lunes, marzo 14, 2011

La Consulta.


Imagen tomada de Spanish Deviants.

En aquel cuartito pequeño, Nora espera sentada. Observa el gris del suelo y piensa en lo mucho que odia ese color. El gris sólo para los finales de los cuentos que lee, pero basta, con ese matiz ya tiene demasiado. Aún no entiende por qué está allí, por qué sus amigos insisten tanto en que vuelva, que en aquel sitio la ayudarán, si ella no tiene ningún problema. Sin embargo no hace nada por escaparse. Nadie parece entender que encerrarse en su casa no es un trastorno, sino una decisión firme de alejarse de personas inútiles, algunas veces soberbias y pedantes otras, que a ella no le interesa ser parte de ese siniestro mundo.

De todas formas, allí sigue, sentada en uno de los tres bancos dispuestos en hileras. Unos pocos seres humanos también esperan a su lado. Siente hambre. Quizá sería buena idea robarse uno de los alfajores que están sobre la mesa. No lo hace, mejor guardar en sus bolsillos uno de los blisters de pastillas que cuelga de una especie de árbol navideño que, alguien, con mucho humor y sarcasmo, hizo. A veces pierde la calma si tiene que esperar demasiado. Es entonces cuando necesita de ese sabor peculiar debajo de la lengua. Como todos los que están allí. Algunos más, otros menos, pero todos reconocerían que son mucho más felices con un rivotril encima, si se les preguntase. Todo lo que termina en zepam hace bien; salvo el amorezepam medita Nora. Ése lastima y mucho.

Los viejos marcianos con sus manos en los bolsillos, detrás de la mesa, llaman a los terrícolas enigmáticos para evaluar si continúan del lado de afuera o tal vez sea apropiado que pasasen una temporada allí dentro. Quién sabe. Nora siente que es un conejito de indias sometida a la experimentación de estos sujetos de guardapolvos blancos.

De pronto, una puerta chilla y se abre. Nora reconoce a la mujer que desde lejos la llama. Se terminó la espera. Son las once y media, es su turno. Se apura, no sea cosa que pase su cuarto de hora y tenga que regresar a casa sin su receta mágica, aquella que entrega en la farmacia a cambio de una buena dosis de felicidad instantánea.

Helena, la psiquiatra, le hace pasar. Es un despacho pulcro y cuidado en una zona céntrica y cara de la ciudad. De hecho, la sesión le cuesta un riñón. ¡Uf! Se arruina con aquello, se quema. Debe hacer algo y terminar con esa situación ¿estresante? No. Vamos. Si ella no está estresada. Ni siquiera entiende qué quiere decir esa absurda palabra.

Mientras le ayuda a despojarse del abrigo, le invita a sentarse. Hace frío en la calle, en cambio allí dentro todo es cálido, tranquilo e incluso, relajante.
Se sienta donde siempre, frente a ella, en su lugar al otro lado de la mesa de cristal. Ella es siempre correcta, atenta y perfecta; sabe guardar las distancias. Sí, sabe comportarse y transmitir bienestar mediante esa mirada preciosa y su rostro firme y aburrido. ¿Aburrido? ¿Acaso la aburre? ¿Qué pensará de ella? ¿Será una más en su ajustada lista de consultas? Nunca se lo ha dicho y en realidad no sabe nada de ella, ni siquiera si está casada y tiene un marido insulso listo o... imbécil. En cuanto a los fines de semana ¿Irá de compras a los almacenes como hace la mayoría de la gente mediocre? En cambio ella, le cuenta todo. Diez años dibujando con esmero los detalles más procaces e insulsos de su vida, diez años de sumisión y ha olvidado porqué está ahí...

