viernes, junio 19, 2009

Por Amor...


Aquel año encontré a la mujer de mis sueños. Se llamaba Carmela y era rubia y morena, blanca y negra, triste y alegre, alta y bajita, culta e ignorante, ágil y patosa, seria y graciosa. ¡Lo tenía todo!
Me cité con ella en un bar y emocionado, tomándola de las manos, le propuse que se casara conmigo y aceptó pero también se negó.
Carmela venía a mi casa por las mañanas y por las noches se acostaba con otros. Me hacía el desayuno y la comida un día sí y otro no. Y por la tarde, cuando estábamos a punto de hacer el amor, me dejaba y se iba a hacer sus quehaceres...
Después del primer año quedó embarazada y a los nueve meses estaba con el bebé en casa y por la tarde, cuando estábamos apunto de hacer el amor, se marchaba, dejándome al cuidado del bebé.
Dejé de trabajar por las tardes y me dediqué a cuidar del niño, y al hacerlo, veía a Carmela el instante de darle un beso y salir...
Nueve meses después tuvo el segundo y otros nueve meses más el tercero, y así sucesivamente hasta llegar a los diez.
Tras años de esfuerzo me convertí en el papá ideal y saqué a los chicos adelante. En cambio, no volví a saber de Carmela.

Cuando me jubilé el Estado se negó a pasarme la pensión pero mi primer hijo, abogado con futuro, me defendió con éxito y me pagaron el doble. Poco después comencé a pintar y como no vendía, mi segundo hijo, galerista de renombre, se convirtió en mi mecenas y comencé a tener éxito. Tuve una complicación de riñones y mi tercer hijo, doctor, me operó . Para celebrarlo quise construirme una casa y mi cuarto hijo, arquitecto, me la diseñó. Cuando cumplí los sesenta y nueve organicé un festejo por todo lo alto y mi quinta hija, Madame, me puso a las chicas. Hice una gira por todo el mundo y mi sexta hija, Jefe de una agencia de viajes, me organizó el itinerario y me hizo un descuento. Los hoteles pertenecían a la cadena de mi séptimo hijo y me salieron sin cargo.
En Nueva Delhi sufrí un atentado. Sufragado por alguien, mi octavo hijo, asesino a sueldo de experimentada reputación, intentó acabar con mi vida. Pero el noveno, Jefe personal de Seguridad intuyó la trama, ocupó mi lugar y detuvo al octavo.

Un día descansaba a solas en la tumbona de la piscina y Carmela se presentó en la mansión. Contemplé su belleza de nuevo e incapaz de alzar la voz – como en los viejos tiempos – la invité a subir al salón, nos recostamos en el sofá, vimos el atardecer ocre en el desierto de Arizona, y cuando hacíamos el amor, inducido por el sutil veneno que puso en mi copa, fallecí de un ataque al corazón.
El forense dictaminó ataque cardiaco severo, Carmela heredó mi patrimonio.
Mi décimo hijo, propietario de una funeraria, organizó el funeral. Mi ataúd labrado en caoba con remaches de oro puro, era espléndido. Sobre mi tumba erigieron una escultura en la que Carmela y yo nos abrazábamos con amor...
José Fernández del Vallado. Josef. Junio 2009.


Reacciones:

39 libros abiertos :

Post más visto

Otra lista de blogs