sábado, febrero 13, 2010

Camino al Carrefour...


Me desperté con hambre, sin ganas de escribir y con ganas de leer. Era el día de los enamorados. Como no sabía que leer traté de escribir pero solo logré llegar hasta el supermercado que hay cerca de mi casa, donde compré una bolsa de patatas. Me di cuenta tratando de recordar algún amor; no amaba otra cosa que a mi bolsa de patatas. No quería que nadie la viera, por eso la escondí dentro de una bolsa del supermercado, luego me acerqué a la barra de la cafetería, pedí un café y me quedé pensativo: ¿Café con patatas?
Le dije al barman Erik – no Erik el Rojo sino el filipino - que pensaba ir al Carrefour a comprar un TDT para mi viejo televisor y le pregunté si sabía de la existencia de TDT inalámbricos. Me miró con sus ojos oblicuos y me dijo que no. A mi lado una voz femenina corrigió que en efecto existían, y añadió que había oído que los había de la marca Energy.
Mirando de reojo, para no resultar desconsiderado, constaté que se trataba de una preciosa pelirroja. Sin bajarme del tren de la fortuna le pregunté si tenía algo que hacer. Me dijo que si, pero matizó, no era nada importante. Entonces le propuse que me acompañara al Carrefour, para mi sorpresa accedió.

Ambienté mi viejo Peugeot poniendo una cinta de música y ofreciéndole la bolsa de patatas. La recibió con un ¡Oh! de alegría, y pusimos rumbo al Carrefour.
En el supermercado nos desvelaron la cruel realidad. Los TDT inalámbricos no existen – me dijo un chico enterado – y todavía no sé si es realidad.

Era el día de los enamorados y había mucha gente husmeando. Gabriela – que así se llamaba – me rogó que ya que nos conocíamos y era el día... si no podría hacerle un regalo. Para su vago conocimiento le informé que no estábamos enamorados. Insistió en que sí, repliqué que no. De pronto puso sus delicadas manos en mi cuello y me besó con desparpajo en la boca. ¡Allí, delante de toda esa chusma! Comenzaron a aplaudir como en una serie barata americana. Cuando salimos le había comprado una laptop Toshiba Satellite 305-SP5806R. La verdad, todavía me estoy preguntando cómo me consiguió embaucar. La cuestión es que de repente el día se tornó de un color rosa insoportable en el que todo ¡todo! parecía florecer. Y yo... por primera vez en años ¿me sentía estúpidamente enamorado?

No me anduve con rodeos. Fuimos a casa y estuvimos haciendo el amor durante la tarde y parte de la noche. Dieron las once y media y extrañamente y de forma desesperada, me rogó si la llevaba a su auto. Antes de irse le pregunté si llevaba una fotografía cuando debería haberle preguntado por su móvil (soy un romántico sin cura). Desplegó un estuche, algo así como un álbum de fotos en miniatura, sacó una y me la dio. A continuación me quedé sorprendido ¡su vehículo era un Alfa Romeo! La muy lista se había ahorrado el gasto de carburante. Arrancó, traté de seguirla con mi Pugeot, pero manejando a una velocidad sorprendente, su coche se perdió en la oscuridad del horizonte...

Y ahora, faltaban apenas diez minutos para que el día de los enamorados finalizase, y yo, no tenía nada de ella excepto una miserable fotografía.
Con tristeza caí sobre el sofá de mi habitación y permanecí ojeándola hasta quedarme dormido.

Me desperté con hambre, sin ganas de escribir y con ganas de leer. Abrí el libro de Asa Larsson, Aurora Boreal, y comencé a leer. Llamaron a la puerta; abrí y era Gabriela. Me dijo que teníamos que volver al Carrefour y cambiar el laptop que habíamos comprado. Le contesté que de acuerdo, pero iríamos en su coche. Me dijo que solo había un coche, nuestro Peugeot.
Cuando íbamos camino al Carrefour me di cuenta, en mi vida tan sólo existía una mujer: Gabriela...

