martes, marzo 15, 2011

Savia Nueva.



Imagen tomada de Internet.

El único y novel maestro que aceptó la plaza para impartir en la escuela de Junquillo, una población de escasos mil habitantes, se llamaba César.
Obtuvo el empleo dos años después de perder a su esposa y a su hijo de cinco, en un fatal accidente de tráfico, en el que aparte de ser él quien dirigía, salió ileso. Aquella triste o inexorable noche de septiembre la culpa no fue suya, sino del hombre que manejaba borracho la moto y le obligó a maniobrar. Chocaron frontalmente contra un poste del tendido eléctrico.

En la escuela tenía a su cargo unos cuarenta niños que cuando crecieran, con toda seguridad, emigrarían a la ciudad o a cualquier pueblo con futuro.
De no ser por la central nuclear de Alcañiz situada a diez kilómetros de la población, posiblemente Junquillo hubiera llegado a prosperar. Desde entonces, nadie deseaba instalarse en un lugar señalado con la divisa de la muerte.
Le costó comenzar, pues reflejado en el rostro de cada alumno encontraba de nuevo a su hijo. Poco a poco, con tenacidad, su organismo se fue abriendo a la vida. Volvió a tener apetito, sentir gusto por la lectura, adorar a los niños, y sobre todo a no sentir miedo al despertarse. Incluso algunos atardeceres, finalizadas las clases, le agradaba caminar por el “Bosque de Alcañiz,” una ilustre floresta donde robles, alerces y castaños, crecían en sintonía. Pero si comenzó a frecuentar la arboleda fue porque en ese lugar encontraba la paz que añoraba y además, aquel mes de septiembre – primer aniversario del fallecimiento de su familia – conoció a alguien que sin esperarlo, pasó a formar parte de su vida.
Arrellanada en un claro del bosque, sobre las raíces de un roble centenario, encontró por primera vez aquella belleza. Sobre sus piernas acomodaba un cuaderno de dibujo, en sus manos un carboncillo trazaba con precisión de matices y claroscuros los rincones del bosque. Se acercó por detrás, y ella sin siquiera volverse a mirar, con tranquilidad, le dijo.
— Siéntate César.
Sin decir una sola palabra – se había vuelto una persona reservada y contemplativa – César se acomodó en silencio, sin dejar un instante de examinar su descubrimiento. De entrada lo que más le llamó la atención fueron aquellos cabellos rojizos y rizados, de apariencia sedosa, luego el aroma balsámico a roble, y después, cuando por primera vez detuvo su difuminado del paisaje y se volvió para presentarse, los profundos ojos violeta de Dania.

De repente los días y sobre todo los atardeceres comenzaron a convertirse en fugaces. Se despertaba cantando; iba a clase sin dejar de sonreír. Finalizaba las lecciones y se internaba en el bosque casi corriendo, con las energías de un niño grande, respirando y oliendo con profusa intensidad el aroma de Dania. Se encontraban y se abrazaban con lágrimas en los ojos, envueltos en una sonrisa perenne; jugaban a acariciarse, sentirse, y luego a autorretratarse. En tanto que César se encontraba incapaz de lograr captar los cambiantes rasgos de Dania, ella cada vez sacaba un perfil diferente y más interesante de su semblante. A veces caminaban hablando de sus vidas, de lo que hacían y de lo que harían. Ella le refería que vivía en el pueblo vecino de Saltillo, distante a unos cuatro kilómetros. Luego, sus facciones se iluminaban y pasaba a contarle lo que más le importaba en el mundo: Aquel bosque extraordinario. A él le bastaba escucharla y la cabeza le bailaba inmersa en una burbuja de ensueño.
Un día descubrió algo distinto. A Dania le gustaba recorrer siempre el mismo camino. Se trataba de una senda que trazaba círculos en torno al roble centenario donde se encontraban. Extrañado, le preguntó a qué debía su forma de proceder, y ella, adoptando un aire misterioso, le respondió que lo hacía porque no existía ningún lugar tan ideal en el bosque como aquel que contenía su amor. A César le pareció una respuesta no solo convincente, sino tan acertada, que la tomó entre sus brazos y la besó con arrobamiento. Cuando terminó se encontró tan mareado y exhausto, que creyó desfallecer. Pero seguía vivo; sostenía en sus brazos a Dania y su corazón palpitaba como el de un chiquillo feliz.
Esa misma tarde ella se lo dijo al oído: Quería conocer a los chicos.
Al día siguiente, congregados junto a Dania todos estaban fascinados. Mientras, sentada sobre una raíz del viejo roble, ella vaticinaba el futuro de cada uno. Al último le dijo:
— Gregorio, tú volverás a hacer de este lugar un espacio digno. Y añadió. Serás el encargado de eliminar la Energía Atómica.

