sábado, agosto 14, 2010

Bastardo

Me desperté rápido y en silencio, no quería desvelar a Rosita. Me vestí sin ducharme; me lavé los dientes con ojos llorosos, debido al dolor de la muela picada; me hice un café rápido y me quemé la lengua. Fui hasta el cuarto de los perros, lo regué y vertí cinco kilos de pienso en los recipientes de mis tres rottweiler: Luli, Mandíbulas y Lucas, mientras repasaba mentalmente la pregunta que tendría que hacer. No quería que por mi culpa la empresa fracasara. Y, además, estaba informado de que debido a mi labor de aquel día las ganancias se incrementarían en casi un cincuenta por ciento. Me puse el vestido de Armani de cuatro mil dólares. Una vez en el salón pulsé el mando, los doseles de raso se abrieron permitiéndome ver México, la ciudad más extensa del mundo, en casi todas sus ramificaciones. Subí a la terraza, una brisa templada acarició mis sienes; amanecía.

El autogiro silencioso no tardó en llegar. Tras un vuelo de apenas treinta minutos se posó en uno de los laterales del recinto donde el mitin iba a celebrarse.
Protegido por hombres de seguridad que verificaron que mis papeles estaban en regla, fui llevado hasta el palco que se hallaba en frente de donde el orador hablaría; y el orador era nada menos que el primer ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Don Pedro Alcántara, quien aparte de regir sobre los once ministros que componían el Poder Judicial, controlaba no sólo el Distrito Federal, sino además los estados del norte: Baja California, Baja California Sur, Sonora, Chihuahua, Nuevo León, Tamaulipas, Durango y Sinaola; con lo cual los pasos fronterizos donde circulaban importantes cargamentos de estupefaciente hacia los Estados Unidos, estaban bajo su control. Luego estaba el Golfo de México, donde se hallaban las reservas de petróleo y gas, justo frente a los estados de Tabasco, Campeche y Veracruz, también suyos. Podía decirse que el hombre de cabello cano, bigotes prominentes, de aspecto similar a aquellos que exhibieron los antiguos jefes de las Galias, mirada soberbia, y manos huesudas y pálidas, era el verdadero poder fáctico de México y quien regía los destinos de los ciento siete millones de habitantes del país. Desde su silla de ruedas se incorporó con dificultad hasta erguirse sobre la platea y comenzó su discurso. Versaba sobre el progreso, hombres tenaces, empresas, humanidad, descubrimientos, riqueza, poder, dinero, etc...

Superado el ecuador de la soflama, pedí permiso. Me fue concedido. Me incorporé y le hice la pregunta.
— Y dígame hombre poderoso. ¿Como piensa usted solucionar una hambruna que afecta ya a más de veintitrés millones de ciudadanos sólo en México DF?
El viejo se me quedó mirando. ¿Me habría reconocido? Imposible, con mi nuevo look daba el pego hasta el más allegado. Balbuceó unas palabras ininteligibles. Luego dijo.
— Me temo que ese asunto no entra dentro de mi competencia. Es más bien labor de nuestro querido presidente...
Volví a sentarme con una sonrisa de mofa. Había logrado el efecto. El público comenzó a abuchearlo. Las cámaras dejaron de enfocarme y se centraron en el alboroto que se había formado en el patio de butacas.
Cuando localicé a la persona palpé la Smith & Wesson con silenciador en mi bolsillo. El hombre sacó una Smith & Wesson sin silenciador, apuntó al empresario y disparó seis balas de fogueo. Al mismo tiempo, semioculto tras las butacas, saqué mi arma con sigilo y descargué otras seis auténticas, que nadie intuyó ni oyó.
Mientras, en medio de un tumulto de pánico y desconcierto detenían al supuesto asesino, me incorporé y caminando salí del recinto, subí a mi autogiro y a las nueve y media estaba de vuelta.
Rosita seguía durmiendo, los perros descansaban en silencio.
¿Lo sentía por mi padre? No, nunca me había querido ni hablar. Yo era uno de sus más de quince bastardos, y lo odiaba a muerte.
Me desnudé, me metí entre las sábanas y di un pellizco a Rosita en el culo.

José Fernández del Vallado. Josef. Agosto 2010.



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