miércoles, febrero 10, 2010

Horizontes de tranquilidad.



Me gustaba escuchar nueva música. En cambio me molestaba confundirme al teclear. Empecé a abandonar viejas costumbres de Internet, ya apenas chateaba por msn, hasta que conocí a Laila. Entonces experimenté un rejuvenecimiento espiritual y volví a creer que por la web era posible ser franco con las personas.
De Laila me agradaba casi todo. Oír su voz delicada y dulce, ver las fotografías que me hablaban de su belleza, escuchar sus frases cargadas de sentido del humor. En cambio no me convencía cuando me aseguraba que en realidad no era bella y que no se sentía satisfecha con su físico. Me puse a pensar sobre eso. Yo nunca me había encontrado disgustado con mi físico y sin embargo no era un dechado de virtudes. Había personas que le concedían demasiado valor en la vida a su carcasa cuando lo que en realidad merece la pena de nosotros es... No, tampoco nuestro falso carisma; sino la sinceridad con que enfrentemos las cosas. No me embriagaban las personas que hacían del mundo un secreto; el mundo no es un secreto, si acaso la muerte y la vida son lo que realmente embriaga. Pero esas son esencias que nos sobrepasan, naturaleza en sí.

Transcurridos un par de años de estancamiento decidí ir a visitarla, se lo dije, y se asustó. Pero yo ya había tomado el avión y estaba allí. No pudo hacer nada sino recibirme. Todo sucedió muy deprisa, nos enamoramos, en realidad ya estábamos unidos por un lazo de resistencia a prueba de humanidad.
Nos establecimos en una casita de madera junto a un lago amplio y de aguas cristalinas, éramos pobres por fuera pero ricos de espíritu. No tuvimos hijos; nuestros hijos eran los animales que nos rodeaban. En invierno nuestros vecinos humanos se iban y nos quedábamos solos en la cabaña. Arropados junto al fuego leíamos libros sin parar y nos relatábamos historias de duendes y descubrimientos en lugares inexplorados. El invierno era muy duro, aunque no más que la rudeza de nuestras vidas unidas y tal vez solitarias, pero pobladas de aliento y amor.

Cuando nos hicimos viejos el lugar había cambiado bastante. Ahora era un paraje de turismo y había gente que se había trasladado a vivir llevando televisores, radios, autos chirriantes, y toda aquella parafernalia.
Nos costó decidirlo pero al fin, una mañana de invierno, cargamos el trineo y nos pusimos en marcha. Seguiríamos yendo hacia el sur, alejándonos de la naturaleza podrida de la humanidad, acercándonos a la naturaleza pura del planeta.
Cuando el sonido del último motor se desvaneció en la distancia, comprendimos que habíamos alcanzado la barrera de nuestra nueva libertad. Detuvimos el trineo; nos sentamos sobre la nieve y escuchamos latir el sosiego de la subsistencia. Estábamos más vivos que nunca. Comenzamos a construir nuestra cabaña.

José Fernández del Vallado. Febrero. 2010.


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