domingo, junio 21, 2009

26. Certidumbre Ineludible.


Hace una mañana despejada, la comitiva real sale temprano y Menfis aún reposa en silencio favorecido por el suave velo de Toth. Recorremos sus calles empedradas y desde el baldaquín puedo contemplar, quizá por última vez, su etérea belleza dormida.
¡Menfis! Es como un ánfora de vidrio delicada y enérgicamente sellada a las hostilidades del mundo que lo rodea.
Cuando alcanzamos el puerto el bajel ya está listo y con las velas desplegadas. Embarco, y a una señal mía, una vez más, según el capricho de la época y el humor que los dioses sugieren sobre su tranquilo, agitado y solemne curso, vuelvo a navegar las turbias, claras, cobrizas, azules o verdosas aguas del Nilo.

Parto de la ciudad, sus perfiles nobles van difuminándose en la lejanía, me vuelvo y miro al frente mientras permanezco acomodada bajo un dosel en la proa de mi barco de guerra en tanto, con un pertinaz bamboleo, se desliza aguas al sur, buscando enlazar de nuevo con el inevitable objetivo y centro de mi vida: Ramsés II, mi marido.
Más adelante, a la derecha, está el estuario de mis inolvidables encuentros con Ramush. Entrecruzo las manos y no puedo evitar morderme los labios en un gesto agrio de dolor, decido olvidar...
Me aguardan Ramsés y sus mujeres, un círculo solar que nunca cesará de rotar. Aunque en esta ocasión haya sido yo misma quien le sugerí que para asegurar la paz de forma permanente con los hititas lo mejor, establecer lazos consanguíneos.
Bien, tampoco asistí a la boda de su nueva Esposa Real, ya somos bastantes. Maathornefrura dicen se llama, y es hermosa aseguran. Y no lo pongo en duda, todas son hermosas, el gusto de mi Ramsés es digno de ensalzar como también sus imperdonables pasiones humanas, quizá demasiado relevantes para un gran dios como él, pero a fin de cuentas, mi dios.

Fui consciente al amanecer del cuarto mes del Shemu, cuando el disco solar de Ra ascendió con fuerza sobre el templo de Dendera. Egipto no debía estar jamás dividido y Egipto somos Ramsés y yo. Aquel amanecer fue especial, ya que sentí como si el firmamento aún dominado por Seth, se desplomara sobre la tierra y un terremoto hostigara mis percepciones. En aquel momento, hacia el sur, escuché unos llantos y supe que eran los lamentos del Dios Sol. Comencé a seguir aquellos gemidos suaves, casi dulces, y cuando escalé la tercera duna, me encontré con un bebé. Un niño que renacía de la nada en pleno desierto de Seth. Entonces estuve segura; Osiris me señalaba el resurgir de la vida, procurándome un nuevo hijo, y comprendí que debo amar a Ramsés, mi Dios Sol, y que sus defectos son solo parte de su apenas intangible lado humano. Ya que sin él yo no podré sobrevivir, pues él es mi luz, la luz que ilumina mi horizonte y yo así lo he comprendido y así debe ser para siempre.

Le escribí una breve carta anunciando mi vuelta a Pi Ramsés. Tomé aquel niño, hijo de dioses, lo hice hijo mío y ahora lo llevo conmigo a mostrárselo a su padre: Dios Sol, y a someterme a sus designios. Todos se hallan ya allí y tan sólo me aguardan a mí con el deseo comprensible de volver a ver la unión más ejemplar que Egipto haya dado a su tierra.
Al medio día se descubre ante mí el palacio. Absorbe los rayos del sol necesarios para la vida. Su aspecto es el de una edificación de porte ligero y su estructura transmite la increíble sensación de levitar sobre el meandro del río sobre el que está construido, pero en realidad se trata de una estructura de peso, mayor incluso que el palacio de Menfis, no así que Karnak.
El embarcadero del palacio es amplio y está a resguardo de cualquier ataque mediante fortalezas que dominan a ambos lados del río.
Las trompetas de Egipto nos reciben y una ordenada formación de lanceros de Amón al frente de la cual se hallan mis hijos Amenhirjopshef, Paraheueremenef, Meritamón y algunos comandantes y generales, aguardan formados en el atracadero.Desciendo rápido, impaciente, y saludo de forma precipitada, pues deseo darme un buen baño antes de reunirme con Ramsés. Y sin más preámbulos, desaparezco acompañada por Nefermaat y seguida por Nidjit, mis veinte esclavas nubias, mis costureras, mi Copero Real, mi Guardia Real personal, mis quince escribas, mi equipo de doctores, y mis porteadores con todo el equipaje necesario.
Para mi absoluta sorpresa, Ramsés tiene dispuesto un banquete al aire libre me informan, en el jardín Este de palacio. Lo cual me parece excelente. Nada de salas de audiencia con accesos por corredores oscuros y sofocantes, antecámaras reservadas y escondidas o dependencias privadas. Nuestro encuentro se llevará a cabo bajo un amplio dosel para cubrirnos del sol durante el día. Sin subterfugios , todos podrán desvelar los rasgos de nuestros semblantes al encontrarnos de nuevo.

Últimamente he descuidado mucho mis cabellos, por lo que poseo un pelo largo y espeso, lo cual me proporciona una idea ocurrente. Me presentaré como el primer día, con una peluca tripartita, pero en este caso será natural; de mis cabellos de fuego, lo que espero cause impresión.
Las peluqueras me lo van entretejiendo mediante intrincados trenzados, hasta que cada mechón acaba en un tirabuzón con adornos. A continuación me colocan una diadema de oro con rosetas e incrustaciones y en la frente un ureus con cabeza de lapislázuli. Luego me pintan los párpados de verde, el borde de los ojos con khol negro y las mejillas y los labios de rojo ardiente. Finalmente, después de un buen baño, me envuelven con un vestido de lino ceñido marcando las líneas de mi cuerpo, anudan a la cintura fajines de colores y me depositan un chal cubriendo los hombros, sobre la cabeza me ciño la corona shuthy de dos plumas símbolo de las dos tierras y mis brazaletes de plata. Y con Nidjidt a mi lado, abanicada por cuatro esclavas nubias, me dirijo al jardín este. Egipto no debe ni puede esperar un solo segundo más nuestro reencuentro, ya del todo, ineludible...

Fragmento de mi libro: La inmortalidad de los dioses. La esposa del faraón.
José Fernández del Vallado. Josef. 2009.
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