sábado, enero 17, 2009

Nieve.


Nieve, navegas en el aire
como la espuma en el mar.
Impregnando de negra blancura
un paisaje teñido en claroscuro.

Anulando las esporas
de mi mente,
las desnudas de silencio
e inundas con lágrimas
de cristal frío y dorado,
mi corazón.

Inútiles siento mis miembros,
si quiero alcanzar esa nube,
que difumina tu aliento
de procaz sensualidad.

Nieve, me pierdo en tu boca,
efusiones de lirio,
azules cabellos de ensueño...

Pienso en tus labios
igual que si fueran caricias eternas
de virtud dilatada
por un volcán que eyacula
locuras de amor y belleza
como tiernos vuelcos de pasión.

Nieve, a veces no hay aire,
sólo blancura que ciega
la cordura
y la envuelve en un manto
de sopor delicado
desbaratado y errante.

Pendiendo entre copos
la sangre y el alma
se insertan en el envés de la flor,

y la belleza de tus ojos
vestidos de azul
ocultan una existencia
de amor dolor y clamor,
bajo el perfil de una tibia
y sabia blancura y la opacan,
tras una nieve interna,
eterna y sin fin.

Y para siempre te amo
Nieve, a ti... Nieve a ti.

No me abandones
en el camino,
tendido de través,
donde tal vez
te descubrí, desarmado.

No soy yo sin tu aliento
sino un cuerpo vacío
que pende de la sonrisa
que una vez desbordó mi vida

de blancura sosegada.

Cierro mis ojos, abro la boca
consiento a tu apéndice
asfixiar mis sentidos de ausencia,
y a mi mente
derramar las esporas de aliento sobrante
y tallar un desgarro de amor en la nieve...
¡Nieve...!



José Fernández del Vallado. Josef. Ene 2009.

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