José Fernández del Vallado. Josef, Febrero 2010.


viernes, febrero 12, 2010

Mi vida está poblada de mujeres que fueron, pudieron ser y…




Hace una tarde fría de enero. Salgo de mi trabajo y tras beber unas cervezas donde Raúl, el peruano, me siento sumergido en una ligera ebriedad. Me despido de él y llamo por teléfono a Londres. La mujer a quien quise y sigo queriendo, aún está allí. Me cuesta entenderme con ella, y más concebir donde se encuentra. Como siempre, con voz cansada me inquiere por qué la llamo y añade, que no sabe cuando vendrá y siquiera si volverá.
Cuelgo y permanezco fijándome en el sutil vaho que impregna mi boca. Parece una tarde tranquila, aunque no demasiado. No, no hay lugar para el sosiego en un atardecer lánguido, impregnado de desamor y desánimo...
Voy dejando manzanas atrás hasta descubrir la entrada de un viejo teatro reconvertido en bar de renombre.

Tras la barra una mulata de rostro agradable sirve las copas. Sin pensarlo me encuentro acomodado en una butaca, cerca de ella.
Se acerca a mí sonriente y me pregunta que deseo tomar. Le pido un cubalibre y le explico que trabajo unas calles más arriba. Me agradan su aroma y sus ojos. Le pregunto si es dominicana, y con orgullo y un acento que no da lugar a equivocaciones, me contesta que así es. Durante unos instantes conversamos sobre su país. Yo estuve allí; en El lago Enriquillo y sus cocodrilos, la celestial playa de Bayahibe, o la locura sin freno de la capital: Santo Domingo...
Miro dentro de sus ojos, estudio su sonrisa y veo a otra mujer. Mi vida está poblada de mujeres que fueron, pudieron ser... y se transformaron en pálidos recuerdos.
No estoy triste; tan sólo algo desolado por esos momentos felices que llueven a cuentagotas.

Pago y dispuesto a irme me levanto de la banqueta. Recorro con la mirada el local sin explicarme qué me atrae de ese lugar. En ese instante ella me explica que finaliza su turno de trabajo, y me propone ir a tomar una copa. Sabe de un buen lugar.
Al cabo de un rato nos encontramos en un karaoke tomando una copa en silencio mientras presenciamos el patético espectáculo.
Algo más tarde beso sus labios dulces y sinceros. Después, le propongo que me acompañe a mi hogar.
A la mañana siguiente despierto y ella no está ¿o nunca llegó?
Los nudillos de los dedos me duelen, no entiendo el porqué. Desayuno, bajo las escaleras, adquiero el periódico y en una breve reseña, descubro:
“Joven mulata asesinada. Estrangulada y degollada en el centro de Madrid.”
A su lado hay una foto. Me suena, pero no reconozco la fisonomía con claridad.
Permanezco frío. Trato de concentrarme y recordar qué pudo suceder a partir de cuando le propuse... Pero mi mente está en blanco; sin duda, la borrachera y sus efectos.
Al atardecer vuelvo temblando al viejo teatro y con alivio compruebo que ella está allí. Me dispongo a saludarla con regocijo, cuando – para mi sorpresa – ella, mirándome con irreverencia, me dice.

— No atendemos a borrachos. ¡Lárgate de aquí!
La miro sin comprender. Mi mente sobrevuela como un torbellino confuso. Por fin digo.
— Pero entonces, ¿y qué de ayer...?
Se cruza de brazos, permanece mirándome con seriedad y pregunta.
— ¿Ayer qué? Y sentencia. — Ayer fue una mierda.—
— ¿No lo pasaste bien...?
Se ríe, se acerca más a mí y me dice.
— Escucha, pelmazo. Lárgate antes de que llame a Luis y Paco y te den una paliza. ¿Está claro?
Salgo furioso de allí. Sin entender voy de bar en bar y me siento mejor, mucho mejor...

