jueves, marzo 31, 2011

Resurrección 2011.


Imagen de Carlos D.

Vuelvo a encontrarme en la ciudad de Roma. La misma que dejé en abril del 2006. Aquella urbe misteriosa y bella ya sufría las consecuencias del mal llamado Berlusconi.
Sus alicaídas avenidas me reciben igual de melancólicas a como por entonces lo hicieron, y me anuncian que me adentro en un mundo incandescente; aquel que rodea las riquezas del ilustre Vaticano. Debo confesarlo. Si Lucifer es palpable en algún lugar de la tierra, es ahora y aquí. Lo mismo que del amor al odio hay un paso, el mal y el bien van de la mano. Estoy en Roma, donde la dejé, y tengo la absoluta convicción de no volver a reconocerla, al menos como la de antes. En cuanto a ella. Ella era una mujer enfermiza y a la vez idealista y no tenía cabida en este mundo de deidades impalpables, en esta tierra donde los sueños se arrancan de raíz.

Camino por las calles y constato lo que mi cuerpo siente al avanzar por sus encrucijadas. Roma se ha vuelto extraña y peligrosa. Incluso las construcciones más modernas acaban por presentar la misma situación de ruina milenaria de un Circo Máximo que Berlusconi desearía reconstruir para ejecutar a sus odiados rojos echándolos a los leones.
Unos días me siento en la Plaza de Spagna, otros en la del Piopolo, pero mi favorita es la Piazza Navonna. Transcurro tardes que se convierten en noches en ella y mientras mi mente se empeña en no olvidar, visito el monumento a Vittorio Emanuele y desde su pedestal observo la ciudad antigua, la del Imperio, y lloro en soledad.
Los últimos días el cielo se ha tornado oscuro y frío, y pese a llevar unas birras de más y lanzarles piropos a las preciosas romanas que pasan a mi lado, el ambiente parece encontrarse saturado de un espíritu malevolente, y ya ni siquiera recuerdo el nombre del miserable barrio a las afueras donde se alojaba y creo que si está en alguna parte, ese lugar tal vez sea la agitada estación de Termini.
Decido instalarme en ella de forma itinerante. Me acomodo en sus bares, termino charlando con gente que no conozco de nada sobre temas intrascendentes, y además es igual, ellos ni siquiera me miran. Los atardeceres, mientras cavilo en silencio, presencio como una bandada de estorninos se mueve a un compás misterioso y presiento que la batalla o lo que sea, no tardará en desencadenarse. Luego, por las noches, me dejo arrastrar por la Vía Urbana hacia las oscuridades de la ciudad, y en cualquier cuchitril me emborracho de Roma hasta el amanecer de un nuevo día.

Tras una eternidad de días calcados, uno de ellos, un impulso inevitable me obliga a levantarme de una siesta pesada encontrándome enfermo de angustia. Percibo algo. Salgo a la calle y descubro avenidas semivacías; me cruzo con personas que caminan apresuradas y con las que desearía comunicarme, pero ni siquiera hablo el mismo idioma. Todos tienen algo que hacer, un lugar a donde ir, y a muchos apenas les cuesta liberar una sonrisa. En cambio yo estoy cansado de ser un ánima que ni siquiera puede ver a sus pares. Sobre las siete de la tarde un impulso irrefrenable me obliga a encaminarme a la Plaza de San Pedro. Entro en ella abriéndome paso entre una multitud silenciosa y las columnatas que delimitan su espacio. Me detengo y contemplo el espectáculo. Bajo un cielo teñido de un gris mohíno, la cúpula de la Basílica aparece coronada de buitres, cuervos y demás aves de rapiña, mientras la chimenea emana una fumata negra – ¿el papa Benedicto XVI fallecido? – En el mismo centro de la plaza, alzado sobre un escenario, se yergue misteriosa la figura de un hombre ancho y calvo cubierto con una túnica roja. “Berlusconi, afirmo.” Alguien a mi lado murmura con una mezcla de terror y fascinación: “No. En realidad es Sokar. Dios de la oscuridad y la decadencia de la Tierra.” Encerrado en una jaula está su prisionero: El ojo de Dios Omnipotente, Creador del Cielo y Tierra…
Abre la jaula toma su rehén y lo deposita sobre una basa de granito. Sus secuaces le acercan un hacha de doble filo. Se yergue ante la víctima y de un mandoble escinde el ojo en dos mitades. Una gigantesca riada de lava ácida de color granate fluye a presión y anega la plaza en cuestión de segundos. En instantes – incluido Sokar o Berlusconi – los cien mil humanos asesinos y alimañas que presencian el espectáculo, fallecen cubiertos por la sangre del Creador. Después las nubes se abren y un rayo solar incendia y destruye el Vaticano. Las aves de rapiña desaparecen en la nada y son sustituidas por una preciosa bandada de estorninos, palomas, colibríes, y pájaros multicolores que culebrea sobre la plaza mediante vuelos impregnados de magia. ¿Una nueva era ha comenzado? Me gustaría que fuera así. ¿Tal vez no sea más que un sueño? Oigo el tintineo aborrecible de un teléfono móvil, me doy la vuelta y allí está ella, pegada a su móvil, como solía hacer cuando me dejó acusándome de indeseable a su amante de la Camorra. Fui vejado y asesinado. En ese instante deja de hablar me mira y sé que puede verme, pero ahora, ya no me reconoce...

Una mano acaricia mi pecho y me sorprende. ¿Dónde y con quién estoy? Giro y descubro a la mujer con la que nunca soñé, la mujer en la que jamás pensé. Aquella que viene a conquistar mi nueva etapa de existencia como mortal, fase todavía desconocida de una vida en la que mi yo por fin ha dejado de ser un alma penada para constituirse en cuerpo y alma.

José Fernández del Vallado. Josef. 30 marzo 2011.
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