domingo, marzo 14, 2010

El Coto.


Años cuarenta, Navahermosa, pueblo una vez republicano, de amaneceres brillantes y serranos, tardes serenas, abotargadas, a cuarenta grados centígrados, noches de espanto y ejecuciones. Una plaza, cuatro calles mal puestas y una iglesia en lo alto de un cerro, dormitan bajo un concierto estridente de chicharras. Crepúsculos teñidos de nostalgia mortecina en escarlata dilapidan sueños aplazados…

Llega un amanecer y los hijos de Antonio claman una vez más de hambre. Navahermosa es ya un lugar maldito, convertido en coto de caza propiedad de un ostentoso marqués. Antonio lo sabe. Si quiere sobrevivir debe dejar de labrar una tierra agotada y trabajar para el señor “feudal.” Hasta ahora se ha negado, pero ya todos están en la faena. Despejar el coto de depredadores que puedan mermar el censo de perdices, tórtolas y faisanes. El lagarto se cobra a un céntimo, la serpiente a dos reales, por el zorro dan veinticinco. Todo depredador, incluida la diosa en las alturas, águila imperial, está señalado por la mano ciega de la muerte.

Antonio sale de madrugada con su hermano. Ambos recorren el coto al acecho de presas. Hurgan en agujeros e introducen un gancho con el que atrapan lagartos y culebras; y cuando los capturan, los decapitan y llevan la cabeza a los guardias civiles como muestra. Muchas veces, con objeto de evitar a sus rivales, hacen noche al raso y estremecidos por mil supersticiones, piden a Dios y a las estrellas por un día mejor que el anterior.

Pasado un año el exterminio resulta efectivo, la competencia feroz, el hambre y la represión, insoportables. Los fines de semana escuchan las fanfarrias y escopetazos del marqués y sus amigos, exhalan el delicioso aroma proveniente del banquete que el señor festeja tras su deslumbrante cacería, se retuercen los dedos y el estómago grita de dolor.

Una tarde, Antonio vaga por las afueras del pueblo y se cruza con uno de los guardias. En una de sus manos el esbirro sostiene un cubo cubierto por hojas de higuera. Alertado por su actitud, se decide a seguirlo. El hombre llega junto a unas zarzas, escarba en la tierra, vierte el contenido y cubre todo cuidadosamente. A cubierto, Antonio registra la operación con creciente interés. Cuando el hombre abandona el escenario corre a ver que se esconde. Desentierra y descubre los sobrantes de la pitanza que el marqués ni siquiera les ofrece.

La idea le viene por sí sola. Sabe como resolver el problema: “Dios es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, abundancia y hambre.” De forma progresiva estudia los movimientos varias veces hasta que un anochecer lluvioso, quizá el menos indicado para acometer su arriesgada empresa, con el regalo de un garrafón, embriaga a los guardias.
Al día siguiente la cabeza del marqués aparece ensartada sobre una pica en el centro de la plaza. Sin marqués, habrá alimento para todos.


José fernández del Vallado. josef. marzo, 2010.

martes, marzo 09, 2010

¡حرية! ¡Libertad!



Yo Said Taled Cheikh volvía a ser libre. Tras desertar del pelotón de fusilamiento, agotado y sin cesar de jadear, corría de forma desesperada por el monte. Cuanta más tierra pusiera por medio entre ellos y yo, mejor. Estaba seguro de lo que mis compañeros magrebíes me harían si me encontraban. Me castrarían, me cortarían las orejas, me sacarían los ojos y la lengua, y luego, una vez vejado y malherido, me dejarían morir lentamente en soledad. Había roto el código de honor, pero estaba harto, la guerra había acabado hacía no mucho y estaba cansado de fusilar a inocentes todas las madrugadas. Los rostros aterrados, llorosos, firmes, incrédulos, de aquellos a quienes asesinaba, desfilaban ante mí a todas horas. Y, además, lo había comprendido y descubierto en los ojos y en la actitud de quienes nos mandaban. Para los falangistas los magrebíes éramos seres inferiores: “Moros,” nos llamaban. Nos estaba vedado gozar de lujos y placeres, y cuando todo acabara, seríamos olvidados, rebajados y devueltos a nuestra pobreza con apenas una insignia de hojalata en el pecho, lo cual no alimentaría a nuestras familias.

