viernes, junio 26, 2009

Carta de amor, a un amor extraviado.



Querida M hoy soñé contigo y desperté sabiendo con certeza que, después de veintiún años sin vernos, sigo añorándote.
Por primera vez en mucho tiempo pude verte con claridad inusual, escuché tu sonrisa y supe que mi corazón está triste pues algo dentro de mí sigue amándote.
Pero lo que más dolor me causó no fue soñar solamente contigo, sino verte bailar junto a mi hermano, sonriéndoos mutuamente. Entonces supe algo más; algo en lo que nunca había pensado o había pensado con miedo. Las dos personas a quienes más quise en el mundo ya no estáis a mi lado. Las dos sonrisas más bellas de la tierra – de mi tierra – se han desvanecido de mi vida.
..

Tú, querida, quizá todavía vivas, ya no sé dónde encontrarte. Te extravié. Y desearía hacerlo; verte de nuevo. Aunque fuera una vez me gustaría volver a estrecharte en mis brazos. Mereció la pena estar a tu lado.

Hoy una tristeza extraña y añeja me consume. Llevo todo el día pensando en ti de nuevo. ¿Por qué? No lo sé, pero así desperté. Te he buscado en Facebook y en Google sin éxito. Pero es que, me doy cuenta ahora, apenas sé nada de ti excepto aquellos breves e intensos momentos en los que permanecía descubriéndote fascinado. Ahora lo sé. Te amo y amé con una fuerza inusual, pero siempre estuve enflaquecido por la vergüenza a tu lado. Te veía grande y hermosa; tan inalcanzable y lejos de mis débiles posibilidades...


Quiero que esta carta quede grabada y se sepa que no hubo amor más incauto que el nuestro.
Duró una noche, la noche más preciosa. Y se perpetuó lo exacto e inexacto, lo que la vida quiso y dispuso...

Considero que tú no me quisiste de la misma forma que yo a ti. Pero aquella noche, aún sin ser la mejor, los instantes que permanecimos acomodados en aquel local semivacío a las cinco de la madrugada indagándonos, resultan ya inolvidables. Intuyo, puedo intuir cosas ocultas en nuestros pensamientos de entonces, hoy sé descifrar en los rasgos las mentiras y verdades, y aunque todavía me confunden, puedo entender y sé que tu mirada siempre fue sincera; que tu sonrisa era cristalina como un manantial de aguas claras, y que si nos besamos en el balancín del jardín, dejándonos llevar al compás de nuestros latidos, fue porque el miedo y la indecisión desaparecieron absorbidos por un denso manto de amor.
E intuyo – sigo intuyendo – que aunque ahora te eche en falta de verdad, cumplí mi sueño de tenerte entre mis brazos y expresarte mi amor no solo cara a cara, sino con felicidad, e incluso hablando en francés...

Han pasado unos años, tal vez demasiados. Y la vida dispone que no nos encontremos... de momento.

Es cierto. A veces sueño contigo y me despierto inquieto, tanto, como si te tuviera conmigo. Igual que aquella mañana en la que me sentí inmensamente satisfecho de desayunar a tu lado por última vez y descifré en tus ojos la misma felicidad que pude encontrar y a veces encuentro en mi alma...


José Fernández del Vallado. Josef. Junio 2009.



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