Pasados tres días descansaban echados y la explosión retumbó en todo el bosque. Era la planta. Casi en el mismo instante y de la forma más increíble, algo sucedió. El roble comenzó a crujir como las cuadernas de un buque y se rasgó por en medio, dejando entrever una grieta en su corteza. Dentro, el árbol estaba hueco. Cuando la primera lluvia ácida comenzó a dejarse sentir, se refugiaron en su interior.
Transcurridas unas horas angustiosas cesó de llover y salieron. Agitada, Dania dijo que debía ir a Saltillo. César corrió hacia su pueblo. Llegó y todo estaba demasiado tranquilo; lo habían desalojado. Un helicóptero de salvamento lo avistó y tras recogerlo buscaron en Saltillo sin divisar más que otro pueblo abandonado. El helicóptero se alejaba del área contaminada cuando César, negándose a proseguir, solicitó que bajo su responsabilidad lo dejaran en tierra. Volvió veloz sobre sus pasos hasta el roble. La grieta permanecía abierta. Dentro, Dania lloraba desconsolada.
Angustiado, abrazándola con entrega, le dijo.
— ¡Debemos irnos ahora!
Ella le observó contrariada y contestó.
— Lo siento César, te he defraudado. Y prosiguió. No puedo salir de este lugar porque este lugar soy yo misma. ¡Roble, soy yo!
— Aturdido e incrédulo, César tan solo acertó a decir.
— Pero aquí… morirás. La radiación...
— Ella continuó.
— Debí decírtelo. Soy Driada. No puedo alejarme de Roble más de trescientos metros, o moriré...
— Tú... una... ¿Dríada? Pero yo te quiero. ¡Y me da igual lo que seas o como te llames...!
— Es la verdad. Soy quien digo ser César. Por desgracia fui egoísta contigo y...
— ¡¿Qué dices, Dania?!
— Te hechicé para que me amaras, porque te amaba. Un hombre jamás puede amar a una Driada si esta no lo desea pero ahora... ¡Ya eres libre del hechizo!
César permaneció mirándola con turbación. No sabía que creer o su mente no abarcaba tanto espacio…
— Pero... aquí morirás. La radiación te destruirá a ti y al roble y…
Y Dania, mirándolo con fogosidad, repitió.
— ¡Basta! No me destruirá. Además ¡Ya eres libre! ¡Insisto! ¡Vete!
— Pues no. No pienso marcharme... Te quiero e iré contigo dondequiera que vayas y…
— De acuerdo. Asintió Dania y añadió. Pero lo que voy a hacer a continuación es algo muy arriesgado, nunca se ha hecho y…
— Qué…
— Podemos perder la vida.
— Hazlo. No tengas miedo.
César sintió un mareo alarmante. Perdió el equilibrio y se desvaneció.
Se sucedió un periodo de ensueño en el que unas veces se hallaba feliz con su mujer y su hijo. Otras, estaba solo en un pueblo tétrico y vacío. En realidad se debatía entre la vida y la muerte, en el vacío de la intemporalidad…

Sin explicárselo abrió los ojos encontrándose abrazado al tronco de un roble o ¿Al Roble? Miró al cielo, sintió calor y lo entendió. Hacía una tarde tranquila y soleada de primavera. A su lado, una radio emitía y declaraba que la central de Alcañiz había sido desmantelada y se deshacía en elogios hacia el presidente para la supresión de la Energía Atómica: Gregorio Sampedro. Quien, por fin, había cumplido su eterna promesa.
Una voz de mujer lo llamó por su nombre. Se dio la vuelta y con mayor admiración que sorpresa, se encontró con Dania sonriéndole. Ella le dijo con naturalidad.
— A qué esperas. ¿Vienes?
Agarrada de su mano, balbuceando risueña, caminaba a trompicones su hija Davinia.
Más allá, a menos de trescientos metros del viejo roble centenario, se hallaba su recién construido chalé.

José Fernández del Vallado. Josef. 2011.
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