Lo comprendí demasiado tarde. Mi única esperanza de salir vivo de aquel infierno era volver a mi tierra. A partir del instante en que tomé la decisión de escapar me convertí en enemigo de todos.
Si la Guardia Civil me sorprendía me tomarían por espía, y aparte de interrogarme, en cuanto tuvieran la certeza de que era un moro extraviado, no tardarían en aliviar mi situación mediante un cordial tiro de gracia. De todas formas sería una forma mucho más apacible de acabar que la que mis compañeros me reservaban.

Pasé la primera noche merodeando por aquella sierra inhóspita del sur.
Sabía que estaba al sur de aquel país porque hacía tres años habíamos entrado bajo las órdenes del General Queipo de Llano en la ciudad sublevada de Sevilla. Luego, nos habíamos dirigido hacia Granada, donde a cierta distancia y sin siquiera poner los pies, presencié la maravillosa belleza de la Alhambra, la fortaleza y el palacio que los cristianos arrebataron a mis antepasados.

Apenas sabía español pero me bastó comenzar a entender sus conversaciones y averigüé que para nosotros no habría descanso, ni relevos, ni una feliz vuelta a casa. Nos conducían hacia el norte y esperaban que diéramos de si todo lo que una bestia puede aguantar, hasta reventar y morir sin una sola bendición y una honorable jinaza (entierro).
A todas horas recordaba la mirada triste de Alena, mi mujer, cuando le revelé que me marchaba a luchar al otro lado del mar. Iba a ser un hombre de honor, le dije, y le aseguré que volvería con el dinero suficiente para comprar camellos y un magnífico Dar (hogar). Se quedó con Soraya y Yussef, llorando a sus pies, sin siquiera atreverse o sentirse capaces de echar a correr hacia mí y abrazarme del miedo que les inspiraron los hombres armados que vinieron a reclutarme.

Y, ahora, estaba allí, perdido en la Sierra de Granada, a merced de los lobos y seguramente perseguido por mis hermanos, los rastreadores alauitas.
Aunque quizá tuviera una probabilidad si lograba llegar a la costa. Afortunadamente todavía llevaba conmigo mis dos salvoconductos de vida: mi fusil de cerrojo, y unos prismáticos que justo antes de mi huída había arrebatado al capitán de nuestro regimiento, Rodrigo Alcazar. Un español presuntuoso y amargado; ya que su deseo había consistido siempre en estar al frente de un regimiento de patriotas nacionales, y en cambio le habían cedido el mando de aquel “infecto pelotón de basura africana.” Así nos denominaba. No le importaban nuestros problemas ni las bajas que tuviéramos. La disciplina debía de ser acatada de forma tajante, para quien incumpliera las normas le aguardaba el calabozo o el degüello. Ya que para un miserable “moro”, ni siquiera cabía el honor de despilfarrar una bala que atajara el suplicio de una muerte deshonrosa.

