jueves, enero 01, 2009

La Araña II.

Dicen que Luis García Montalvo dejó sus queridos pies de gato en lo alto de aquella cima y cuando descendió, ya no era el mismo. Se hizo cargo con empeño y dedicación de los negocios de la familia y no tardó en contraer matrimonio con una mujer de la también rica familia de la cercana localidad de Casares de la Asunción: Doña Teresa Azucena de Lima. Pronto engendraron un hijo tras otro hasta alcanzar la respetable cifra de seis, y señalan, que eran la familia más alegre y feliz del mundo.

Sucedió en uno de sus viajes de negocios por Europa, cuando, hallándose en Interlaken, Suiza, alguien le habló, por supuesto sin conocer su pasado, acerca de las mil semblanzas de la terrible cara norte del Eiger*. Luis García Montalvo escuchó con atención, sin sufrir apenas alteración alguna en su expresión. Más sin embargo, y sin explicarse claramente el porqué, al día siguiente se apeó de un ligero coche y se hospedó en el lujoso hotel “El Águila.” Ahora, tras él, en la dirección del lago de Brienz tenía una formidable barrera de montañas casi desnudas, de aspecto agreste y feroz; a su izquierda, se extendía lo que llamaban El Valle, una sucesión de planos inclinados ascendentes hacia lejanas neveras*, cubiertos de frutales, plantaciones de legumbres, aldeas y chalés en curioso desorden. Y justo allí, enfrente, se elevaba ostentosa como un gigante la soberbia pared nevada del Eiger, y cerca el pueblo de Gringewald, de unos tres mil habitantes, que se hallaba a unos mil quinientos metros de altura, casi en el centro del valle del mismo nombre.

A partir de su entrada en el hotel Luis comenzó a ejecutar sus movimientos de una manera espontánea y abstraída, incluso despreocupada; como a quien no le va la cosa. De esa forma y con esa actitud al día siguiente adquirió un telescopio y lo instaló tras los ventanales de su habitación, desde la cual, “casualmente,” se divisaba con claridad la cara norte del Eiger. Así comenzó a vigilar todas y cada una de las evoluciones que realizaban las sucesivas cordadas* que tenían el valor de afrontar la terrible cara norte.
Decepcionado, observó como una gran mayoría, antes de alcanzar la mitad del trayecto daban la vuelta. Pero también presenció – sin ser consciente – tremendamente ilusionado, y excitado, como algunas expediciones, igual que diminutas y torpes orugas, progresaban metro a metro, tenazmente, abriéndose camino hasta culminar la ascensión. Entonces, Luis no era consciente del porqué, pero de repente se le revolvía el estómago, sentía mareos, e incluso, vomitaba.

Y así transcurrieron los días y el primer mes. Su mujer lo reclamó pero él, con la manifiesta intención de quedarse, antepuso una excusa un tanto absurda. Su trabajo, por descontado, también requería su atención, pero dado que era gerente de la empresa, delegó sus labores inmediatas en su secretario.
Transcurridos seis meses la situación no era mejor. Luis ya sólo tenía ojos para ver por el telescopio. Día y noche permanecía consagrado al anteojo, mientras ordenaba le subieran lo indispensable para vivir a la estancia. Un peluquero le hacía la manicura, lo afeitaba y rasuraba el pelo; un camarero le procuraba alimentos y bebidas; un limpia le lustraba los zapatos; un botones le leía los rotativos del día; las chicas de la limpieza arreglaban la habitación; un auxiliar de enfermería lo aseaba con un balde. Todo discurría mientras el permanecía, en silencio, sin cesar de carraspear y observar por el telescopio. Y cada vez que una cordada culminaba, los vómitos y el mareo, que el psicólogo que lo atendía tampoco lograba explicarse.