A las cuatro de la madrugada me encuentro en la calle, adherido a una pared. Mi mente ha dejado de preocuparme; ahora no soy solo yo, sino un ente que susurra palabras al oído. Mis ojos, inyectados en sangre, divisan a una mulata que pasa a unos metros de mí. En cuestión de segundos la sigo, pese a mi ebriedad me he vuelto sigiloso.
A la vuelta de una esquina la aguardo. Cuando me descubre, se lleva un sobresalto. Trato de calmarla y le explico: No hay razón para temer. Le propongo acompañarla hasta su casa. Incapaz de hablar accede asintiendo con timidez y clara desconfianza. Por el camino voy contando chistes, ella se relaja, se anima y me mira con una sonrisa ¿de recelo? Pero también de sosiego. En un momento determinado advierto nuestro deseo. Reconozco esos ojos. La abrazo con fuerza y la beso. Para mi sorpresa, ella gime y trata de liberarse. Sólo deseo que se tranquilice. Ahora estamos debajo de una iglesia. La llevo tras los contrafuertes y le farfullo que se calle, prosigue alterada. Resollando, miro dentro de sus ojos – estudio su sonrisa y veo a otra mujer –. Entonces lo sé. No es ella. Mi vida está poblada de mujeres que fueron, pudieron ser... y se transformaron en pálidos recuerdos.
Le propongo que venga a mi casa.

A la mañana siguiente despierto y ella no está ¿o nunca llegó?
Los nudillos de los dedos me duelen, no entiendo el porqué. Desayuno, bajo las escaleras, adquiero el periódico y en una breve reseña, descubro:
“Joven mulata asesinada. Estrangulada y degollada en el centro de Madrid.”
A su lado hay una foto. Me suena, pero no reconozco la fisonomía con claridad...
Permanezco frío. Trato de concentrarme y recordar qué sucedió, mi mente está en blanco. De nuevo la borrachera y sus efectos y las absurdas coincidencias. Lo sé. No fui yo...
Al cabo de un rato estoy decidido. Volveré al viejo teatro... Necesito volver a verla. Sin querer hurgo en mis bolsillos y en un trozo de papel encuentro anotado un teléfono, ¿su teléfono? Llamo y pregunto por Dulce. Alguien contesta y dice que Dulce no volverá. La han asesinado me explica hipando muy triste y a continuación me pregunta quien soy. Permanezco en silencio, con el corazón palpitando, y cuelgo el auricular.
Al darme la vuelta lo sé: “Mi vida está poblada de mujeres que fueron, pudieron ser... y se transformaron en pálidos recuerdos...”


José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2010.


miércoles, febrero 10, 2010

Horizontes de tranquilidad.



Me gustaba escuchar nueva música. En cambio me molestaba confundirme al teclear. Empecé a abandonar viejas costumbres de Internet, ya apenas chateaba por msn, hasta que conocí a Laila. Entonces experimenté un rejuvenecimiento espiritual y volví a creer que por la web era posible ser franco con las personas.
De Laila me agradaba casi todo. Oír su voz delicada y dulce, ver las fotografías que me hablaban de su belleza, escuchar sus frases cargadas de sentido del humor. En cambio no me convencía cuando me aseguraba que en realidad no era bella y que no se sentía satisfecha con su físico. Me puse a pensar sobre eso. Yo nunca me había encontrado disgustado con mi físico y sin embargo no era un dechado de virtudes. Había personas que le concedían demasiado valor en la vida a su carcasa cuando lo que en realidad merece la pena de nosotros es... No, tampoco nuestro falso carisma; sino la sinceridad con que enfrentemos las cosas. No me embriagaban las personas que hacían del mundo un secreto; el mundo no es un secreto, si acaso la muerte y la vida son lo que realmente embriaga. Pero esas son esencias que nos sobrepasan, naturaleza en sí.

Transcurridos un par de años de estancamiento decidí ir a visitarla, se lo dije, y se asustó. Pero yo ya había tomado el avión y estaba allí. No pudo hacer nada sino recibirme. Todo sucedió muy deprisa, nos enamoramos, en realidad ya estábamos unidos por un lazo de resistencia a prueba de humanidad.
Nos establecimos en una casita de madera junto a un lago amplio y de aguas cristalinas, éramos pobres por fuera pero ricos de espíritu. No tuvimos hijos; nuestros hijos eran los animales que nos rodeaban. En invierno nuestros vecinos humanos se iban y nos quedábamos solos en la cabaña. Arropados junto al fuego leíamos libros sin parar y nos relatábamos historias de duendes y descubrimientos en lugares inexplorados. El invierno era muy duro, aunque no más que la rudeza de nuestras vidas unidas y tal vez solitarias, pero pobladas de aliento y amor.