Caminé toda la noche primero ascendiendo la montaña, luego, descendiendo.
Apenas eran las siete de la madrugada, el sol empezó a despuntar y pude ver el mar. Descansaba oculto tras la holgura de una roca cuando un rumor me despertó. En silencio me di la vuelta y con precaución ojeé. Allí estaban. Eran Ahmed, Khalid y Rachid. Lo sospechaba, correr ante tres atletas consumados como ellos, resultaba inútil. Eran listos y sabían que yo estaba cerca. Levantaron los brazos y expresaron su deseo de hablar y conocer mis razones.
Al cabo de unos instantes estábamos los cuatro en cuclillas. Adiviné sus intenciones cuando los tuve delante. Sus ojos negros y brillantes me escrutaban con recelo. Se habían acercado como compañeros y amigos pero eran hienas al acecho de su presa.
Ahmed me preguntó.
— ¿Por qué lo has hecho? ¿No estabas bien con nosotros?
Hice una mueca de malestar y sin dejar de mirarlo a los ojos – cosa que no debía olvidar hacer un solo instante – respondí.
— Ya no somos nosotros. Ahora son ellos, nuestros supuestos amigos cristianos, quienes deciden a quienes hay que asesinar. Y yo no estoy de acuerdo con esos crímenes. Matamos a mujeres, a niños, a gente inocente.
— Matamos a quien hay que matar. Son todos impuros, no lo olvides. Muchos ni siquiera creen en Dios, subrayó Khalid.
— Me da igual en quien crean y si no creen. Yo no mato a mujeres y no obedezco órdenes de ese bastardo yihil (bobo).
Rachid se rascó la cabeza. Tenía pulgas. Todos teníamos pulgas y estábamos sucios. Abrió su boca sin dientes – se los había roto al caerse de un potro salvaje que trató de domar – y con su voz invadida por sílabas huecas, murmuró.
— Tal vez no sea un yihil como supones, supo hacía donde te dirigías sin pensarlo.
Sonreí. Hasta un bobo podía adivinar que mi única oportunidad radicaba en alcanzar el mar.
— Y vosotros... ¿Seguís sin saber a donde voy? Les pregunté.
Sonrieron con amargura y envidia, y preguntaron.
— ¿Eres capaz de volver a casa sin medallas, sin honor?
Hice un gesto de angustia mientras garabateaba con un palo en el suelo y contesté preguntando.
— ¿Acaso encontráis honor en lo que hacemos? ¿Asesinar a inocentes?
Hubo un silencio en el que se mascó la tensión.
Alguien, no sé quien, rompió el silencio.
— Eres peor que un bastardo, escuché. Y prosiguió. Eres un hombre sin fe.
Lo supe. Después de aquellas palabras no había vuelta atrás. Eran el aliento de odio, la provocación para dar comienzo a la agresión.
Khalid estaba más cerca. De un movimiento veloz atravesé su estómago con la bayoneta. Pero ellos eran dos, bien armados y muy rápidos. Cuando intenté hacer el siguiente movimiento recibí el mazazo en la cabeza.

Desperté y me encontré tendido en el suelo atado y con la boca tapada o más bien rellena con un retazo de tela. Un sol radiante se proyectaba a plomo sobre mi cuerpo; mis párpados ardían, mis ojos lagrimeaban. Oí una tos agitada y sobre mí, con la bayoneta ardiendo al rojo, se proyectó la figura de Ahmed.
— ¡Traidor! ¡Asesino! ¡Vas a morir muy despacio! Me dijo.
Me di cuenta de repente. No veía a Rachid. Probablemente estaba alerta y vigilante de que nadie nos descubriera y estropeara mi suplicio.
Aplicó la bayoneta a mi oreja, unos disparos rápidos y seguidos rasgaron el silencio de la mañana. De pronto tenía el cuerpo pesado de Ahmed sobre mí. Pasaron unos minutos, oí pasos acercándose, el sol me alumbró de nuevo y distinguí sus figuras. Eran dos hombres barbudos; supe quienes eran. Se trataba de excombatientes del ejército republicano que se habían echado a las montañas para seguir luchando por su causa. Maquis, los llamaban. Me apuntaron con las metralletas, uno sacó un puñal. Pensé que me iban a asesinar. Sin dejar de observarme fijamente cortó mis ligaduras, luego señaló hacia el mar y me preguntó.
— ¿Me entiendes?
Asentí. Y prosiguió
— ¡Ves! Allí abajo está Motril. Espera al anochecer y bajas. Cuando llegues, no hables con nadie. Vete a la playa y verás un bar. Lo dirige Mohammed, uno de los tuyos. Le dices que vas de parte de Julio, “El Mañas.” Si lo que quieres, según creo, es volver a Marruecos, él puede ayudarte.
Volví a asentir. Me dieron la mano y se marcharon.

