domingo, junio 07, 2009

Placer y Mentiras.

Hace un día nublado, en cualquier momento lloverá. Encuentro a Raquel en una sala de máquinas tragaperras y demás; está en mi máquina preferida, una de marcianitos, mientras juega parece una niña. Y sin embargo el crío soy yo, pues me he vuelto un obseso por batir todos sus récords. Pese a marcar día tras día nuevos récord, un par de tipos me superan; y no consigo saber quienes son.

Le doy un beso en el cuello y sin volverse a mirarme sonríe, justo en ese instante un misil atacante revienta su nave. Libera un grito entrecortado, salta, se vuelve, sus ojos marrones brillan de rabia y felicidad. Me besa en la boca. La tomo de la mano, tiro de ella y salimos a la calle, un rayo de sol atraviesa mi rostro y lo abrasa, entramos en el bar de la esquina y nos sentamos a una mesa, pido una ración de oreja y dos cervezas, apenas tardan en traerlas. Bebemos y comemos con hambre y en silencio lanzándonos sonrisas de confabulación. En apenas diez minutos damos cuenta del plato. Pago y nos dirigimos a la puerta. En el rellano el fragor de un trueno apabulla mis sentimientos limpios nuevamente de dudas. Caminamos abrazados por la acera, el aire se hace denso y sofocante, una brisa intensa azota los plátanos recién replantados en la Plaza de la Cebada. Las primeras gotas, templadas, estallan sobre mis brazos descubiertos, la gente corre a refugiarse. Al principio nosotros también, pero en cinco minutos damos la batalla por perdida y nos dejamos avasallar por una ducha refrescante y necesaria. Alcanzamos el portal riendo a carcajadas, empapados como toallas chorreantes.
Las escaleras de madera crujen mientras ascendemos hasta el quinto.

Nada más entrar ella comienza a desnudarse, yo la sigo impaciente. Entramos en la taza de la ducha dando voces de entusiasmo, abre el grifo y una nueva lluvia, primero fresca y luego cada vez más templada corona mis sentimientos de placer. Percibo su piel resbaladiza, sus líneas tersas colmadas de juventud, me abrazo a ella por detrás y comienzo a acariciarla, vuelve la cabeza y nos besamos. Noto como mi órgano se fortalece hasta tensarse como una vara de bambú. Lo toma, cierra el grifo, salimos de la ducha sin separar nuestros labios y abrazados no llegamos más lejos de la alfombra del salón. Follamos, jadeando en silencio, jodemos durante más de dos cuartos de hora, y cuando estoy a punto de eyacular suena mi móvil.

Ella, desde debajo, mirándome excitada y suplicante, me dice.
— ¡Déjalo! No vayas...
La miro sin dejar de joder y por fin, con un claro esbozo de disgusto, me levanto tomo el móvil y contesto.
— ¿Sí...?
— Cariño...
— Si, dime.
— Hoy sales tarde ¿verdad?
— Sí, tengo un trabajo atrasado.
— Vale cariño... Una cosa.
— ¿Qué?
— Que te quiero un montón. ¿Lo sabes no…?
— Mmm...
— Cariño ¿sigues ahí?
— Si, lo sé...
— No te molesto más. Un beso.
— Hasta luego.
Raquel permanece echada sobre la alfombra. La miro, sonrió y la beso, me tumbo junto a ella y acariciándole el cabello, le digo.
— Otra vez del trabajo. Tengo que volver.

Me mira con tristeza, y de forma apasionada, me besa. Noto su lengua impaciente juguetear con la mía, mi órgano recupera su estado vigorizado. Le ruego que me masturbe. Sin dejar de besarme, me complace. Entonces se separa un momento, me mira con atribulación, y medrosa murmura.


— ¿Cuándo tendremos esa noche... prometida?
La miro con cara de fastidio. Gesticulo con la cabeza. Sujeto su rostro con ambas manos, y le digo.
— Cariño ¡no debes impacientarte! Pronto, muy pronto tendré unos días de descanso...
Y añado.
— Pero eso no debe preocuparnos...
La tomo de las nalgas, es una chica preciosa y manejable – lástima que sea tan precipitada, acabará por estropearlo – con ansiedad y deleite, la penetro de nuevo...
José Fernández del Vallado. Josef. Junio 2009.


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