miércoles, marzo 23, 2011

Sedna. (O la vida)


composición tomada de Internet.

A veces la vida interplanetaria puede hallarse más cerca de lo que suponemos…

Tras finalizar la carrera y siguiendo a rajatabla mis enraizadas pautas de misantropía, rechacé ir de viaje al Brasil con mis compañeros de curso y me embarqué en un crucero.
Zarpaba de la capital de Estonia, Tallín. Lo llamaban: “La Estrella del Mar del Norte,” pero su ruta iba más allá. Partiendo del Mar Báltico salía al mar del Norte, de ahí conectaba con el Mar de Noruega y proseguía hasta el Mar de Barents.
Durante el día me dedicaba a pasear bien abrigado y calzado, procurando no resbalar sobre las heladas cubiertas de listón. Por las noches me acostumbré a visitar el salón de juegos donde participaba en un hobby que se acabó por transformar en obsesión: El póker. Debo confesarlo, desde el principio me gustó Sedna Novak, pese a perder cantidades considerables gracias a ella – solía ganar casi siempre. –
De origen checo tenía un cabello negro y lustroso; sobre su cuello, de matiz blanco y delicado, se ceñía una gargantilla de la que pendía un rubí color sangre; sus ojos eran incrustaciones de azabache que cada noche me insinuaban propuestas misteriosas de jugadas magníficas y voluptuosidad; las manos de dedos largos y fibrosos manejaban las cartas con algo más que soltura: Magia, haciéndolas aparecer y desaparecer ante mis ojos y los de los demás.
Casi finalizada la noche, con los primeros rayos del alba (si así podía llamarse) porque en esas latitudes en invierno el sol apenas sale – siempre con recompensa – Sedna dejaba la sala se recluía en su camarote y no se la veía aparecer en toda la oscuridad del largo día.
Comencé a desearla con ansiedad a la segunda semana, me sentía extraño por ello, pero no había nada que hacer. Un empuje descabellado y seductor me inducía a acercarme a ella cada vez con mayor desasosiego.
Decidí cambiar de estrategia y con objeto de sentarme a su lado empecé a llegar tarde a las partidas. Mientras tanto el barco continuaba su irrevocable viaje hacia el norte y cada noche la partida iba cobrando matices más trágicos, si cabe llamarlos así. Ya que no me pasó desapercibido que mis compañeros de mesa, a causa de los reveses que padecían, cada vez se declaraban más irritados y groseros con Sedna. Llegué a pensar que tal vez fuera debido a las latitudes, cada día más próximas al Círculo Polar Ártico.
Una noche o la misma noche de todos los días uno de ellos creyó advertir en la jugada de siempre un movimiento con trampa. Lo cierto es que estaba ebrio. Sin mediar palabra sacó un revólver apuntó a Sedna y le disparó tres veces. De forma inmediata salté sobre él agresor y le clavé una puñalada en el pecho. Cuando me volví todos me miraban en silencio. No sabía de donde había sacado el puñal y tampoco me importó. Divisé a Sedna apoyada en una de las columnas del salón. Manchado de sangre me dirigí hacia ella la tomé entre mis brazos y juntos salimos del salón. Nadie nos detuvo.
Sin pensarlo me dirigí a una de las barcazas de salvamento, deposité en su interior el cuerpo de Sedna, me embarqué, puse en marcha el motor y antes de que dieran las voces de alarma desaparecimos en la neblina helada del Mar de Barents.

A partir de ahí, no tuve más que hacer un inventario rápido de nuestras provisiones para entender que apenas disponíamos de seis días. Me puse manos a la obra para tratar de curar las heridas de Sedna y con sorpresa me di cuenta de que toda la sangre que había en ella procedía de mí. Claro que eso era del todo imposible. ¿Desde apenas tres metros las balas no la habían alcanzado? Permanecí reflexivo un instante, hasta que el intervalo cedió paso a una eternidad de confusión, primero, y luego a un preclaro terror.
Cuando sus ojos se abrieron y se posaron sobre mí yo había dejado de ser una persona razonable y pese a desearla decidí ligar sus manos y pies con cinta adhesiva y atarla a una argolla de la embarcación.
Después transcurrieron tres días. Afuera siempre la marejada y dentro el silencio. Yo mirándola a ella y ella observándome a mí. Hasta que mi cansancio fue superior y sucumbí...
Dormí envuelto en un sueño de sensualidad en el cual por fin Sedna y yo llegábamos a un clímax esencial.
Desperté encontrándome con unos ojos tristes sobre mí, y por primera vez entendí su mensaje: Pese a lo sucedido Sedna no deseaba doblegarme. Con seguridad, debido al trato recibido, debía estar furiosa conmigo, pero no dejaba translucir esa sensación. Y yo no era capaz de mentirle, pero explicarle que lo que hice había sido porque descubrí en ella una naturaleza extraña, me intranquilizaba.
Se limitó a dejarme libre, cuando en realidad ambos éramos prisioneros de aquella barcaza y de un mar que nos arrastraba hacia el norte.
La noche que entramos en el Círculo Polar Ártico su rubí color sangre se encendió como una linterna. Su rostro cambió y levantándose vino hacia mí. Y mientras me abrazaba las preguntas surgieron solas. ¿Por qué estaba sola? ¿Por qué solo estaba activa por las noches? ¿Por qué no se relacionaba con nadie? ¿Era Sedna una rara especie de vampiro? ¿Era una alienígena? Demasiadas preguntas y solo un argumento resultó ser cierto. Sabía hacer el amor de forma delicada y satisfactoria.
Terminamos y me di cuenta con estupefacción. Ambos estábamos elevados al menos un par de metros sobre la superficie de la barcaza y así permanecimos. Asustado, me abracé a ella con todas mis fuerzas. Con suavidad me obligó a descender y me depositó en la barcaza. A continuación su cuerpo fue adquiriendo un matiz sonrosado hasta alcanzar la intensidad cobriza de su rubí. Con las piernas cruzadas, comenzó a alzarse lentamente y siguió alejándose cada vez más rápido hasta constituir una esfera roja de las dimensiones de la cabeza de un alfiler en medio de las constelaciones.
Se había marchado para siempre.

Sedna:* Situado en un espacio casi vacío, Sedna es también el planeta más rojo y más luminoso que cualquier objeto del sistema solar.
Los científicos todavía no determinaron la razón de estas características únicas. Se cree que podría poseer una pequeña luna...

José fernández del Vallado. josef. Marzo.
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