Han pasado horas desde que los maquis y Dios me salvaron de una muerte terrible. Y no me mintieron. Yo Said Taled Cheikh navego hacia Marruecos. Ahora, por fin de verdad ¡vuelvo a ser libre..!

José Fernández del Vallado. Josef, Marzo 2010.


viernes, marzo 05, 2010

Viaje Accidentado.


Todavía lo recuerdo, apenas era un niño de doce o trece años, pero no lo he olvidado; mi padre era un déspota.
Nací y crecí con el miedo a sus palizas. Nos pegaba con lo que tenía más a mano; unas veces la cubierta de un libro, otras un palo, un zapato, la mayoría se desabrochaba el cinturón y nos calentaba de lo lindo. No hacía falta hacer gran cosa para que su cólera se desatara. Ahora me doy cuenta, sus iras y frustraciones del trabajo recaían sobre nosotros. Todavía lo veo, allí, sentado en la cabecera de la mesa, presidiendo un silencio sepulcral, y a su lado, sobre la mesa, los pedazos del cenicero de cerámica que en nuestras alocadas carreras habíamos reventado mi hermano y yo.

Pero en el fondo no era malo de verdad, solo descontrolado y algo brutal; por desgracia, algunos hombres son así. Parece ser que nos portamos lo suficientemente bien, porque aquel, mi único verano treceañero, decidió llevarnos a un viaje en velero por el Egeo. Supongo que se lo financiaba un laboratorio (mi padre era doctor) porque si no, no sé cómo debió costear semejante despilfarro.

Tras seis horas de vuelo, escala en Roma, y un accidentado viaje en autobús bordeando las colinas del Peloponeso, estábamos allí. Cinco personas en un velero de nueve metros de eslora. Mis padres, nuestro tío Luis, por cierto – algo tirano también, – yo y mi hermano Gregorio, ambos muy nerviosos, revolviéndolo todo.
La cuestión radicaba en saber ¿quién manejaba el velero? Porque mis padres de vela ni plim; en cuanto a mi tío... mejor no hablar: Lo suyo no era realizar esfuerzos físicos. Y encima nuestro guía era un inglés de lo más inglés, de los del “yu spik inglis?” Nadie hablaba un penoso fragmento de ese idioma, y verlos a cada uno tratando de hacerse entender parecía una escena sacada de “La construcción de la Torre de Babel.”
En un par de horas dio la impresión de que mi tío y mi padre entendieron lo que el anglosajón de marras les dijo, arrancaron el motor y salimos. Todavía no recuerdo como nos apañamos para salir a alta mar sin tener ni idea aquella primera vez; pero con gran valor y todo el descaro del mundo, lo conseguimos.

Luego, una vez fuera del puerto, alguien dio orden de izar “la vela al tercio y el foque.” Permanecí paralizado, no tenía idea sobre qué diablos podía ser eso; hasta que mi madre matizó que eran las únicas dos velas que tenía el barquito, y por primera vez sin tener ni idea, me encontré convertido en marinero o grumete, que quizá sea más adecuado dado mi status marinero.
Descubrí que a mi hermano se le daba bien lo de “las velas”, casi todo lo hizo él. Las desplegamos, apagamos el motor y esperamos a que el viento soplara. Pero el viento no sopló. No había una leve pizca de brisa. Yo no tenía idea, pero sugerí que arrancáramos de nuevo. Entonces mi padre se enfureció y se empeñó en que el barco avanzaba cuando apenas se movía a más de cinco centímetros por hora. Mi tío puso los ojos en blanco y ahí empezaron una airada discordia. Mi hermano se puso a pescar y al cabo de un rato estábamos todos, sofocados del calor, pero comiendo pescadito.
Creo que fue hacia las cuatro de la tarde cuando nuestro padre aceptó volver a la realidad: La calma chicha existía. De modo que recogimos las velas, arrancamos el motor y en apenas una hora entrábamos en el puerto de destino. Como es natural los otros seis barcos que nos acompañaban ya estaban todos amarrados y el inglés – ocultando su piel blanca de lechón bajo un gorrito de ala ancha – esperaba sin poder disimular su semblante de cabreo. Pero atracamos bien. Creo que porque ni siquiera fuimos conscientes de que atracábamos.

