sábado, enero 31, 2009

Cambio de Orden.



Salí esa mañana temparno, mi objetivo, visitar localidades y descubrir sus posibilidades comerciales.
Manejaba por parajes desérticos y un olor a podredumbre colmaba el espacio que mi cuerpo traspasaba igual que una daga hiende telas de araña. Hacía tiempo que dejé la ciudad y me chocaba no ver un alma, ni hombres con corazones desgarrados, ni monstruos aberrantes. Era un mundo vacío. ¿Y... Lisa?

“Pensaba en sus labios
igual que caricias eternas
de virtud dilatada por un volcán que eyacula
locuras de amor y belleza...”


La carretera descendió y se internó en una enorme explanada. Tuve un presentimiento ¿habría dejado de amarme? Debía ir a más de ochenta y sucedió. El coche derrapó y se detuvo atrapado en la arena. Salí en silencio y comprendí, no iría más lejos. Me subí al capó y angustiado contemplé un erial estéril. Permanecí así hasta que me decidí a caminar. Subí una colina y cual fue mi sorpresa al divisar una diminuta población. Las casas eran de dos pisos, las avenidas estrechas y en medio había árboles secos. Me dirigí a una y llamé. Me abrió un hombre, aparentaba cuarenta. Era frágil e insólito.
Simulando control –dirigiéndome a él – le pregunté por el alcalde. Me respondió.
- Bienvenido. Soy el alcalde y el pueblo.
Aturdido, sólo acerté a preguntar.
- ¿Dónde... estoy?
Me estudió. Me invitó a salir y a sentarme en la acera – no había bancos – y comenzó.
- Verá usted. Lo que va a oír quizá le asombre pero... ha habido cambios sustanciales en el formato “Cielo, Tierra, Averno.”
- ¿¡Qué...!?
- Para empezar – dijo avergonzado – el Cielo y la Tierra han desaparecido, por eso usted anda algo desorientado. Continuó.
- En cuanto al infierno. Sí, es cierto. Antes era esto...
Efectuó un amplio giro con un brazo.
- Pero... resultó ser que tanto el Señor “Lucifer” como el Señor “Altísimo” empezaron a pasarlo mal...
- ¿¡A qué se refiere...!? Articulé.
- La Tierra los incomodaba.
- Los...
- Pues si. Verá usted. ¡Los ponía en evidencia!
- Ah... Y eso...
- Imagine usted una Tierra que resulta mil veces peor que un Infierno y un Infierno mejor que un Cielo que fracasa.
Estaba boquiabierto.
- Lucifer y el Altísimo se pusieron de acuerdo e hicieron intercambio.
- Pero...
- Lucifer tomó posesión de la Tierra y la convirtió en un Infierno.
- ¡OH!
- En cuanto al Altísimo es decir: “Yo Dios Todopoderoso” hice de este lugar mi Edén particular.
- ¡Hosti…! ¡Usted es...!
- Sí... yo.
Me tendió la mano y dijo.
- Su ficha está impoluta de crímenes.
- No, claro, sí. Digo... No hago de eso...
- ¡Ni uno en treinta años! Felicitaciones.
- Gracias.
- Por ello se le dejó entrar.
- Y ahora ¿qué?
- Se le permite quedarse.
- Estoy solo... Tengo el coche averiado.
Sonrió y dijo.
- No se preocupe, lo arreglaré. No olvide quien soy. Quédese aquí y vigile. ¡Dejo el Cielo… el Edén en sus manos!
No volví a verlo. Hoy sé una cosa:
“Lo terrible en cuanto a Dios, es que no se sabe nunca si es un truco del diablo.”

José Fernández del vallado ene 2009.

martes, enero 20, 2009

Ser una estrella.

