viernes, marzo 11, 2011

Documento 6


Imagen tomada de Internet.

Tras el desfase de la noche de madrugada me dolía la cabeza. Aunque era necesario; el whisky relaja mi organismo, no como otras clases de alcohol. Y, sin embargo, tampoco es la solución a mis problemas o a mi vida rutinaria y deplorable.
Me levanté temprano, vomité varias veces. A primera hora estaba en la oficina del Ministerio. Se abrió la puerta de mi agobiante despacho y allí estaba: El director. Dejó deslizarse sobre la mesa el archivo y acabó limpiamente en mis manos. Nada más verlo lo supe; todos habíamos oído hablar de él. Era conocido como Doc 6. Nada más.
Al abrirlo encontré el resultado de su enigmático secreto. Narraba la historia de un hombre cualquiera; o casi. Ya que a un cualquiera no le sucede lo que al señor Sergio Agusti.
Vivía en el norte de España, en una ciudad agraciada y cosmopolita donde se dedicaba a arrendar edificios. En primera línea de playa poseía varios inmuebles con vistas que eran bastante envidiados.
Cuando las tropas de Hitler controlaron Europa y comenzó la caza de judíos, Sergio Agusti fue denunciado y deportado. Dicen que lo enviaron primero a Angouleme, y desde allí el convoy 927, el primero de deportados de toda la guerra, lo transportó hasta Mauthausen.

El suceso la suerte o condena de Agusti comenzó cuando lo desnudaron para gasearlo. Hicieron formar a los prisioneros a las puertas de lo que llamaban las duchas y en realidad eran cámaras de gas. Al pasar revista un sargento se detuvo tambaleante ante él. Acababa de fijarse en la marca de nacimiento que Sergio tenía sobre el hombro izquierdo. Era, sin duda, una cruz gamada perfecta.
Alarmado ordenó separarlo de la formación y de forma inmediata y en secreto fue llevado ante el comandante del campo: Fran Ziereis; quien, sin dejar de mirar aquella cruz blanquecina con ojos de espanto, por pura superstición, fue incapaz de ejecutarlo, y a la vez estremecido ante las nefastas consecuencias que podrían derivarse de exponerlo ante la saña iracunda de un führer celoso, dio orden de encadenarlo y encerrarlo retirado en un zulo de la Selva Negra.
Allí permaneció hasta finales de la contienda. Tras el desembarco de los aliados Fran Ziereis entrevió la derrota del Reich, y antes de que Francia cayera, ordenó su traslado a España.
Desde entonces han transcurrido catorce años. Leo el anexo añadido a última instancia en el folio final del informe. Dice:
Según órdenes del Generalísimo y con vistas a la cercana visita de su Excelencia, el Presidente Norteamericano: Dwight. D. Eisenhower, el señor recluido en el anexo 000 de la cárcel de Carabanchel, también conocido como Doc 6, debe ser eliminado.
Tras firmar el documento dando el visto bueno todavía me encuentro peor. Sin pensarlo me incorporo y abro la puerta en silencio. Nadie me ve. Salgo a la calle y tomo un taxi. Al cabo de veinte minutos me deja en las puertas del penal. Portando el informe una reja tras otra cede a mi paso.
Finalmente el portón blindado de una de las mazmorras más apartadas se abre y me detengo ante un hombre pálido y calvo que contempla mi uniforme de funcionario sin siquiera manifestar un leve gesto.
Le tomó de las manos y le digo.
— Vengo a sacarlo. ¡Voy a liberarlo! Ya es hora de...
El hombrecillo lentamente se incorpora. Tiene casi mi altura. De forma comedida eleva la cabeza y clava en mí una mirada abismal y vacía. Trato de sacar el revolver. Mi corazón comienza a palpitar de forma desenfrenada y sin querer pronuncio.
— Es usted el... ¡Diablo!El documento. Ahora veo claramente el anexo. Al pie de letra contiene un 666 ¿verdad?
Permanezco abstraído y fuera de mí. Le oigo decir.
— ¡Vamos! No imagine estupideces. El Anticristo no existe. Pero ¡Oh! No es necesario que me saque de aquí, la verdad, estoy francamente bien. Además, ahora con las pruebas nucleares y la guerra fría el mundo marcha y me gusta. Descuide, saldré de aquí cuando sea necesario.
Luego señala el anexo y dictamina.
— Por cierto. Ya puede ir eliminando ese inútil legajo.
Con manos temblorosas saco el mechero y lo quemo. Vuelve a clavar su mirada sobre mí. Me atemorizo. Añade.
—  Por favor, ahora regrese a su despacho, y olvídese de mi existencia…

José Fernández del Vallado. Josef. 2011
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Reacciones:

23 libros abiertos :

Post más visto

Otra lista de blogs