Los días siguientes la cosa fue mejorando; me refiero a nuestra forma de navegar, no a nuestras relaciones personales. Nuestro tío era otro déspota. Pero no nos pegaba, creo que si tuviera licencia lo haría, en cambio nos insultaba manejando un abecedario rico en palabrotas. Había que verlo deshogándose por las mañanas cuando al bajar de nuestros camastros, sin querer, pisábamos sus pezuñas: ¡Joputas, cabrones, niñatos de mierda! Y etc.... Nuestros papás dormían en el camarote de proa y francamente no sé como resistían. Aquello era un auténtico horno. Por fortuna nosotros estábamos cerca de la escotilla de salida, y a veces, en contadas ocasiones, disfrutábamos de una leve y reponedora brisa.

Cierta noche fondeamos en una isla, junto a una playa preciosa. No sé como mis padres congeniaron con unos belgas chalados, el caso es que se entendieron tanto y tan bien que acabaron todos borrachos saltando por la borda vestidos. Lo cual a mi hermano y a mí nos entusiasmó de tal forma que cuando mi padre subió mi hermano Gregorio, que era bastante temerario, tuvo la ocurrencia de pillarlo desprevenido en el bordillo, y empujándolo por la espalda, lo echó de nuevo al agua. Hay que ver la cara de asesino que llevaba mi padre cuando volvió a subir de nuevo. Y todo delante de los belgas que de las risas pasaron a un silencio despavorido. Aquella vez mi padre se tuvo que aguantar las ganas de propinar un severo correctivo a mi hermano, y de forma forzada, un tanto histérica, recuperó su sonrisa de buen hombre.

Hasta entonces habíamos atracado en los puertos más o menos, de forma correcta. Los verdaderos problemas empezaron en cuanto a mi padre le dio por dar lecciones de atraque.
No recuerdo en qué puerto de qué latosa isla sucedió. La cuestión; fue el no va mas en cuanto atraques. Y encima había gente. ¡El puerto era como un hormiguero de hormigas paralizadas observándonos con inquietante curiosidad! Lo cierto es que, al menos yo y mi hermano, nos sentimos un poco como el blanco de la crítica marinera; mi padre creo que también, pues se dispuso a demostrar su gran genialidad.
Recuerdo que estábamos todavía algo así como por el centro del puerto cuando decidió que echáramos el ancla. Ninguno, ni siquiera mi tío, estábamos seguros de su decisión, pero sus órdenes, bajo pena de aguantar su pataleta o recibir un bofetón, eran sagradas como la Biblia. Le hicimos caso. A continuación, otra de sus agudezas – nadie sabe de dónde sacó aquello de la cuenta atrás – y creo que el despegue de un cohete tiene poco que ver con el amarre de un barco. De pronto su voz resonaba por encima del estruendo del motor mientras contaba o descontaba: Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco... Le advertimos, alguien le advirtió, que pusiera el motor en marcha atrás, pues, de forma recta y precisa, íbamos a estamparnos contra el malecón, donde inquieto, pero con mirada implacable, aguardaba Neison el británico.

La maniobra fue maestra. Entre gritos excitados y el temor de estrellarnos mi padre cambió a marcha atrás. Mientras tanto el barco redujo su velocidad y fue acercándose de forma delicada hacia el malecón. Estaría a un metro cuando detuvo el motor. En ese instante, confiado, Neison agarró el barco por la proa. Como sincronizada, en ese momento la cuerda del ancla alcanzó su longitud, con lo cual el velero se detuvo a un metro exacto de la escollera, dejando al inglés con los pies en tierra y los brazos estirados sobre la barandilla de proa, farfullando exabruptos en su idioma. En eso a mi padre no se le ocurrió mejor idea que meter de nuevo la marcha atrás, con lo cual el barco se alejó y el inglés quedó colgando de proa. Pero como era un hombre atlético, tras un esfuerzo logró trepar a cubierta. Llegó hasta la posición de mi padre y blasfemando como un león enfurecido, lo apartó de un empujón y logró atracarnos ante la diversión de un público que acababa de presenciar un espectáculo gratis.