Habían sido años de preparación para volver a intentarlo. Recordé a Marina. En la primera ocasión ella estuvo conmigo y casi lo logramos, pero fracasamos. En cambio, la noche que regresamos, agotados pero felices, en el hotel, conseguimos algo muy importante: Llegar a la cima del amor, y allí la dejé..., suspendida. Me volví sobre la cama y soñé con el volcán. A la mañana siguiente ella no estaba. En su lugar una nota decía:
“No hay por qué obsesionarse con el fracaso. Un beso”

No la entendí, o fue al revés. Ella no comprendió que yo amaba tanto o más que a ella a la montaña. De aquella fuerza de la naturaleza me enloquecía su frívola desproporción con el hombre, su imprevisibilidad, su dominio, su fortaleza, pero sobre todo su obscena sensualidad y frialdad. Pasé meses en su falda, adivinando lo que nunca veía: Aquella cima apuntalada como un pezón afilado. Cómo sería pisarla, qué habría en el interior de su cráter, y qué me transmitiría cuando llegara. Lo presentía. El volcán haría derramarse mi cuerpo en un edén de sensaciones.

Cierto día conocí a un par de hermanos suizos, me animaron a formar cordada con ellos, pretendían filmar la escalada. Acepté, y lo intentamos de nuevo. Salimos sin dar parte a las autoridades de la iniciativa, pues queríamos sorprender a la prensa y al mundo. Los sorprendidos fuimos nosotros. A tres mil quinientos metros nos inmovilizó una violenta ventisca. Permanecí en la montaña cerca de tres semanas, sin provisiones, con temperaturas de veinte grados bajo cero y los cadáveres de los hermanos a mí lado. Murieron de noche, enterrados por un alud. Yo tenía mi propia tienda que dispuse a unos metros de la suya; que no pereciera con ellos fue pura cuestión de suerte. Desenterrarlos supuso un esfuerzo, tenía el piolet afilado, la decisión, y por supuesto la fuerza, de mi lado. Jan murió al instante, Basil todavía vivía, pero tenía la cadera y la espalda fracturadas. Aterrado, no cesaba de gemir suplicando por su vida. Tras mantenerlo dos días en estado de agonía opté por abrirle la garganta de un tajo; falleció gorgoteando a mis pies.

En la gruta que hallé se estaba bien, excepto por el frío. Cada día nuevas sensaciones me embargaban, como descubrir que un par de dedos del pie se me habían congelado, los cercené con la navaja multiusos mientras me filmaba, vendarme no fue difícil. Sin duda ver la película “¡Viven!,” me resultó útil e incluso, alentador. Cuando comí carne humana ya lo tenía asumido: “Con el proyector de vídeo en buen estado, mi historia daría para rodar un excelente metraje de suspense y supervivencia.” Por ello, supe también una cosa; no moriría, llegaría a la cima. Iba a filmar y narrar mi aventura.

Al fin pareció despejar. Me deshice de los cuerpos y con aliento renovado proseguí mi camino. Tardé dos días, tomando tomas breves, en alcanzar la cota de los cinco mil ochocientos y ahora estaba allí, a cien metros del cráter, iba a culminar. Caminaba deprisa, anteponiendo un pie al otro con una energía desconocida. Los crampones se fijaban a la nieve, resollaba pero no me detenía, debía llegar a la cima antes que anocheciera. De pronto me pregunté. ¿Y si culminaba y allí no encontraba nada que mereciera la pena? ¿Y si aquel volcán no era más que una absurda estafa de la naturaleza? Entonces me entró el pánico, pues todo el montaje y mi película no servirían y jamás tendría éxito. Cuando quise darme cuenta apenas estaba a quince metros de la cima. Me detuve temblando y maldiciendo. ¡Lo sabía! Si el final de la cinta era vulgar y previsible, la película carecería de interés y sería un fracaso. Había que crear un revulsivo de un atractivo y estética inesperados. La idea brotó de mi cerebro con brillante claridad. Ante un final así nadie podría sentirse defraudado. Me propuse marcar con profundidad en la nieve veinte pasos, los veinte pasos del final. Con solemne rotundidad cubrí la distancia enumerándolos de uno en uno, de esa forma se oirían con nitidez en el micro, cuando llegué suspiré emocionado. Dejé caer el piolet y profiriendo una exclamación profunda y desgarrada de victoria, me arrojé sobre la nieve; un dolor mordió mi tórax, un alarido salvaje surgió de mis entrañas y ardí como las llamas de un infierno. Me di cuenta entonces, de forma chapucera y despreocupada, había ido a caer sobre el filo del utensilio que emergía sobre la nieve. La punta atravesaba mi pecho y me empalaba de través. De entrada me asusté y permanecí mudo de asombro y dolor pero, mientras me extinguía, lo comprendí. ¡Era la obra de un maestro! Iba a fallecer culminada la ascensión. Arrastrándome, tomé la cámara y me filmé atravesado por el piolet, sangraba por la boca y vomitaba sangre, y todo, sin cesar de sostener mi sonrisa triunfadora. Ahora sí estaba completo el rodaje. Cuando encontraran la cámara sería un éxito. Sin apenas poner los pies en la cima, iba a ser una estrella. Fallecí con una sonrisa entre dientes, reflejo de mi categórico estado de euforia.

