viernes, febrero 12, 2010

Mi vida está poblada de mujeres que fueron, pudieron ser y…




Hace una tarde fría de enero. Salgo de mi trabajo y tras beber unas cervezas donde Raúl, el peruano, me siento sumergido en una ligera ebriedad. Me despido de él y llamo por teléfono a Londres. La mujer a quien quise y sigo queriendo, aún está allí. Me cuesta entenderme con ella, y más concebir donde se encuentra. Como siempre, con voz cansada me inquiere por qué la llamo y añade, que no sabe cuando vendrá y siquiera si volverá.
Cuelgo y permanezco fijándome en el sutil vaho que impregna mi boca. Parece una tarde tranquila, aunque no demasiado. No, no hay lugar para el sosiego en un atardecer lánguido, impregnado de desamor y desánimo...
Voy dejando manzanas atrás hasta descubrir la entrada de un viejo teatro reconvertido en bar de renombre.

Tras la barra una mulata de rostro agradable sirve las copas. Sin pensarlo me encuentro acomodado en una butaca, cerca de ella.
Se acerca a mí sonriente y me pregunta que deseo tomar. Le pido un cubalibre y le explico que trabajo unas calles más arriba. Me agradan su aroma y sus ojos. Le pregunto si es dominicana, y con orgullo y un acento que no da lugar a equivocaciones, me contesta que así es. Durante unos instantes conversamos sobre su país. Yo estuve allí; en El lago Enriquillo y sus cocodrilos, la celestial playa de Bayahibe, o la locura sin freno de la capital: Santo Domingo...
Miro dentro de sus ojos, estudio su sonrisa y veo a otra mujer. Mi vida está poblada de mujeres que fueron, pudieron ser... y se transformaron en pálidos recuerdos.
No estoy triste; tan sólo algo desolado por esos momentos felices que llueven a cuentagotas.

Pago y dispuesto a irme me levanto de la banqueta. Recorro con la mirada el local sin explicarme qué me atrae de ese lugar. En ese instante ella me explica que finaliza su turno de trabajo, y me propone ir a tomar una copa. Sabe de un buen lugar.
Al cabo de un rato nos encontramos en un karaoke tomando una copa en silencio mientras presenciamos el patético espectáculo.
Algo más tarde beso sus labios dulces y sinceros. Después, le propongo que me acompañe a mi hogar.
A la mañana siguiente despierto y ella no está ¿o nunca llegó?
Los nudillos de los dedos me duelen, no entiendo el porqué. Desayuno, bajo las escaleras, adquiero el periódico y en una breve reseña, descubro:
“Joven mulata asesinada. Estrangulada y degollada en el centro de Madrid.”
A su lado hay una foto. Me suena, pero no reconozco la fisonomía con claridad.
Permanezco frío. Trato de concentrarme y recordar qué pudo suceder a partir de cuando le propuse... Pero mi mente está en blanco; sin duda, la borrachera y sus efectos.
Al atardecer vuelvo temblando al viejo teatro y con alivio compruebo que ella está allí. Me dispongo a saludarla con regocijo, cuando – para mi sorpresa – ella, mirándome con irreverencia, me dice.

— No atendemos a borrachos. ¡Lárgate de aquí!
La miro sin comprender. Mi mente sobrevuela como un torbellino confuso. Por fin digo.
— Pero entonces, ¿y qué de ayer...?
Se cruza de brazos, permanece mirándome con seriedad y pregunta.
— ¿Ayer qué? Y sentencia. — Ayer fue una mierda.—
— ¿No lo pasaste bien...?
Se ríe, se acerca más a mí y me dice.
— Escucha, pelmazo. Lárgate antes de que llame a Luis y Paco y te den una paliza. ¿Está claro?
Salgo furioso de allí. Sin entender voy de bar en bar y me siento mejor, mucho mejor...

A las cuatro de la madrugada me encuentro en la calle, adherido a una pared. Mi mente ha dejado de preocuparme; ahora no soy solo yo, sino un ente que susurra palabras al oído. Mis ojos, inyectados en sangre, divisan a una mulata que pasa a unos metros de mí. En cuestión de segundos la sigo, pese a mi ebriedad me he vuelto sigiloso.
A la vuelta de una esquina la aguardo. Cuando me descubre, se lleva un sobresalto. Trato de calmarla y le explico: No hay razón para temer. Le propongo acompañarla hasta su casa. Incapaz de hablar accede asintiendo con timidez y clara desconfianza. Por el camino voy contando chistes, ella se relaja, se anima y me mira con una sonrisa ¿de recelo? Pero también de sosiego. En un momento determinado advierto nuestro deseo. Reconozco esos ojos. La abrazo con fuerza y la beso. Para mi sorpresa, ella gime y trata de liberarse. Sólo deseo que se tranquilice. Ahora estamos debajo de una iglesia. La llevo tras los contrafuertes y le farfullo que se calle, prosigue alterada. Resollando, miro dentro de sus ojos – estudio su sonrisa y veo a otra mujer –. Entonces lo sé. No es ella. Mi vida está poblada de mujeres que fueron, pudieron ser... y se transformaron en pálidos recuerdos.
Le propongo que venga a mi casa.

A la mañana siguiente despierto y ella no está ¿o nunca llegó?
Los nudillos de los dedos me duelen, no entiendo el porqué. Desayuno, bajo las escaleras, adquiero el periódico y en una breve reseña, descubro:
“Joven mulata asesinada. Estrangulada y degollada en el centro de Madrid.”
A su lado hay una foto. Me suena, pero no reconozco la fisonomía con claridad...
Permanezco frío. Trato de concentrarme y recordar qué sucedió, mi mente está en blanco. De nuevo la borrachera y sus efectos y las absurdas coincidencias. Lo sé. No fui yo...
Al cabo de un rato estoy decidido. Volveré al viejo teatro... Necesito volver a verla. Sin querer hurgo en mis bolsillos y en un trozo de papel encuentro anotado un teléfono, ¿su teléfono? Llamo y pregunto por Dulce. Alguien contesta y dice que Dulce no volverá. La han asesinado me explica hipando muy triste y a continuación me pregunta quien soy. Permanezco en silencio, con el corazón palpitando, y cuelgo el auricular.
Al darme la vuelta lo sé: “Mi vida está poblada de mujeres que fueron, pudieron ser... y se transformaron en pálidos recuerdos...”


José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2010.


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