Cuando nos hicimos viejos el lugar había cambiado bastante. Ahora era un paraje de turismo y había gente que se había trasladado a vivir llevando televisores, radios, autos chirriantes, y toda aquella parafernalia.
Nos costó decidirlo pero al fin, una mañana de invierno, cargamos el trineo y nos pusimos en marcha. Seguiríamos yendo hacia el sur, alejándonos de la naturaleza podrida de la humanidad, acercándonos a la naturaleza pura del planeta.
Cuando el sonido del último motor se desvaneció en la distancia, comprendimos que habíamos alcanzado la barrera de nuestra nueva libertad. Detuvimos el trineo; nos sentamos sobre la nieve y escuchamos latir el sosiego de la subsistencia. Estábamos más vivos que nunca. Comenzamos a construir nuestra cabaña.

José Fernández del Vallado. Febrero. 2010.


domingo, febrero 07, 2010

Matrimonio.



Una tarde de un día estaba en la iglesia, ante el altar. Era el día de mi boda. Había esperado más de cinco años. Frente a mí estaba el Padre Mateo, detrás de él el cristo de bronce y a mis espaldas mis primos, parientes y demás invitados.

Mi amada y futura esposa, Alexia, recién llegada de Rusia, entraría en instantes. Llevaba un retraso de más de tres cuartos de hora, aunque nunca nos hubiéramos visto, ella jamás me había fallado.

Cruzaba las manos delante y luego las trababa detrás. Rezaba oraciones que creía olvidadas a un Dios en quien nunca creí. Me sentía grotesco hablándole de mi falta de fe. Los bisbiseos seguían y seguían mientras yo amarilleaba y sudaba a raudales.
Una sombra cruzó el umbral, era un hombre. Caminó abriéndose paso entre las adelfas y las rosas, sin preocuparse de nada, llegó hasta mí y me entregó la carta. O uno de aquellos sobres impregnados de aroma que siempre recibía. Lo abrí y leí.

Estaba en Yaroslavl una ciudad cercana a Moscú y no llegaría nunca. Me recomendaba que no la buscara y me agradecía el dinero enviado. A continuación me revelaba la traicionera realidad. Se había comprometido con el hombre a quien de verdad había amado en la vida real y no en la virtual...


Rompí el sobre en mil pedazos. Un siseo de asombro recorrió la iglesia, comencé a temblar y todo empezó a dar vueltas hasta convertirse en una espiral de luces y colores, figuras distorsionadas, bocas torcidas, risas, sarcasmos...

En ese momento, al final del pasillo, surgió la figura de una mujer ceñida en un vestido blanco de encaje y se hizo un silencio de estupor. Iba acompañada por un niño, igualmente de blanco, una niña sujetaba más o menos extendida la larga cola de seda. Y el arco de la entrada que en instantes se había transformado en la boca de una tumba, pasó de ser un infierno a convertirse en un Edén.

La mujer llegó hasta mi lado, yo temblaba y era un manojo de nervios que sin darse cuenta lloraba.
Me tomó de las manos y pude notar su calidez.

— Y tú... ¿quién eres? Le susurré entre incómodo y agobiado.

Ella me miró, se retiró el velo que cubría su rostro y reconocí algo familiar en aquel... ¡Pero qué...!
Balbuceé unas palabras ininteligibles y ella dijo.
— Sí, es justo lo que piensas. Soy un ángel. Tu ángel de la guardia. Siempre te vigilé y estaba al corriente de la trama. Y añadió.
— Pensaba decírtelo, sabes. No eres el único ¿entiendes? Y con languidez prosiguió.
— Perdona por no haberme decidido hasta hoy, soy una tonta... pero te quería y...
Permanecí mirándola asombrado. Un escalofrío recorrió mi espinazo. No daba crédito. Aquella ¿mujer? era hermosa; no necesitaba ser Rusa ni de cualquier país del Este.
— Por si no te acuerdas debemos irnos ya. Añadió con timidez.
En aquel instante el padre me preguntó si deseaba enlazarme. Aterrado farfullé un si desgajado y me desvanecí.
Cuando volví en sí la gente lloraba, pero también aplaudía y ella, ¡me besaba en los labios!
Había tenido suerte me dije, era como si me tocara la lotería. Otros jamás la tienen. No es fácil encontrar a un ángel de la guardia que se enamore de ti... o quizá todos lo hagan...