José Fernández del Vallado. Josef. Ene 2009.

sábado, enero 17, 2009

Nieve.


Nieve, navegas en el aire
como la espuma en el mar.
Impregnando de negra blancura
un paisaje teñido en claroscuro.

Anulando las esporas
de mi mente,
las desnudas de silencio
e inundas con lágrimas
de cristal frío y dorado,
mi corazón.

Inútiles siento mis miembros,
si quiero alcanzar esa nube,
que difumina tu aliento
de procaz sensualidad.

Nieve, me pierdo en tu boca,
efusiones de lirio,
azules cabellos de ensueño...

Pienso en tus labios
igual que si fueran caricias eternas
de virtud dilatada
por un volcán que eyacula
locuras de amor y belleza
como tiernos vuelcos de pasión.

Nieve, a veces no hay aire,
sólo blancura que ciega
la cordura
y la envuelve en un manto
de sopor delicado
desbaratado y errante.

Pendiendo entre copos
la sangre y el alma
se insertan en el envés de la flor,

y la belleza de tus ojos
vestidos de azul
ocultan una existencia
de amor dolor y clamor,
bajo el perfil de una tibia
y sabia blancura y la opacan,
tras una nieve interna,
eterna y sin fin.

Y para siempre te amo
Nieve, a ti... Nieve a ti.

No me abandones
en el camino,
tendido de través,
donde tal vez
te descubrí, desarmado.

No soy yo sin tu aliento
sino un cuerpo vacío
que pende de la sonrisa
que una vez desbordó mi vida

de blancura sosegada.

Cierro mis ojos, abro la boca
consiento a tu apéndice
asfixiar mis sentidos de ausencia,
y a mi mente
derramar las esporas de aliento sobrante
y tallar un desgarro de amor en la nieve...
¡Nieve...!



José Fernández del Vallado. Josef. Ene 2009.

jueves, enero 15, 2009

Ausencia…

Hacía un atardecer tormentoso, un viento racheado agrietaba los labios en mi semblante petrificando lágrimas de cristal en mis mejillas. Ajeno a la situación, mi organismo parecía gozar discurriendo a tropiezos entre el roquedo del campo. Lo había entrevisto… No, lo presentí hace ya tiempo. Supe que jamás podría presenciar las estrellas junto a ella. Lo comprendí cuando sobrevolé aquel país lejano y agreste, no antes…

viento que acaricias
una suave flor
alojada en mi corazón,
vas sangrando y deshojándome
quitándome los brazos...
vas golpeando el recuerdo,
y la lejanía contra el mar,
rompiendo las olas,
que se agigantan en mi llanto...

Quizá todo se desencadenó cuando ella me envió la carta con la imagen en la cual se abrazaba de forma alegre, casi ingenua, como sólo una madre sabe hacerlo con un hijo, a aquel joven de semblante inmaculado. Sentí vergüenza de mi rácano egoísmo, de mi impotencia, de mi alma de persona envilecida. Pero ya era tarde, una extraña furia de celos se apoderó de mí y comencé a hostigarla sin sentido. En realidad no había motivo y jamás lo hubo...

temblando voy hacia sus manos,
el miedo me hace su esclavo,
me encadena con furia,
me adormece en un sueño profundo
senda inútil y cruel, de árboles agresivos
mi orgullo va diseminado entre ramas,
rasgando tus pétalos...


