miércoles, abril 07, 2010

Décadas… de amor desvelo y exhibicionismo.

Descubrí a la mujer esa misma mañana. Estaba en el supermercado; y ya no me pude alejar demasiado de ella. Ni de sus nalgas bien formadas, ni su cabello castaño que brotaba como una cascada y le alcanzaba hasta la mitad de la espalda, ni su forma de caminar segura y despreocupada, ni de aquellos ojos grandes como esferas de vidrio translúcido, ni aquel ceño sereno y maduro que dibujaba unos labios ni gruesos ni finos, sencillamente adecuados, que esbozaban una preciosa sonrisa cuando se cruzaba con las dependientas, y aquella increíble nariz recta. A su lado las dependientas eran vulgares y demasiado serias, con aquel rictus de permanente amargura. La verdad, algunas me hacían casi enfermar de la desesperación que me causaba mirarlas; en cambio ella...
Tal vez porque supe que era la mujer que faltaba en mi vida, no dejé de seguirla.
Pero... ¿faltaba una mujer en mi vida? Mientras caminaba siguiéndola por la avenida, tampoco estaba seguro.

La mujer que recordaba más cercana... o la mirada de mujer era la de Ivana, la prostituta. Cuando lo hacíamos y estaba dentro de ella, me miraba y se carcajeaba ¡sin importarle sentir! Lo cierto es que exceptuando los billetes de veinte, a Ivana no le importaba nada. Es curioso, porque, a pesar de estar totalmente degradada en el vicio, no necesitaba refugiarse ni desfogarse en la bebida. En cambio yo... me dio cierta tristeza cuando tuve que poner fin a nuestra grotesca situación y dejé de verla para siempre.

Jennifer detuvo el carrito a la puerta del chalé ¿su chalé? Abrió la puerta y comenzó a sacar las bolsas. Le puse Jennifer porque me daba reparo seguirla así, sin ni siquiera conocer su nombre. Necesitaba presentarme lo antes posible. Teníamos que conocernos fuera como fuese. El amor habría de nacer entre nosotros, era inevitable, la había elegido.
Fue una suerte comprobar a lo largo del día que Jennifer ¡mi Jennifer! No estaba comprometida. Ni tan siquiera tenía hijos, pues la vi salir varias veces sola de la casa.
Al final de la primera semana yo estaba preparado, en realidad estaba listo desde el primer instante. Sabía que el encuentro tendría, de alguna forma, que acabar sucediendo. Fui feliz cuando me enteré de que estudiaba en una academia que estaba al lado de un parque, y que para llegar tenía que cruzar una zona arbolada.

Luego las temperaturas cayeron y pasé unos meses malos sufriendo el castigo de Dios y aquel invierno aterrador, mientras aguardaba. Pero, por fortuna, pude solventarlo refugiándome bajo los pinsapos y secuoyas del parque. Y la música. ¡Gracias, doy gracias a Dios y al Diablo porque exista un grupo que está por encima de ambos y me haya salvado la vida! Sin el mp3 y la voz celestial de Ian Curtis, habría agonizado entre la blancura de la nieve. En cambio, escuchar la fulgurante y cruda eternidad de su música, me ayudó a revivir y a ser un hombre nuevo cuando la primavera volvió.
Aprendí a refugiarme y a huir de los cuidadores del parque. Me movía de los aligustres a los pinsapos, y de aquellos a las cimas de las secuoyas...

Un año más tarde, el día que sucedió, no pude dar crédito de mi suerte. Jennifer pasaba justo por debajo del la secuoya donde me ocultaba, de repente se detuvo, sacó un libro de su bolso y se sentó en un banco a un lado del camino.
Hacía un día espléndido de primavera y yo – debo reconocerlo – de haber tenido un libro habría hecho exactamente lo mismo. Pero no tenía libros, hacía tiempo que carecía de objetos personales.
Llevaba leyendo un cuarto de hora y yo, sudando de la emoción, sin atrever a moverme.
Finalmente, me decidí a descender. Me situé enfrente de ella y aguardé cerca de diez minutos antes de que elevara la cabeza. Lo hizo, y me miró con un tic lleno de miedo y sorpresa. Le dije.
— Hola. No tengas miedo. Me llamo Jaime. ¿Y tú?
Titubeó unos instantes. Parecía indecisa. Tal vez demasiado asustada. Le dije.
— Tranquila, no va a pasar nada. No soy peligroso. Sólo quiero enseñarte una cosa. Pero antes debes decirme tu nombre.
Me contemplaba perpleja y posiblemente aterrada. Lo cual era normal, porque lo que no es normal es que de repente un hombre se te presente en medio de un parque así como así. Yo lo comprendía y quería darle el tiempo necesario para que se acostumbrara.
Cerró el libro y muy bajo, musitó.
— Lorena.
Permanecí mirándola anonadado. De modo que Jennifer se llamaba Lorena. Ya no habría más Jennifer en mi vida, a partir de ahora todo serían Lorenas. Y que bello timbre de voz. Escucharla hablar era una delicia.
Titubeé unos instantes y, repitiéndome nervioso, le dije.
— Yo... soy Jaime y proseguí. Verás... Quiero ser tu amigo. Pero primero debo enseñarte, debo... y me sonrojé.
Ella se puso de pie, y mirándome inquieta, me dijo.
— Bien Jaime, verás, tengo prisa. Debo asistir a clase. Así que dime o pregúntame eso que quieres y me iré ahora mismo.
— De acuerdo, está bien. Podrás irte. Pero no te reirás, ¿verdad?
Me miró con asombro e irritación y dijo.
— No, no me reiré.
Entonces lo hice. Abrí de golpe el gabán y le mostré mis genitales en medio de una gran erección.

Lo que sucedió a continuación me pilló desprevenido. Lorena profirió una especie de chillido, y me arrojó el libro con tal fuerza y acierto que atinó de lleno en mis partes.
Di un par de traspiés y caí gimiendo de dolor. Estuve así durante varios minutos, cuando me recuperé, ya no estaba. Se había ido dejándome solo en la vida de nuevo. Sentí rabia de mi torpeza, rabia por como había procedido. Tras un largo invierno meditando cómo hacerlo y alcanzar la conclusión de que lo mejor sería conocer nuestras intimidades a fondo... ¿En qué me había equivocado? De forma involuntaria me encontré pensando en la figura de Lorena pero sobre todo, en la escena: Lorena viendo mis genitales; porque los había visto y además, ¡con lascivia! ¡Menuda puta! Ocurrió casi de repente… sentí la necesidad. Saltando, con el tobillo contusionado, alcancé las ramas bajas de la secuoya, me arrodillé y gimiendo de placer, eyaculé como no lo había hecho durante aquel largo invierno, y como en realidad no lo había hecho durante décadas…

Luego recuperé mis constantes vitales, el ritmo de mi corazón se acompasó, me sequé los ojos llorosos, me serené y supe que lo había superado. Era un hombre nuevo. Lorena ya no existiría más en mi vida, y jamás supondría un problema.

Sentí el estómago vacío. Decidí acercarme a la zona del supermercado, tal vez me hiciera con algún que otro sobrante. Mientras caminaba pensé en las dependientas, siempre tan serias y sobre todo con aquel rictus de permanente amargura. ¿Tan mal remuneradas estaban? La verdad, seguía sin lograr entenderlo. Claro que había una… ¿No se llamaba Susana? Si, tal vez… A lo mejor ella era diferente y…

José Fernández del Vallado. Josef, abril 2010.
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