lunes, marzo 07, 2011

La Llamada de Sonia.


Imagen tomada de Internet. Por replicante.

La llamada de Sonia lo despertó de la siesta una tarde lluviosa de marzo. Desde hacía una semana el tiempo parecía inestable y el pronóstico tampoco era favorable; tal vez nevara, pensó Germán mientras se desperezaba.
Sonia era la inquilina de uno de sus chalés de alquiler y el asunto era el siguiente. Una vez firmado el contrato y tras obtener las llaves no había cesado de darle problemas, y ahora, su voz desentrañaba con claridad que algo le inquietaba, y bastante.
Germán se interesó y ella le dijo que las cañerías de la casa se habían atascado. Cuando quiso saber cual, le respondió que todas. Él le concedió cierto crédito. Entre otras cosas porque Sonia no era una inoportuna y además, quienes le vendieron la propiedad, en lugar de presionarlo le habían dado excesivas facilidades. Así pues, lo que anteriormente le había resultado como una excelsa lotería, de repente, le hacía recelar.

Aparcó delante del porche y entró protegiéndose inútilmente de la lluvia. Su primera impresión dentro fue heladora.
Tras saludar a Sonia le preguntó si tenía problemas con la caldera. Ella, mirándolo con viveza desde su estatura de apenas metro sesenta, negó rotunda. A continuación lo hizo pasar a la cocina, fueron al fregadero. Abrió el grifo, el agua empezó a correr y cuando el fregadero se llenó destaponado, Germán pensó: “Demasiado.”Y sin preocuparse de Sonia se dirigió al primer servicio encontrándose con el lavabo destaponado, casi a rebosar. Comprobó los otros dos con el mismo resultado.
Incapaz de esclarecer – de momento – los secretos del atolladero se dirigió al salón. Sonia le ofreció un café y lo invitó a acomodarse en un sofá estampado con flores psicodélicas de aspecto kitsch que se encontraba de espaldas a un ordenador de sobremesa. Germán habría querido levantarse y fisgonear el software del computador, pero asentada sobre una de las altas banquetas de la barra americana, contemplándolo con ojos redondos y expresivos, Sonia no dejaba de escrutarlo. Gesticulando con agilidad le comentó como había resuelto uno tras otro los problemas de fontanería que la casa le había ido presentando, hasta encontrarse inmersa en aquel desastre. Luego pasaron a hablar sobre el cine, sus películas favoritas, sus carreras fracasadas, sus gustos deportivos…

Sobre las diez de la noche Germán se encontró abrazado a Sonia degustando sus axilas, sus senos, su cuello, su estómago delgado y suave y finalmente, mientras acariciaba sus labios y la besaba en la boca, la penetraba.

Un resoplido o flatulencia lo despertó. Miró su reloj pulsera, habían transcurrido cuatro horas. Sonia permanecía dormida a su lado. Todo era realidad. De súbito lo recordó. ¿Y la arqueta de la casa? Por supuesto, debía de hallarse en el sótano. Sin hacer ruido, se calzó las botas. Debajo de la escalera halló la puerta. Abrió y comenzó a descender una escalera estrecha y húmeda. Abajo encontró el interruptor; una bombilla de cuarenta vatios iluminó un recinto de paredes amarillentas y... arañadas. En un rincón estaba la cubierta de piedra de la arqueta y a su lado la pala. La tomó y utilizándola de contrapeso la alzó. Un tufo insoportable invadió el recinto. Dentro estaba el cadáver de quien fuera. Lo movió con la pala y el agua atrapada en los lavabos y en la pila, empezó a fluir... A sus espaldas oyó la carcajada.
Giró sobresaltado. Era Sonia. Le dijo.
— ¡Bravo chico! Al fin lo has solucionado.
Germán permaneció mirándola atónito. Sonia tenía un hacha en las manos. Pasó la punta de su lengua sobre su precioso labio superior y añadió.
— Ahora, solucionaremos el de nuestro próximo alimento... ¿No te parece?

José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2011.
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