Si mi padre estaba colorado por la vergüenza, a su lado el inglés, parecía un tomate maduro.
Lo miró de forma azorada, y le dijo.
“¡Zank yu!”
A lo cual el inglés le respondió.
“¡Fok yu!”
Y ahí finalizó su primer capítulo de amistosa relación con el mundo anglosajón.
El resto del viaje fue pan comido.


José Fernández del Vallado. josef, marzo 2010.


jueves, marzo 04, 2010

Camino despacio.


Camino despacio, sigo el ritmo de sus pasos, algo se alborota en mi cabeza. ¿El vino?
La tarde cae sobre el pueblo, proyecta sombras alargadas. Es curioso, sé donde estoy en cambio no donde me encuentro. Todo comenzó a cambiar hace unas horas, cuando ella todavía era Cecilia y yo no sabía que existía. Ahora es ya mucho más. Ha crecido hasta hacerse grande en mi interior; lo domina, puede abrazarlo...
¿La tomé yo de la mano o fue ella? ¿Cuando sucedió...? Desearía una respuesta, pero a pesar de estar rodeados de “gente,” no hay nadie más entre nosotros. El mundo se reduce a dos personas.
Exploramos recintos alumbrados por tenues bombillas. Pedimos chatos de tinto, sabe tibio y baja fresco en la garganta. Todo, cualquier gesto que hacemos, la más mínima mueca o sonrisa, es por primera y última vez.
Hoy, todavía estoy con ella, la beso y recuerdo su beso. Un beso entre un millón. Pagaría por volverlo a repetir. No... No hay dinero capaz de comprar beso semejante, excepto si se trata de un beso taimado, el beso de Judas...
Todo presagia ser el final de un bello cuento apenas comenzado.
El autobús aguarda para recogernos, el sonido seco de las puertas metálicas cerrándose a nuestro paso.
Pero... no estoy dispuesto. Quiero fundar una choza, un rincón, un lugar ¡lo que sea! Aquí, junto a ella. En el espacio donde permanecemos horas felices, sin más preocupación que la de superponer nuestras miradas e intercambiar besos ociosos.
No quiero perderla, nunca lo quise...
Pero la vida fluye en una sola dirección y los amores desfilan igual que bellos paisajes. A veces, te rozan casi de refilón, otras, te estampas contra la tela y la atraviesas sin siquiera dejar una pincelada de calor o color; sin siquiera darte cuenta de qué textura estaba formado el cuadro que intentaste componer...
No quiero perderla, nunca lo quise...
La marejada llegó y un oleaje imprevisto se la llevó a seguir viviendo, lejos...
Así es la realidad, y hay que aceptarla. La vida no es un casete, y no se rebobina.

José Fernández del Vallado. Josef, marzo 2010.


miércoles, marzo 03, 2010

Concierto.




Las volutas de humo se elevan sobre la muchedumbre apiñada junto al escenario. En el recinto no cabe una pluma. Aguardé “décadas” – igual que el título de una de sus míticas y especiales canciones sugiere – para verlos en directo. Solventar su entrada me costó desembarazarme de vinilos apreciados, pero en el fondo lo sé, ha merecido la pena.
Aromas: a plástico nylon y perfumes, en ocasiones, desagradables. Sabores: a cerveza, chicle y hachís. ¡Mucho calor!, y la emoción contenida.

Pocas palabras antes de comenzar. Todo está dicho.
El escenario ejerce de imán; nadie es capaz de apartar la vista un instante.
Se escucha un murmullo de júbilo, se corre el telón y se difuminan sombras rojas, verdes, amarillas y blancas, como mil amaneceres.

El foco se centra sobre Ian y allí están: ¡Joy Division en directo!
Jamás tuve la oportunidad de verlos hasta hoy ¿he llegado tarde?

