jueves, febrero 04, 2010

Voracidad.



No tiene ojos, tan sólo protuberancias blanquecinas sobresalen en un cráneo del mismo color.
Recién salido de su estado larvario, se revuelve inquieto en el fondo del contenedor de basura del puerto, un instinto ancestral le revela de forma irrevocable su necesidad de alimentarse. Abriéndose paso mediante uñas como ganchos entre los desperdicios, escala hasta el borde del contenedor, asoma su belfo gelatinoso y ventea.

A media manzana de allí, tras una noche agitada, la joven Lorena Duprés, sin ducharse y desprendiendo todavía un penetrante aroma a sexo, sale del prostíbulo. Cubriéndose los ojos de un repentino rayo de sol, camina de forma alborotada con síntomas de ebriedad y cansancio.

Un pedazo de tela negra cubre apenas unas nalgas que destacan estremeciéndose en voluptuoso balanceo; la cintura del ancho de un caño. Una ajustada camiseta sujeta unos senos a punto de estallar, enardecidos por la febril calidez matutina. Sobre una maraña amarilla destacan unas gafas de sol con una lente rota; trastabilla sobre tacones finos como tacos de billar.

El color de la mañana se torna amarillento cuando pasa bajo el macizo del contenedor. Se detiene un instante y se afana en encender un cigarrillo. Como el látigo de un sátiro, un tentáculo se ciñe a su cintura en instantes, se filtra entre sus piernas y elevándola, la arrastra al interior.

Traspasado el límite de lo razonable algo húmedo se descuelga del contenedor y se posa en el suelo, trastabilla dos o tres veces, se seca la pulpa del cabello y comienza a caminar arreglándose. Satisfecha de su último cliente la hermosa Lorena Duprés camina relajada a su escondrijo. Esa misma noche no tardará en encontrar nuevos “clientes” de los que... alimentarse...

José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2010.


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