Luego, cuando más lo necesitaba, no acudí a la cita en aquel café. Se produjo la deflagración, y aún sigo sin explicarme por qué me sentí incapaz de estar en el lugar que me hubiera correspondido…
Fui mezquino, la abandoné cuando mi corazón ardía por ella y de pronto aquel día, de la forma más misteriosa y cruel, pagué mis errores y se desvaneció dejándome solo; vacío y destruido...

me enredo en sus labios
Van derritiéndose mis caminos
Mientras la luna va brillando
Emergiendo entre mis dedos,
La opción de ser libre,
Se ha quebrado en un eclipse
Que hoy nos hace,
Palparnos a ciegas,
Interminables hallazgos
Plenos en penurias,
Hoy el sol no respira en mi,
Exhalan sus rayos en mis poros
Quemándome una vez mas...

Nubes cobrizas se insinuaban etéreas y bosquejaban perfiles grumosos ante un firmamento en declive, un suave velo de lluvia acarició mi rostro lloroso.
Fue un aliento fugaz. ¡Deseé ser ella, volar como ella! Me situé al borde del acantilado, me desnudé, cerré los ojos y extendí ambos brazos. Entonces salté y planeé hasta alcanzar el reverso de la existencia. Nada más verme llegar me hizo hueco a su lado. Al horizonte, divisé una luz eterna, cegadora, ella enfiló en su dirección. La seguí forcejeando, girando, asiéndome a sus frágiles extremidades; desnudándola…
Como un denso torbellino de promisión y bonanza recibimos su luz y nuestras vidas comenzaron a forjarse una vez más…

un túnel eterno,
jugando con la miseria humana
está flameando cerca de mi alma,
entre llamas azules,
desarmado y vagabundo
esta mi cuerpo que cuelga
de una de tus uñas,
vas hilando y destejiendo
mi rasgado destino,
yo solo cierro mis ojos,
mientras guardo la rosa
dentro de mi boca,
se tritura mi lengua
y ahora no podré gritar…


Prosa de Josef, Versos de Ameba. Año 2007. De la página de los cuentos.net.

miércoles, enero 14, 2009

¡PALESTINA, AGUANTA, NO TE VAYAS SIN MÍ!

Una situación triste, desesperante, inquietante, la opresión a la que se ve sometido el pueblo palestino. ¿Quién los salvará? Nadie parece acudir en su ayuda, están bajo las garras de quien antes fue oprimido. ¿Y por qué quien fue oprimido oprime ahora? ¿Por qué un pueblo que se considera panacea de la inteligencia se comporta de forma bárbara y absurda? Nunca lo sabremos. Pero sí sabemos algo. El ser humano, el cual se autodenomina "racional" es totalmente irracional, absurdo y estúpido! E Israel se comporta de forma criminal ¿Acaso quieren dar alas, por que las dan, a una nueva y devastadora conflagración que acabe con todos nosotros?
En un mundo hiperarmado, para terminar con las guerras lo primero sería destruir todas las armas que fabrican nuestros propios gobiernos. Lo cual exigiría la movilización de toda la sociedad, pero la sociedad es negligente y estúpida y fácilmente manipulable, y los políticos y las fuerzas facticas que manejan el mundo desde detrás, han aprendido a manejarla. Es sencillo asustar a las masas mediante insinuaciones de invisibles ataques a nuestra libertad, y mientras mantienen que las armas son necesarias en el mundo. Y, además, matar al vecino siempre resultó ser un negocio muy bueno, hasta que deje de serlo.

Mi poema:

¡PALESTINA, AGUANTA, NO TE VAYAS SIN MÍ!

¿Nadie lo sabe?
Los dioses de la guerra
dictaminaron dilapidar
su abuso de bombas.
¡¡Hoy toca Gaza!!

Gaza…
semblantes de sudor y de miedo,
jirones de piel rancia,
olor acre y aridez sobre aridez
ambiciosa de muerte.

Caminos transitados
por estelas fugaces,
exhalaciones de muerte.
Niños que yacen
cual organismos inertes,
difuntos ya
quienes les tiendan y atiendan
en nichos fútiles
de ensueños.

¡Palestina, aguarda, no te vayas sin mí!

Vivir afecta
el valor de una quimera
de saldo barato y sin brillo.
Bosques de antaño
hoy ya cedros desteñidos,
extirpados por las bombas
de factura USAhebrei.

