreso del trabajo por el sendero que conduce al chalé, me doy cuenta de que todo se ha teñido de rojo y eso me aterra. Alzó la mirada y por un breve instante vislumbré unos ojos angustiados. Y añadió.
- Hay algo que no me gusta de esta época y de esta nueva vida tan opulenta se dice, ¿verdad?
Sí. Suele decirse...
Bajó la mirada hacia el suelo y musitó una frase que no comprendí, dijo.
- “Octubre a veces es como un baño de podredumbre.”

Nos separamos unos instantes. Al rato, comencé a pasarlo bien. Lo cierto es que como un imberbe caí en la tentación, y en un par de horas estaba narcotizado y reía cual abúlico embriagado. La noche se transformó en madrugada y un buen número de invitados abandonaron la casa.
Quedarían unas quince o veinte personas cuando aparecieron aquellos apuestos caballeros caracterizados de cuatreros del Oeste, un pañuelo cubría sus rostros y les daba una apariencia de misterio. Se encaramaron a la barra, bebieron unos tragos, rompieron varias botellas sobre el mostrador, prorrumpieron en aullidos y comenzaron la interpretación. Disparaban en todas las direcciones, la gente reía a carcajadas. Algunos figurantes que llevaban bolsitas con tinta roja entre la ropa, se dejaban caer como muñecos deslavazados. Estaba sentado entre ambas. Miré a Cristina feliz por el espectáculo y ella me miró con expresión asombrada, su boca se entreabrió y trató de decir algo, pero los ojos se le volvieron y expulsó un hilillo de sangre. Algo pesado se precipitó sobre mis piernas, bajé la vista y encontré la cabeza de Vega o más exactamente su nuca hundida de cara entre mis muslos. Mis pantalones se empaparon, sentí fluir la sangre caliente. Aterrado, volví la mirada a los hombres y comprendí: Disparaban munición real. Era una masacre. No lo pensé, actué. Me tumbé y entremezclé entre los cuerpos de Vega, Cristina, algunos más y aguanté. Transcurrió un intervalo demencial entre gritos, aullidos, súplicas. Se oyó una voz que clamaba.
- “Nadie que esté vivo rebaja a Marcelo Motta a la burla y al desprecio.”
Después, excepto leves quejidos, se hizo el silencio.

Tras media hora o más me incorporé con dificultad mientras gemía de horror al comprobar que todos habían sido asesinados. Todos no, Cristina estaba temblando allí mismo. Gateaba con una pierna ensangrentada. Sentí escalofríos al verla. Crucé los brazos tratando de arroparme, sin saber qué hacer. Y tan sólo pensé en una cosa. Aquel chalé tenía un jardín desmesurado y tratándose de una fiesta, el escándalo ni siquiera habría llamado la atención. Sin pensar más lo hice, la tomé entre mis brazos y comencé a caminar. En instantes discurríamos por la avenida de hojarasca en dirección a la salida, nos topamos con algunos cadáveres desparramados. Y a cada paso que daba tuve más claro el panorama: Debía escapar. ¿Si me pillaba la policía qué haría, qué diría? Nada. Porque yo no sabía nada. Ni siquiera quien era Marcelo. Pero ¿y Cristina? Ella desde luego tenía un problema, aquel hombre debía tener la clave. ¿Tal vez era su ex marido? Eso tampoco importaba, porque la policía aparte de encerrarla, no le iban a resolver sus problemas.
Los de seguridad estaban en el garito, muertos. Llegué hasta mi automóvil y deposité el cuerpo de Cristina en el asiento de atrás. Sin hablar le di un beso. Me miró con ojos atormentados. Arranqué y me alejé.
De pronto me vi avanzando sobre un camino de sangre, y recordé sus palabras, tergiversadas bajo un leve y apocalíptico matiz:

“Octubre es un baño de sangre.”

José Fernández del Vallado. Josef. Oct. 2008.



jueves, octubre 23, 2008

Un Dia de Campo.