Ian Curtis, el cantante, se suicidó el 18 de mayo de 1980 y el grupo se separó
Han pasado treinta años y sigue estando vigente entre nosotros y ante mí. Tan vivo, ácido y seco, pero magistral como siempre.
Abre con el Love will tear us Apart, la canción que escucháis. Después vendrán: Transsmision, she´s lost control, Isolation, y para finalizar el maravilloso Twenty Four Hours.

Fue un grupo especial. Abrió puertas hacia un nuevo estilo de música. Muchos intentaron imitarlo, sin obtener resultado.
Bueno, más vale tarde que nunca. Hoy su alma está aquí, con nosotros...

Un abrazo.

José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2010.


lunes, marzo 01, 2010

El brillo de la esperanza.



En el interior de la celda se está bien. Han pasado semanas o meses. No, no sé por qué estoy aquí, apenas puedo recordar nada excepto la piel trémula y blanca de Janka. ¿Dónde está ella? No he vuelto a verla desde que los señores de las batas me la arrebataron y me metieron aquí. Ahora son ellos quienes dirigen mi vida, quienes deciden que pastillas debo tomar, que sueños o pesadillas padeceré...

No puedo entenderlo; mi vida sin ellos no tendría sentido. Me sacan al pasillo, me acomodan junto a la ventana y desde allí, desde allí puedo ver un prado verde, a veces es un verde que raya en lo obsceno, un verde insoportable, otras, su claridad se acomoda a mis pupilas y puedo ver que ya no hay blindados, que ya no hay maldad, que no necesito seguir en tensión con el kalashnikov esperando a salir de la nieve roja por la sangre coagulada y volver a atacar y destruir al enemigo, a un enemigo que ya ¿no existe? O se ha aliado con el Diáblo...

En cuanto a Janka, sé que ella está allí, esperándome mientras llora su tristeza por no poder verme. No, no puedo salir de la carcasa que doblega mi voluntad a capricho. Yo era un hombre feliz, orgulloso de mi pedazo de tierra, mi jardín era igual que esa pradera a la que tanto deseo salir, oraba mis cinco plegarias al día, mirando siempre a la meca y creía en la yihad... ¿Creía en la yihad? En cambio ahora, mi mente está lejos de lograr siquiera esa posibilidad, Dios ha dejado de comunicarse conmigo y ni siquiera me permitirá descansar en el paraíso...

Y sin embargo, aún puedo oírla; tararea la melodía que más le gustaba mientras trabajaba en el campo. Una bella melodía de Souad Massi, dice así:

“En tu mente somos jóvenes
Cuéntanos sobre el cielo y el infierno
Sobre el ave que nunca voló en su vida
Nos hacen comprender el significado del mundo
Nos dejan en el mundo del Érase una vez...”

Cuando la mina estalló no pude hacer nada sino tratar de recoger sus pedazos y empezar a llorar... luego dejé de matar, dejé de comer, dejé de vivir... un día desperté y creí que estaba muerto, todo era blanco, ¿era aquello el paraíso? ¿Existe el paraíso después de vivir un infierno?

Tal vez...

Tarika vino a verme y empezó a cuidar de mí a partir del segundo año. Para mí dejaron de existir las demás personas, si había hombres y esperanzas en el mundo, porque no había o para mí no existían.
Ahora vivo con una esperanza, al menos una, volver a ver a Tarika entrar en mi celda tomarme del brazo y sacarme a ese prado verde intenso por el cual caminamos en silencio pero con el corazón palpitando, lleno de vida de nuevo. Nos detenemos miro en sus ojos y pienso que tal vez exista una posibilidad de renacer a otra vida donde no haya conflictos ni muerte, donde no hablen las balas en lugar de las lenguas y donde las lenguas se unan en un abrazo sin límites para siempre jamás...
He empezado a creer de nuevo, antes creía en la lucha, en el poder de la fuerza; ahora, en cambio, creo en la vida.

José Fernández del Vallado. Joséf. Marzo 2010.


Post más visto

Otra lista de blogs