martes, enero 20, 2009

Ser una estrella.

Habían sido años de preparación para volver a intentarlo. Recordé a Marina. En la primera ocasión ella estuvo conmigo y casi lo logramos, pero fracasamos. En cambio, la noche que regresamos, agotados pero felices, en el hotel, conseguimos algo muy importante: Llegar a la cima del amor, y allí la dejé..., suspendida. Me volví sobre la cama y soñé con el volcán. A la mañana siguiente ella no estaba. En su lugar una nota decía:
“No hay por qué obsesionarse con el fracaso. Un beso”

No la entendí, o fue al revés. Ella no comprendió que yo amaba tanto o más que a ella a la montaña. De aquella fuerza de la naturaleza me enloquecía su frívola desproporción con el hombre, su imprevisibilidad, su dominio, su fortaleza, pero sobre todo su obscena sensualidad y frialdad. Pasé meses en su falda, adivinando lo que nunca veía: Aquella cima apuntalada como un pezón afilado. Cómo sería pisarla, qué habría en el interior de su cráter, y qué me transmitiría cuando llegara. Lo presentía. El volcán haría derramarse mi cuerpo en un edén de sensaciones.

Cierto día conocí a un par de hermanos suizos, me animaron a formar cordada con ellos, pretendían filmar la escalada. Acepté, y lo intentamos de nuevo. Salimos sin dar parte a las autoridades de la iniciativa, pues queríamos sorprender a la prensa y al mundo. Los sorprendidos fuimos nosotros. A tres mil quinientos metros nos inmovilizó una violenta ventisca. Permanecí en la montaña cerca de tres semanas, sin provisiones, con temperaturas de veinte grados bajo cero y los cadáveres de los hermanos a mí lado. Murieron de noche, enterrados por un alud. Yo tenía mi propia tienda que dispuse a unos metros de la suya; que no pereciera con ellos fue pura cuestión de suerte. Desenterrarlos supuso un esfuerzo, tenía el piolet afilado, la decisión, y por supuesto la fuerza, de mi lado. Jan murió al instante, Basil todavía vivía, pero tenía la cadera y la espalda fracturadas. Aterrado, no cesaba de gemir suplicando por su vida. Tras mantenerlo dos días en estado de agonía opté por abrirle la garganta de un tajo; falleció gorgoteando a mis pies.

En la gruta que hallé se estaba bien, excepto por el frío. Cada día nuevas sensaciones me embargaban, como descubrir que un par de dedos del pie se me habían congelado, los cercené con la navaja multiusos mientras me filmaba, vendarme no fue difícil. Sin duda ver la película “¡Viven!,” me resultó útil e incluso, alentador. Cuando comí carne humana ya lo tenía asumido: “Con el proyector de vídeo en buen estado, mi historia daría para rodar un excelente metraje de suspense y supervivencia.” Por ello, supe también una cosa; no moriría, llegaría a la cima. Iba a filmar y narrar mi aventura.

Al fin pareció despejar. Me deshice de los cuerpos y con aliento renovado proseguí mi camino. Tardé dos días, tomando tomas breves, en alcanzar la cota de los cinco mil ochocientos y ahora estaba allí, a cien metros del cráter, iba a culminar. Caminaba deprisa, anteponiendo un pie al otro con una energía desconocida. Los crampones se fijaban a la nieve, resollaba pero no me detenía, debía llegar a la cima antes que anocheciera. De pronto me pregunté. ¿Y si culminaba y allí no encontraba nada que mereciera la pena? ¿Y si aquel volcán no era más que una absurda estafa de la naturaleza? Entonces me entró el pánico, pues todo el montaje y mi película no servirían y jamás tendría éxito. Cuando quise darme cuenta apenas estaba a quince metros de la cima. Me detuve temblando y maldiciendo. ¡Lo sabía! Si el final de la cinta era vulgar y previsible, la película carecería de interés y sería un fracaso. Había que crear un revulsivo de un atractivo y estética inesperados. La idea brotó de mi cerebro con brillante claridad. Ante un final así nadie podría sentirse defraudado. Me propuse marcar con profundidad en la nieve veinte pasos, los veinte pasos del final. Con solemne rotundidad cubrí la distancia enumerándolos de uno en uno, de esa forma se oirían con nitidez en el micro, cuando llegué suspiré emocionado. Dejé caer el piolet y profiriendo una exclamación profunda y desgarrada de victoria, me arrojé sobre la nieve; un dolor mordió mi tórax, un alarido salvaje surgió de mis entrañas y ardí como las llamas de un infierno. Me di cuenta entonces, de forma chapucera y despreocupada, había ido a caer sobre el filo del utensilio que emergía sobre la nieve. La punta atravesaba mi pecho y me empalaba de través. De entrada me asusté y permanecí mudo de asombro y dolor pero, mientras me extinguía, lo comprendí. ¡Era la obra de un maestro! Iba a fallecer culminada la ascensión. Arrastrándome, tomé la cámara y me filmé atravesado por el piolet, sangraba por la boca y vomitaba sangre, y todo, sin cesar de sostener mi sonrisa triunfadora. Ahora sí estaba completo el rodaje. Cuando encontraran la cámara sería un éxito. Sin apenas poner los pies en la cima, iba a ser una estrella. Fallecí con una sonrisa entre dientes, reflejo de mi categórico estado de euforia.

José Fernández del Vallado. Josef. Ene 2009.

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