Nora se encoge ante su mirada, la traspasa, es capaz de hacerlo sin esfuerzo, está segura. Ensaya un arranque de coraje para mantenerse serena, y pregunta.
— Dígame doctora. Sabe... ¿por qué estoy aquí?
La otra ni se inmuta. Arquea las cejas y contesta.
— Tú sabrás...
Nora permanece mirándola en silencio, mientras se frota las manos. Están frías y tensas. Sobre todo tensas. Diez años y la sigue temiendo. ¿Y por qué la teme? ¿Por qué no se lo dice y acaba de una vez?
“Helena te temo. Tu mirada me desconcierta y descentra por completo.”
¿Por qué en todo ese tiempo no han sido capaces de compartir un mate o un café ni han hecho un esfuerzo para intentar ser amigas? Y por qué después de cada consulta tiene que dejar sobre la mesa esos ciento cincuenta pesos. ¿Por qué el dinero? ¿Por qué? ¡Exige saberlo! En realidad no exige nada. En cambio, contesta.
— No lo sé...
De nuevo los ojos clavados en ella. La expresión de la doctora cambia, utiliza un fascinante aire de Madonna, y le dice.
— ¿No lo sabes…? O no quieres saberlo.
El qué, piensa Nora ¿Qué es lo que no quiere saber? Dónde reside el misterio de su vida, de su pasado. Que ella sepa, su actitud como persona, como ser humano, ha sido siempre intachable. Al menos mejor que la de cualquier desgraciado de...
Su mano izquierda comienza a temblar. Con disimulo la oculta bajo su brazo derecho. Son ellos, los echa de menos, los medicamentos. Para colmo no recuerda qué ración ha olvidado tomar esa mañana.
— Cuéntame. ¿Cómo te va? Le pregunta la doctora mirándola de forma inquisitoria.
Y qué... Qué hay que contar cuando en la vida no pasa nunca nada. Si todo se resume en un continuo fluir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Claro que, para esa clase de pregunta sí está prevenida y lleva respuestas preparadas. Utiliza una que tal vez suene bien y convenga.
— ¡Oh! Sabe.... Ayer le compré un gatito a la Candy.
La doctora permanece en silencio unos segundos, sus labios esbozan una sonrisa... ¿burlona? Y mirándola divertida, le inquiere.
— ¿Le compraste una gatita a tu gata?
¡Vaya por Dios! Sin querer debe de haberse tomado doble ración de Orfidal, piensa Nora, y la memoria le falla. Sonríe nerviosa y corrige.
— No... En realidad fue a mi hija. Sí, a mi hija...
— ¡Ah! Y dime. ¿A cuál de tus tres hijas se lo compraste? Pregunta la doctora con renovados ojos de felicidad.
¿Tres hijas? No tiene solo... ¿una? Ya no hay duda. Algún medicamento le induce efectos contraindicados. Es su culpa por no leer los detalles de las posologías.
— Adela... Sí, Adela. Responde, y hace un esfuerzo para no chillar del miedo y la ansiedad.
Pero la doctora se ha dado cuenta. Nada pasa inadvertido a sus ojos de ave rapaz ¿o de rapiña?
Ejecuta una mueca contrita, y lo dice. Pregunta exactamente lo que debe y lo que Nora, retorciéndose las manos sudorosas, espera que diga.
— ¿Necesitas que te extienda una receta?
Con júbilo encubierto, Nora resopla. Al fin se produce lo que desea y en realidad lo único por lo cual acude de nuevo a la consulta. Se apresura a responder.
— Pues sí doctora, en realidad preciso que me extienda varias. Se me terminó casi todo...
— Veamos, apunta la doctora. Hagamos un repaso a lo que estás tomando para ver si estás debidamente reforzada. Y comienza.
— Para estabilizar tu estado ansiolítico tomas dos pastillas de Orfidal Wyeth. Una por la mañana y otra antes de dormir. ¿Correcto?
— Sí... Así es.
— Tres grajeas de veinticinco miligramos de Topamax antes de dormir como tratamiento preventivo contra las migrañas asociadas a tu stress. ¿Correcto?
— Sí...
— Dos Frosinor de veinte miligramos después del desayuno y dos más de Deanxit para la astenia y para prevenir la depresión crónica. ¿Correcto?
— Si. Bueno... No exactamente. Tuve que añadir un par más...
— ¿Cómo? ¿Dos más? ¿Te sentías tan mal?
Sus ojos exploran a Nora de forma huraña y amenazante. Ella se echa a temblar.
— En realidad... Solo sé que tuve que añadirlas...
La doctora parece relajarse. De súbito la mira con condescendencia. Se echa hacia atrás sobre el respaldo de su cómodo sofá, y añade.
— Bien. No es problema. Es más. Para asegurarnos, vamos a añadir otras dos. ¿Te parece?
— Sí... Bueno... ¡Claro!
— Sigamos. Para regular los estados anímicos alterados y restablecer la percepción real del mundo que te rodea, tomas seis cápsulas durante la comida de Tropargal que te prescribí. ¿Correcto?
— Si, si...
— Ah, y además te voy a recetar seroxat, un antidepresivo de nueva estructura química, tres pastillitas diarias. ¿Podrás? Y para tu memoria que veo te flojea vitamina B1 y B12. ¡Por supuesto! No olvides vacunarte de la gripe este año. No te me vayas a enfermar...

Resulta curioso. Nora tampoco recuerda haber enfermado de nada grave jamás.

Una vez verificadas, le pasa las recetas. Nora las toma con manos temblorosas.
Le ayuda a ponerse el abrigo y le acompaña a la puerta. Esboza una sonrisa en cierto modo prescrita y le extiende una mano distante, que ya no forma parte de su aséptica e intachable consulta. Es Navidad, aún así ni siquiera permite que Nora la despida dándole un beso.

El Blog de Eleonor: From my forest

By Josef & Eleonor Smith.
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