martes, agosto 24, 2010

A dos días de regresar a Madrid.


Hace una noche espléndida y la luna ilumina la noche, tengo ganas de expresar o hacer algo, pero no lo consigo. Mis lectores abandonan el barco, y yo dejo de leer blogs ¡no puedo seguirlos desde este Internet de pacotilla! Al fin y al cabo es Internet y el único que tengo.
Ayer, por fin, me compré la pistola, necesito defenderme de ellos, son más fuertes y acechan, esperan para quitármelo todo. La luna... no ella no, ella... ¿me mira? ¡Sí! No puede dejar de observarme y lo mismo que yo piensa y piensa ¿que va a vivir poco? ¡No puedo creérmelo! ¿Mañana será el último día? Y yo… ¿qué haré yo? Al menos si ella estuviera haríamos sexo, ¡sexo hasta el final! Pero la perdí en una partida de... ¿póker? Él se la llevó, o se fue porque quiso. Ahora estoy solo, cada vez más cerca del instante final y la luna quiere... pretende escaparse de mí. Quiero deciros que, sí, lo reconozco: Deseo vivir más. Huí a la sierra, a las montañas, y me refugié e instalé en esta vieja cabaña de vida, y ahora, cada minuto, cada segundo que se me escapa... ¡es tan valioso! ¿Sabéis el poco tiempo del que disponemos y cuánto desperdiciamos? No, no hay dioses detrás de las estrellas, ellas son esos dioses. Llevamos toda una vida buscándolo y todas las mañanas amanece para nosotros. ¿No os dais cuenta? El Sol es el astro más poderoso a quien adorar. Le debemos toda, la vida. ¿Qué sería de nosotros sin su luz cegadora, sin la vida que irradia y sin esa palabra? Nada. No habría días ni calendario ni veranos enloquecedores como éste que vivimos.
Verano del 2010, siempre lo recordaréis. Fue caluroso, muy caluroso... Tal vez uno de los últimos veranos ¿racionales? de este mundo de pacotilla al que tanto quiero. Porque yo, algo muchísimo más ínfimo que una aguja en un pajar y por descontado, que un grano de arroz en el desierto, pero tal vez parecido o semejante a una partícula de polvo cósmico en el espacio interestelar, sé que estoy vivo, porque me duele el estómago, aspiro e inspiro y todavía soy capaz de disfrutar del sudor que baña mi cuello mientras escribo estás palabras y me dejo llevar con placer por los sentimientos irracionales que mueven las teclas absurdas de mi corazón.
Hoy, ahora, vuelvo a nacer, parto de cero. Soy un parto naciente. No hay nada más que oscuridad. La luna se marchó, pero tengo la certeza de que el ciclo volverá a repetirse y mañana, cuando me despierte, reconozca no que me siento cansado, sino lleno de ganas impulsivas y compulsivas de vivir...

Hasta otro día.

Un abrazo.



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