Acaba de llover y un musgo verde y brillante cubre las rocas de la pradera. Formando regueros de agua, dispersos sobre el suelo acolchado, brotan diminutos arroyos. El jaral cercano despide un olor enérgico, como la savia que brota de sus hojas pegadizas. Una ligera brisa mece las copas de los árboles y las balancea al compás de un silbido, profundo y bullicioso.
Josemari excitado, grita: 
- ¡Una..! ¡Aquí! 
Juan corre hacia su primo. Josemari tiene a la culebra por la cola, tira de ella y la extrae del charco donde el ofidio en vano trata de refugiarse. Lo arrastra unos metros y lo libera sobre un manto de hierba húmeda. El reptil no huye, se enrolla y les hace frente. Ambos se detienen pasmados. Juan le pregunta a Josemari.
- Estás seguro... ¿Es una culebra de agua? 
Josemari parece dudar. Resopla, y tomando aire de nuevo, sostiene.
- Sí... una acuática. Mira su cabeza, no es triangular.
Juan intenta acercarse, el ofidio produce un bufido. Se retira, junta sus dedos, dibuja un triangulo en el aire, y dice.
- ¿Que no es triangular...? Pues a mí me lo parece.
Josemari se ríe y dice.
- ¡Venga ya... primo! ¿Estás cagado, verdad? Y eso que es una vulgar serpientita. Aquí no hay víboras. Anda, dame el palo. La meteremos en el frasco y verás como nada. 
Con el palo en una de sus manos Josemari se acerca a la serpiente que de pronto, brinca y retrocede. Decidido, él apenas se impresiona. De un movimiento veloz la aprisiona con el opresor y con la otra mano la sujeta por el cuello.
- El bote primo. ¡El bote!
Juan, desconfiado, se acerca con el recipiente abierto y lleno de agua. Josemari la introduce, y de un movimiento preciso, la libera. Con el ofidio dentro cierra la tapa y observa satisfecho, luego se vuelve a Juan y le dice
- ¡Ves! Te lo dije. Es una serpiente de agua. Mira como nada.
- Vaya... La serpientita sabe nadar, reconoce Juan. Y se ríe con nerviosismo.
El atardecer cae sobre el monte. Josemari y Juan regresan a sus casas contentos. A Juan – sus padres son más tolerantes – le toca ocultar el recipiente. Lo deja en una esquina del sótano, cena y se acuesta.

Esa noche, tiene pesadillas. Sueña con serpientes. La pradera donde han cogido al ofidio aparece cubierta de serpientes; y no de cualquier clase. Sino boas constrictor, anacondas, pitones... Se abre paso resbalando entre ellas, esquivándolas como puede, hasta que de repente se encuentra ante él una gran cobra real; tiene una peculiaridad: Es totalmente blanca: albina. Y lo intuye. Es la reina de las serpientes. La cobra le hace frente, se eleva ante él con la boca dilatada, dispuesta a morder. Y cree oírla sisear: ¡Pagarás por tu afrenta!
En instantes se encuentra empuñando una espada de plata, e impulsado por un terror ancestral, secciona la cabeza del reptil. 
Se despierta transpirando, con la garganta reseca. Bebe un vaso de agua y se acuesta de nuevo.

A la mañana siguiente baja al sótano y se encuentra una sorpresa. La serpiente flota en el agua boca arriba. Está muerta.
Minutos después aparece su primo con su hermano mayor, Álvaro. Rápidamente sacan al reptil del tarro. Álvaro curiosea pensativo y les dice.
- ¡Esperarme, ahora vuelvo! 
Cuando regresa, bajo el brazo, lleva un libro sobre fauna. Lo abre y les enseña una foto de un reptil, es exacto. Debajo pone.
“Víbora de Seoane. De vez en cuando les agrada adentrarse en charcos y pequeños arroyos donde encuentran algunos insectos de los cuales se alimentan. Su mordedura puede resultar letal.” 
Juan mira a su primo, y le dice. 
- ¿Ves? Qué te dije. 
Josemari mira a ambos con ojos alucinados. Entre dientes, balbucea un quejido sin articular. De repente se ha puesto lívido, está temblando: Está cagado de verdad. 

José Fernández del Vallado. Oct 2008.


martes, octubre 21, 2008

Arma blanca...

La mujer que había dentro de mí sostenía la hoja afilada, no quería dejarme escapar, deseaba que volviera a aquella carnicería sangrienta. Dominaba mis instintos, mis acciones, pretendía ser más fuerte que yo. Salí de la cocina dando tumbos, llegué hasta el salón. Lo primero que vi tras el periódico fueron sus ojos azules, intensos, clavados en mí. Me arrojé sobre ella gimiendo, la besé con vergüenza y confesé. “Oh Luisa, soy cobarde, no tengo valor, nuestro matrimonio es un fracaso. Debo decírtelo: Soy incapaz de cortar una pechuga de pavo.” No respondió. Temblando le pregunté: “Pedirás el divorcio por esto... ¿verdad?” Bajó el periódico y dijo al fin: “No Ramón. Lo haré yo.”


José Fernández del Vallado. josef. Oct 2008.



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