¿Nadie lo sabe?
Los dioses de la guerra
lo dictaminaron:
¡¡Hoy toca Gaza!!

Cae se levanta
y vuelve a extinguirse Palestina,
en brazos de aquellos vecinos,
que con codicia la desean.

Es la Suiza perdida
en la agridulce sequía
de un Mediterráneo
pasional y arrebatado.

Otra tarde en Gaza.
Ojos negros, relámpagos,
crepúsculo ardiente,
velos de raso;
una taza de té y un café,
mientras se habla de paz
y un desastre
se cierne como perversión extravagante...

¡Palestina, aguanta, no te vayas sin mí!


José Fernández del Vallado Julio 2009 josef.


martes, enero 13, 2009

Verano Austral. (Variación sobre el tema de Moderato_josef)

Despacio, fue cayendo el sol sobre las calles y me sentí libre. Seguí avanzando sin explicarme el porqué, con el presentimiento implícito de que si no me movía mi corazón se detendría. Había llegado a aquella ciudad enclavada en el sur profundo del sur esa mañana. Encubierta, buscándolo, de forma inconsciente y deliberada, como actuamos a veces, aguardando encontrar motivo o respuesta a nuestros porqués. 
Un vendaval congelado me golpeaba sin clemencia mientras me refugiaba en mí misma, intranquila, pensando en las bellezas que soñé en encontrar. ¿Por qué a veces uno se empeña en hallar belleza en lugares inhóspitos, donde solo hay ignorancia y hosquedad? Buscaba indicios que señalaran que Rafael había escapado al Golpe para refugiarse allí. Era pleno mes de febrero – verano Austral – del año 1974, y apenas hacía cinco míseros grados centígrados. 
Deambulé hasta el fondeadero, contemplar el puerto y dejar volar mi melancolía degustando el aroma salobre del mar era cuanto anhelaba. Un militar uniformado me cerró el paso y me pidió la documentación. La realidad cayó a plomo sobre mí. La de un mundo militarizado, que progresivamente, de forma estúpida o “humana,” se arrastraba a su juicio final. La ciudad estaba tomada. Temblando salí ilesa del percance; mi sueño, volver a amarlo, continuaba vigente... 
Lo busqué caminando en solitario por calles despojadas de vida, matizadas con témpanos de hielo que se clavaban en mi corazón, preguntando con desaliento a individuos anónimos que se volvían a mirarme con el miedo empotrado en sus almas. Me refugié en un bar anacrónico y tomando un café de dos horas observé tras los ventanales mi locura reflejada. ¿De qué me servía encontrar soledad a tres mil kilómetros de mi vida? y ¿qué era mi vida sin él? Era viajar y buscar sin saber qué vendría después. Estuve deambulando horas hasta que al final doblé una esquina y frente a mí estaba el indígena Kawesqar; mi corazón dejó de palpitar. Sin hablar ni pensar, hacía horas que había cesado de hacer ambas cosas, me acerqué despacio y me detuve ante él. Sus facciones agrietadas temblaron hasta tensarse. Mirándome con nobleza, dijo:
- ¿Me presta su mano, por favor? 
La extendí. Tomándola, prosiguió.
- En esta bella mano encuentro sufrimiento y desesperación, la misma que mi tribu padeció hasta su exterminio. Pero otra vida está cerca. Debe cruzar al otro lado. 
- ¿A dónde?
- Lo que usted ama está en Ushuaia. Allá hay libertad...
Amparada en un barco de carga dejé atrás Punta Arenas alcancé Ushuaia y sorprendentemente me reuní con un hombre ¿distinto o igual? No importaba. Ambos eran humanos. Nuestra felicidad allí duró dos años. En 1976 hubo un Golpe. Lo detuvieron por conspirar, nos separaron y me devolvieron acá. ¿Es Punta Arenas? No sé. Sé que los años no cesan. Recorro las calles, leo manos y analizo semblantes; busco indicios. Salvaguardado tras cualquier apariencia quizá encuentre a Rafael. El otro día lo supe, el dictador falleció. Da igual, ya nada es igual. No he vuelto a ver al Kawesqar...

José Fernández del Vallado. Josef. Ene 2009.



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