Aquella mañana en particular Luis no dormía, sino al contrario. Por vez primera se sentía excepcionalmente confuso y agobiado, llevaba observando más de tres días a una cordada de un par de jóvenes que comenzaron bien la ascensión, pero que lentamente y con el transcurrir de los días, se habían ido apagando como la flama de un cirio; y ahora ya, estaba seguro, que de no hacer algo en las próximas horas, sucumbirían a los rigores de la montaña.
Tardó un par de horas en decidirlo y de repente, se encontró buscando el saquito de magnesio que guardaba cuidadosamente envuelto en el doble forro de su maleta. Lo cogió y salió lanzado hacía el Eiger. Alcanzó su base y no buscó sus pies de gato, porque sencillamente, no los tenía. De modo que, pese al temporal reinante, comenzó por descalzarse; a continuación se empolvó cuidadosamente de magnesio tanto los pies como las manos, se puso unos calcetines, y comenzó la dura ascensión.

No hizo sino palpar de nuevo la roca y se sintió renacer con una vitalidad insuperable. En realidad readaptarse le costó breves minutos – demasiado – pero cuando se hubo adaptado, comenzó a trepar encaramado con la facilidad de una araña. Sus manos no parecían tales sino ventosas que se adherían a las resbaladizas rocas con expedita facilidad. Le seguían sus piernas, estirándose a los lados hacia el centro o adoptando ángulos de geometría radical e imposible; su torso brillaba y se arqueaba como la goma y su cabeza cuando era preciso giraba formando un ángulo de noventa grados. En el pueblo, la voz de lo que estaba teniendo lugar, prendió como una mecha de dinamita, y todo el mundo había corrido a los telescopios que vigilaban la pared. Y ahora, la multitud presenciaba boquiabierta la rapidez con que Luis: “La Araña – pues sólo con verlo evolucionar en una localidad de amplia afición montañera todos supieron quien era – progresaba hacia los hombres inmovilizados.
Nada más alcanzarlos se topó con la mirada de unos seres al límite de sus fuerzas. Urgía actuar cuanto antes, comprendió. Sólo precisó de una cuerda que pasó por el abdomen de cada uno, y uno a uno, los descendió hasta dejarlos en un lugar seguro. Luego, permaneció en un resalte de roca sin dejar de lamerse las manos durante más de media hora. Y la gente del pueblo, que aplaudía a rabiar, comenzó a preguntarse qué diantre haría. No imaginaban que Luis García Montalvo estaba enfrascado en una dura y terrible pugna contra su instinto.

Dieron las seis de la tarde y La Araña se puso en movimiento, ¡y no descendió! como todos esperaban que hiciera. Pues a esa hora, el temporal había arreciado y la pared se había convertido en un letal congelador a menos quince bajo cero. Su instinto, más fuerte que su sensatez, se había impuesto. Continuó ascendiendo; subía cada vez más alto y con mayor lentitud, hasta que de pronto, a su lado, escuchó una voz fantástica, procedente de ninguna parte y de todas a la vez. Le dijo así:
“Luis, no subas. No puedes volver a subir... Lo sabes, está escrito. Detente. ¡Detente ya, Luis!”
Y Luis García Montalvo, “La Araña,” se detuvo...

Si pasa por la localidad de Gringewald podrá ver el Eiger y descubrir su aspecto imponente. Lo que quizá le impulsé a acercarse a los telescopios orientados hacia su cara norte para echar un inevitable vistazo. En ese caso, tal vez se le aproxime un curioso y siempre gentil habitante, que con la pretensión de aclararle el panorama, le dirá:
“Observe bien la montaña… ¿Imponente no? Se empieza a escalar por la Travesía “Hinterstoisser” luego viene “La Manguera de Hielo”, a continuación “El Vivac de la Muerte...” Y... ve... ¿Ve aquella mancha oscura a la altura casi de la cima?”
“¡Sí, ahora la veo, sí!”
Antes de hablar el hombre tal vez suspiré; luego, probablemente le mire con ojos brillantes, presos de una visible afectación, sólo entonces, dirá.
“A ese lugar lo llaman: “Araña.*” Porque es el lugar donde “La Araña” se detuvo...”

Eiger*: Montaña de 3.970 m. de altura de los Alpes de Suiza.
Araña*: Nombre que recibe un comprometido paso de la ascensión al Eiger por su vertiente norte.
Neveras*: Bloques de hielo acumulados durante milenios en determinados puntos de las montañas.
Cordadas*: Expediciones de alpinistas.

José Fernández del Vallado. Josef. Dic 2008.


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