martes, junio 23, 2009

Me gustaba Mónica.


Me gustaba Mónica, era morena, romántica y no me prestaba atención. Ni siquiera sabía por qué me gustaba. Supongo que porque ni siquiera me miraba, y también porque era mayor...
Escribí cientos de poemas sobre ella, me daba vergüenza recitarlos. Y también presentarme...
Por las tardes, a última hora, la veía en el patio. Paseaba con su blusa azul celeste y su falda plisada. Se movía de forma discreta y nunca hablaba con nadie. Había quien la temía, yo no, pues sabía que era como yo.

Me agradaba cuando se detenía, se acariciaba el cabello, y miraba de soslayo su reloj de pulsera. Seguro, su trabajo le aburría.

Ella me encantaba y lo daría todo por amarla, pero me tenía que ir. No aguantaba más el frío del invierno ni las violaciones, desacatos y violencia...


Estando cerca de Mónica sentía que el mundo no era triste y desolador. Volvían a mí recuerdos de mi niñez; sentía el calor y el aliento cálido de la vida bullir dentro de mí, y a mi madre a mi lado; sentía la protección que nunca tuve frente a mi padre y sus continuas palizas; me sentía destronar a la vida y sobreponerme a la muerte y la adversidad. Y sobre todo sentía sus brazos rodearme con el cariño que nunca recibí, y estrecharme entre sus senos...

Me gustaba Mónica... pero el deber de vivir se anteponía al amor. Y la vida consistía en avanzar no en aguardar, ni en asfixiar las ilusiones, ni en contar días baldíos, ni en acechar a la muerte...
En cambio sí en rellenar espacios de alegría y convertirlos en fortalezas consistentes.

La noche elegida hacía luna nueva y la oscuridad difuminaba las formas. Me deslicé por los muros, atravesé dos barreras, debía superar una valla metálica. Llevaba mi rudimentaria pero útil cizalla.
Me apliqué a cortar y sentí el cañón en mi nuca. Con cuidado giré, era ella. Mi cabeza estaba en sus manos; o en el percutor de la pistola. Me fijé sin hablar en su rostro y comencé a recitar unos versos.

Mi amor es sincero

Como tu belleza
Te observo en silencio
Mientras te deseo.

Aguardo ese día
Que tal vez no llegue
Y en el fondo sólo espero
Amarte sin riendas
Ni impedimentos.

Con la confianza
De quien jamás pudo ni supo amar...

Dejó la pistola, nos abrazamos y fuimos felices. Y pese a hacer luna nueva, la noche se iluminó de una lluvia de estrellas fugaces que brillaban como astros gigantes, mientras nuestros cuerpos se deslizaban y resbalaban de sudor, placer, ilusión y de vida. Solo había sollozos de amor, la paz era absoluta; sus labios melocotón en almíbar, sus brazos lianas de savia y suavidad, sus cabellos océanos de hebras y su nuca piel de oliva virgen.

No terminamos, pues nuestro amor ya no tendría fin. Nos incorporamos, nos besamos y ya no hacía frío nos teníamos ambas. Tomó la cizalla, me entregó la pistola y dijo:

—“Dispara o nunca saldrás. Es mi deber.”

Recuerdo a Mónica, morena, romántica y sin prestarme atención. Ni siquiera sé por qué me gustó. Supongo que porque ni siquiera me miraba, y también porque era mayor. Escribí cientos de poemas sobre ella y me dio vergüenza recitarlos, y también presentarme...

Recuerdo a Mónica la última vez y la única que lo hicimos y sé porqué lo hizo. Sabía que solo existe una senda y un lugar donde podremos reunirnos, y ahora voy hacia ella, mientras camino por el corredor de la muerte hacia el habitáculo donde me será inoculada la inyección...
Me agradaba mirarla sin que ella me viera. Y cuando se detenía y se acariciaba el cabello, y miraba de soslayo su reloj de pulsera. Seguro, su trabajo le aburría...

Mañana no habrá amanecer sino eternidad. Y yo estaré junto a ella...


José Fernández del Vallado. Josef 2009.


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