sábado, abril 03, 2010

Color lila.

Las oficinas de la administración estatal de Randinabat son un caos; un hormiguero interminable. Se accede a ellas por sombríos túneles sin apenas luz hasta desembocar en una inmensa sala circular de techos abovedados, franqueada por ventanales cónicos de vidrios pintados, dominada por un par de ventiladores gigantes, cuyas apariencias intimidatorias recuerdan a aquellas del molino que embistió un aguerrido Quijote en un lugar de cuyo nombre no llego a acordarme. En el recinto, con la diligencia de un ejército, vigilados por hormigas soldado trajeadas de azul marino, evolucionan cientos de funcionarios de pelo negro y chalecos grises, que sin embargo, no parecen llevar a término función alguna en concreto.

Las de mayor rango dan la impresión de ser aquellas que atienden acomodadas en sus brillantes Sari en amplias mesas de atención al cliente. De las cuales parten larguísimas colas compuestas por la variopinta gama social de un país de extensión generosa y límites insospechados.
Una de ellas, de ojos redondos como nueces, cabellos trenzados, nariz ganchuda, sonrisa de águila y labios de sangre, me atiende sin desplegar un mísero gesto de beldad, dejando en cambio entrever sus poderosas garras armadas de lascivia.
Le explico el robo del que he sido objeto tras aterrizar en el aeropuerto. El cual, trato de aclarar, me pasé denunciando las últimas cuarenta y ocho horas en la comisaría de la calle Hipriatbarat. Asimismo, le expongo mi estado de turista indocumentado y le pido me extienda un salvoconducto provisional a instancias de mi situación, hasta que sea debidamente resuelta por la delegación de mi país.
Durante el tiempo que transcurre mi exposición – observo – ni siquiera se esfuerza en alzar la mirada y continúa escribiendo. Parece más entretenida en rellenar una especie de formularios que en lo que tengo que decir.
Hace más de cuarenta grados centígrados y mi cabeza y mi piel se encuentran embutidas en una especie de lata de sardinas en aceite, y dada la intensidad y el gusto del aroma, el componente excede bastante el límite de caducidad. Pero para la funcionaria Shiwarta Phesawarita – leo en su tarjeta de identidad, adherida a su Sari – debidamente inmunizada contra el calor y la peste reinante, mi estado o mi tufo no vienen al caso.

Eleva la mirada, apoya los codos sobre la mesa, entrecierra los ojos y pregunta.
— Y bien... ¿Qué espera que hagamos por usted?
Titubeo confuso, realizo un gesto impreciso con ambas manos en el aire, y exclamo airado.
— Pues... lo que tras cuarenta y ocho horas de espera me indicaron en comisaría.
Arquea las cejas. Y por primera vez su rostro reluciente parece verdaderamente interesado.
— Y dígame. ¿Qué fue exactamente lo que le dijeron?
— Que en este lugar me harían un salvoconducto provisional y...
— Imposible.
— ¿Cómo...?
Se detiene un momento. Abre un fichero, saca una hoja, la observa con detenimiento. Alza un dedo en el aire y a la vez que me lo muestra, sentencia.
— ¿Ve este papel?
Lo veo, pero no entiendo nada en absoluto.
— Aquí lo dice claramente. No señor. No extendemos esa clase de salvoconductos.
Un mareo invade mi cuerpo, tengo hambre, sed, ganas de orinar. A las cuales se suma una impresión de ahogo y sofoco. En realidad me falta el aire y la presión me excede. Prosigue.
— Un documento así sólo puede expedirlo la policía.
— La... ¿Oiga? No son ustedes un órgano más de la…
— No.
—Me está diciendo que después de todo eran ellos quienes deberían y no...
— Exacto. La policía, proclama.
— Pero ellos me aseguraron que ustedes eran... quienes...
— Nosotros, nunca. ¡Jamás!
— Un momento. ¿Podría hacerme el favor de ser más clara? ¿Qué quiere decir?
— Quiero decir ¿señor...?
— Morales.
— Sr Morales debe usted volver a las oficinas de comisaría y reclamar el salvoconducto al cual tiene todo el derecho de...

Al otro lado de la sala retumba una detonación. Fragmentos de alicatado y un polvo espeso cubren la sala. A continuación, toses, segundos de silencio y estupor. De repente un segundo estallido pero ahora de alaridos, gemidos, llantos de miedo y dolor. Hay un corte de luz, seguido de más gritos de facto inhumano. La sala queda en penumbra. Las colas de gente que aguardan en la zona donde estamos se agolpan sin control mientras empujan y aplastan, tratando de ganar posiciones a los de delante. Se oye el ulular de sirenas de las ambulancias y también de la policía que interviene y sin mediar palabra, comienza a repartir mandobles con sus porras de acero. Me encojo sobre la silla y apurado, casi histérico, pregunto a la funcionaria.
— ¿Qué pasa? ¡Qué ocurre!
La funcionaria Shiwarta Phesawarita saca un espejito de un bolsillo naranja que pende de la espaldera de su silla, hace un aspaviento con las manos en tanto se maquilla las mejillas, y dice.
— Nada. Una bomba.
— Bomba... ¡Una bomba! Clamo aterrado.
— Si, señor Morales. La tercera en seis meses. A los radicales no les agradan las instituciones del Estado.
— Ya... Digo mientras resuello agitado.
De pronto una fila de hombres acosados por la policía irrumpe saltando sobre la mesa de la funcionaria. Tras esquivarlos, con la actitud de un desvalido, me vuelvo hacia ella y aprisionando con desesperación sus manos entre las mías le pido.
— Mire usted señorita Shiwarta, tiene que ayudarme. Verá... Me encuentro en una situación angustiosa y muy difícil...
Permanece mirándome distante, fría, con ojos imperturbables. Y añade.
— Sr Morales... Voy a pasar por alto su actitud porque es usted extranjero. Pero aquí esas confianzas no son de nuestro agrado. En cuanto a lo de difícil – inquiere sin siquiera mírame – ¿No ve usted los cientos de personas que hay aquí? Si escuchara uno sólo de los problemas de cualquiera de estos hombres comprendería lo que es encontrarse en una situación realmente difícil.
Incrédulo, miro de reojo a la funcionaria. Me incorporo sobre la silla, tiro bruscamente de sus manos y le suplico.
— Por favor, lo necesito. ¡Hágame el maldito salvoconducto! Sé que está en su mano. ¿No comprende que es necesario para que pueda salir de... de esta locura de lugar?

