viernes, agosto 20, 2010

Mutación Amazónica.

Cuando el vapor se internó en el Amazonas Lucas sintió que su alma, mirándolo desde el muelle, le hablaba, y le rogaba que no cometiera locura semejante.
Cualquiera es capaz de entreverlo por experiencia o intuición. Hay lugares que forjan a los muchachos en hombres. Pero también existen espacios donde la vida no tiene sentido, y la sinrazón se alimenta de los cerebros que tratan de someterla. Pues bien, Lucas estaba en aquella situación. Y, ahora, aunque no quisiera aceptarlo, tenía que reconocer y asimilar que aquellos hombrecillos de apenas metro sesenta a quienes les costaba pronunciar el español, eran sus guías y las personas de quienes iba a depender su vida durante la próxima semana.
Aparte de entender que aquel lugar estaba repleto de árboles y maleza, podía decirse que Lucas no sabía nada sobre la selva. Sabía que había ciertos insectos venenosos que podían dejarlo seco en un par de horas; y que el río estaba infestado de unos pececillos llamados pirañas – a los cuales había visto en acuarios – que merced a sus quince centímetros, apenas hacían honor a su reputación. Pero el solo hecho de pensar que ahora estaban bajo la endeble cubierta de aquella barcaza, le hacía enfermar, porque comprendía que si resbalaba y al caer al agua se hacía un rasguño, estaba listo. Aunque al parecer aquellos tan sólo eran problemas o peligros colaterales, pues sobrevolando su mente ciertas designaciones como: malaria, fiebre amarilla, tifus, rabia, lograban que el estómago se le revolviera de inquietud y... emoción.

¿Eran aquellas las sensaciones? ¿Estaba allí por esas razones?

Siguió pensándolo durante los calurosos y densos días que el barco descendió por los meandros de aquella superficie gris que escondía con celo sus secretos. Mientras con manos pegajosas y pesadas, desenfundaba su cámara Fuji y tomaba fotografías a aquellos hombres que posaban ante él mostrando rictus sonrientes como niños y bocas pobladas de dientes, amarillos y afilados, como agujas de insinuantes y perrunas fauces de pirañas, la certeza de que en aquel descomunal paraje de locura verde ellos eran los dueños de su vida, iba in crescendo.

Lo supo desde aquella mañana en la que los gritos de terror del personal anglosajón cayendo bajo los finos dardos impregnados de venenoso curare de los chayacuros, destacaron como pinceladas de tinte surrealista cerniéndose sobre la espesura de la selva.
Intuyó que continuar con vida dependía, no en unirse al grupo de blancos que conformaban la tripulación y al puñado de turistas anglosajones, sino en pegarse al grupo de jíbaros quienes, rápidamente, procedieron a abandonar la embarcación en silencio, moviéndose con celeridad y discreción (Lucas, al límite de sus fuerzas, se esforzaba en seguirlos resollando) penetraron en el follaje sin mirar hacia atrás; sabían lo que se encontrarían y quien o quienes les seguían; así como también conocían a la tribu que, por diversos motivos o un designio indescifrable, había atacado la barcaza con demencial ira asesina. Los chayacuros, una de las pocas tribus irreductibles de la zona amazónica del Perú, y a quienes (como a los jíbaros) todavía les sugestionaba reducir las cabezas de sus víctimas, eran sus enemigos.

En el primer descanso que hicieron le obligaron a masticar unas hojas. Reanudaron la marcha y durante las siguientes horas Lucas no se sintió avanzar sobre la espesura, en cambio supo que, de alguna forma, reptaba. Sus piernas habían abandonado su función primordial impulsora y era capaz de ver el suelo a centímetros de su barbilla, oler aromas imposibles, y sobre todo, aún hallándose ya a decenas de kilómetros, oyó como los tripulantes de la embarcación eran desollados y decapitados. Reptó hasta una gigantesca ceiba, la escaló y tras comprobar la extensión infinita del mar de follaje se sintió seguro de estar allí, en compañía de la tribu; su tribu. La selva, tras su aparente opacidad, tenía múltiples conexiones despiertas y al acecho.
Se detenían y sentía manos que se posaban sobre su cuerpo, le arrancaban la ropa, le embadurnaban el cuerpo, alguien puso entre sus manos una cerbatana, llevaron a cabo un ritual y le practicaron incisiones en el pecho, así como le enseñaron a manejar las armas de la percepción. Luego siguieron caminando, nunca se detenían. Iban siempre huyendo, con los chayacuros detrás, pisándoles los talones. Supo que ellos, Jíbaros y chayacuros estaban en guerra, y comprendió la razón de la masacre; pero ya no le importó. Ahora estaba listo para luchar.
La batalla tuvo lugar a cualquier hora del día, o de la noche. Bajo la capa oscura de floresta de la selva, apenas hay diferencia Nadie hablaba, el silbido mortal de los dardos de las cerbatanas al partir hacia sus objetivos dictaba su propia selección y sentencia. Lucas consiguió cuatro cabezas antes de caer herido por un dardo que le alcanzó de forma traicionera en la espalda. Asustado, porque sabía que iba a morir, corrió y repto por la selva hasta internarse en un paraje donde el hombre blanco construía sus casas de piedra y metal.

Medio paralizado cayó al suelo. Ya solo le esperaba la muerte.

Lo recogió un chayacuro que había dejado la tribu y ahora trabajaba para el blanco. Sin tiempo que perder le inyectó el antídoto que, ante cualquier eventualidad, guardaba desde entonces en un frasco.
Lucas tardó cinco días en recuperarse y al sexto desapareció dejando una nota clavada en un dardo. Decía lo siguiente.

Mi cuerpo ha dejado de ser Lucas el hombre blanco. Ahora soy Aweke el jíbaro.


Junto a la nota había un reloj de pulsera y una cartera con el pasaporte y los documentos de identidad de Lucas.

Ningún blanco volvió a verlo. Excepto, quizá, algunos indígenas.

Los pescadores afirman que existe un alma perdida en el embarcadero de Iquitos. Las noches más calurosas y oscuras, vaga de un extremo a otro de la escollera mientras espera a su hombre...


José Fernández del Vallado. Josef. 20 Agosto, 2010.




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