José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2010.


jueves, febrero 04, 2010

Voracidad.



No tiene ojos, tan sólo protuberancias blanquecinas sobresalen en un cráneo del mismo color.
Recién salido de su estado larvario, se revuelve inquieto en el fondo del contenedor de basura del puerto, un instinto ancestral le revela de forma irrevocable su necesidad de alimentarse. Abriéndose paso mediante uñas como ganchos entre los desperdicios, escala hasta el borde del contenedor, asoma su belfo gelatinoso y ventea.

A media manzana de allí, tras una noche agitada, la joven Lorena Duprés, sin ducharse y desprendiendo todavía un penetrante aroma a sexo, sale del prostíbulo. Cubriéndose los ojos de un repentino rayo de sol, camina de forma alborotada con síntomas de ebriedad y cansancio.

Un pedazo de tela negra cubre apenas unas nalgas que destacan estremeciéndose en voluptuoso balanceo; la cintura del ancho de un caño. Una ajustada camiseta sujeta unos senos a punto de estallar, enardecidos por la febril calidez matutina. Sobre una maraña amarilla destacan unas gafas de sol con una lente rota; trastabilla sobre tacones finos como tacos de billar.

El color de la mañana se torna amarillento cuando pasa bajo el macizo del contenedor. Se detiene un instante y se afana en encender un cigarrillo. Como el látigo de un sátiro, un tentáculo se ciñe a su cintura en instantes, se filtra entre sus piernas y elevándola, la arrastra al interior.

Traspasado el límite de lo razonable algo húmedo se descuelga del contenedor y se posa en el suelo, trastabilla dos o tres veces, se seca la pulpa del cabello y comienza a caminar arreglándose. Satisfecha de su último cliente la hermosa Lorena Duprés camina relajada a su escondrijo. Esa misma noche no tardará en encontrar nuevos “clientes” de los que... alimentarse...

José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2010.


martes, febrero 02, 2010

Sueños de Vida.



Hace una tarde ociosa. Afuera está nevando; dicen que es muy bonito. Diminutas estrellas de agua cristalizada aterrizan dejando acolchados, capa tras capa, doloridos sentimientos de desidia.
No hago nada por evitar lo que vendrá, el pasado se difumina entre las primeras capas de un invierno abrumador. Me duele la pierna que me rompí; recuerdo de unos desmanes que la pegajosa humedad me devuelve. Son las siete y media de la tarde; tarde para tratar de recuperarme de una pesadez opresora; no hago nada por evitarlo, y el tiempo sigue cayendo como un manto púrpura y letal sobre mis hombros mientras la temperatura vital se detiene a cero grados, una balada despierta lánguidamente mi deteriorada evocación y recuerdo. Fue así como una vez amé, entre la nieve, sin temer a la vida ni a ella.
Hoy vivo rodeado de temores, me he vuelto débil y desconfiado, mi corazón está contenido en un puño y mis sentimientos laten tras una vieja corteza de roble. Pero su belleza sigue ahí; trato de ver su semblante cada vez con más ansiedad, rozar el rostro que una vez amé y hoy olvido. Abro la puerta, salgo a un campo instalado en una blancura silenciosa y camino sobre la nieve dejándome llevar. Estoy solo de nuevo. ¿Cómo he podido hacerlo? Sin duda cultivo el arte de enterrarme y confundirme en mi propia soledad. Camino cada vez más deprisa, tropiezo, caigo y me revuelco sobre la nieve hasta detenerme paralizado. Ante mí diviso el banco donde nos sentamos y nos besamos sin hablar. ¿Todavía lo recuerdo? ¿Es ya lo único que queda de una vida que pudo ser?
No. Ella solo fue un sueño; sigo envuelto en la irrealidad de un escenario que siempre me ha superado: El de la vida.
Estoy solo pero por fortuna no me he perdido en una oscuridad irreversible. Doy la vuelta, las luces de mi casa iluminan el sendero nevado. Ya es hora de volver. Mañana volveré a despertar...

José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2010.


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