La presión es casi insoportable. Como en una diminuta isla estamos rodeados de gente que nos observa con miradas ajenas. Sin embargo, pese a lo extremo del momento, la funcionaria no parece alterarse ni da por concluida su sesión.
De repente se oye una nueva detonación de mayor intensidad. Los cimientos tiemblan. Sobre la mesa aterrizan trozos de ladrillo, cal y alicatado. La funcionaria alza la cabeza teñida de blanco hacia el techo y alega.
— ¡Vaya! Parece que hoy van en serio.
En esos momentos, me convierto en un aterrorizado cúmulo de nervios que sólo desea lograr su objetivo al precio que sea. El griterío de nuevo es ensordecedor. En cuanto a la policía, mediante su labor no hace sino incrementar el pánico y con ello el número de víctimas y heridos. Fuera de control, le increpo.
— ¡Ya estoy harto! Exijo me rellene ese salvoconducto. Y alego. ¡Soy ciudadano de la Comunidad Económica Europea!
Me mira. Por primera vez parece satisfecha, o quien sabe, quizá feliz. Pero no está feliz.
— Ya y usted por eso mismo se considera... ¿ciudadano de primera clase? ¿No es cierto? Se lo dijeron y se lo creyó.
Sumido en la algarabía reinante la miro estupefacto. Balbuceo. Trato de cambiar mi imagen. Pero ya es inútil, está hecho.
— No. No... Como un manantial brota de su garganta, crece y se extiende su risa. Haciendo equilibrios se sube sobre la silla alza ambos brazos en alto y mirando en todas direcciones, grita
— ¡Hey! ¿Sabéis qué? ¡He encontrado a un ciudadano de primera clase! ¡Lo tengo aquí, conmigo! Parece un tipo importante. Sabéis... ¡Tiene mucha, mucha, prisa!
Y prosigue riéndose. En realidad ríe y ríe sin cesar. De pronto los hombres que están a su lado se contagian y comienzan también a reír. En unos instantes todos, heridos, niños viejos, paralíticos, leprosos, prostitutas, ríen con felicidad desbordada. La carcajada se extiende por la amplitud del recinto como un eco alegre, feliz y vital...
— Saya-ng-kaa-laam. Dice ella mirándome divertida y risueña.
— ¿Cómo dice?
— Naa-lai-ku. Naa-lai-ku. Vuelve a decir.
— Perdone... No entiendo. ¿Podría hablar en mi idioma?
— Vi-diya-kaa-laai. Murmura.
Con el semblante impregnado de digna serenidad se baja de la silla, se introduce en la masa y desaparece unos instantes. Pienso que tal vez haya entrado en razón y se decida a consultar si debe concederme mi –razonable – petición. Pero no...
La descubro de nuevo. Habla con los de seguridad. Me señala. Dos hombretones se acercan a mí me aprisionan por las axilas y me cargan a rastras.
Lo último que oigo pronunciar a Shiwarta es un: “Bienvenido a nuestro país, Señor Morales.”
Forcejeo, grito, protesto. Recibo un contundente golpe en la cara que me deja en estado comatoso.

Ahora estoy en la calle; lo veo todo en lila. La gente el ambiente y las bellas mujeres visten de lila. El cielo está igualmente de un precioso y sorprendente color lila...
Hay un tráfico intenso, motos ocupadas por tres cuatro y hasta cinco pasajeros, taxis abollados, viejos camiones, autos, vacas atravesadas en medio que todos esquivan, mientras circulan, al tiempo que hacen sonar sus claxon junto a la marea lila de gente que inunda la acera y pasa casi sobre mí sin llegar a pisotearme.
Estoy sentado con las piernas cruzadas y la cabeza inclinada, mareado y hambriento. La alzo. En ese instante se detienen ante mí dos hombres sudorosos; portan un pesado espejo rectangular, entonces me veo reflejado por primera vez tal cual soy... ahora. ¿Desde cuándo soy así?
Mi pelo, larguísimo, se encuentra recogido en un peinado de moño alto; tengo un rostro afilado, con ojos pequeños y brillantes, mi caja torácica es un saco de huesos al desnudo, teñido por un acartonado bronceado, y mis caderas endebles, apenas están cubiertas por una fina gasa de tela, mientras mi único brazo, delgado y quebradizo como un palo de billar, con la palma de la mano extendida boca arriba, aguarda el momento preciso.
Uno de ellos termina de saborear un resto de pollo y lo arroja. Con agilidad fulminante muevo unos centímetros el brazo y aterriza sobre la palma de mi mano que se cierra con la voracidad de una planta carnívora. De forma inmediata sonrío al hombre y musito una corta oración. Doy gracias a Shiva y comienzo a roer con feliz parsimonia mi ración diaria de amor y humildad en mi mundo color lila, mi pequeño mundo de mil millones de almas...

José Fernández del vallado. Josef. /09/08/ 2007. Arreglos 2010.
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Por cierto esta es mi entrada número 202! Casi ni me lo puedo creer...


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