miércoles, agosto 18, 2010

Corporación: Femeninas In Mundi


Luché durante mucho tiempo porque el momento se produjera. Jornadas de sudor y trabajo procurando estar más próximo a ella. Primero, tan sólo, para escucharla hablar y saber cómo era el timbre de voz de aquella admirable mujer. Después, meses demostrando mis habilidades y mi potencial, venciendo a mis congéneres en las diversas pruebas de maestría, literatura y matemáticas de la Empresa. Luego, pude llegar a tocarla por primera vez y sentí su tacto suave y terso, su sensibilidad única y especial. Todo hasta ser elegido entre el selecto equipo de hombres a su lado. Solamente éramos diez, los mejores.

Finalmente, un día, de entre esos diez llamaron a cinco de nosotros, los que demostramos sobresalir. Se nos ordenó luchar en la forma que supiéramos. Todo estaba admitido menos cualquier acto de violencia. Perder significaba quedarse sin nada; ganar, estar al lado de ELLA.
La lucha fue a cara de perro; dura, cruel, espantosa, eran mis compañeros pero también mis peores adversarios. Nos enfrentamos a pruebas casi insoportables y vencí. Los demás fueron expulsados de la corporación.
Ellas ayudaron a que mis heridas mentales sanaran, me alimentaron y me llevaron con ella, cuidando de mantenerme siempre encadenado. Aunque yo nunca haría nada en contra de la Presidenta. Por fin tendría mi premio; y así fue.

Durante dos semanas apenas nos detuvimos para comer. Follábamos como perros en celo, día y noche. Yo parecía encantarle a ella, me informó satisfecha la secretaria.
A la tercera semana me separaron y aguardaron. Debía hacerse el test para conocer si la había dejado embarazada. No fue así.
Normalmente habrían destituido a cualquiera; pero la Presidenta me hizo el favor de llamar de nuevo y volvimos a estar otro par de semanas emperrados.
A la tercera me llamaron a enfermería y me hicieron un test. Después de una semana la secretaria entró y me informó.
— Lo siento, no eres fértil. No sirves.
Golpeé las paredes, me revolví gimiendo, pero le respondí tal como un elegido debe y ha de hacer.
— Si es así, ¿a qué esperáis? ¡Expulsadme o matadme!
Ella no contestó y se fue sin hablar.
A la noche siguiente volvieron, me sacaron de la celda, me llevaron a un sótano. Sujetándome entre varios hombres pusieron mis testículos sobre un tocón. El hombre que lo hizo entró apenas un instante, con una habilidad espantosa cercenó y tiró a la basura mis despojos. El dolor era espantoso y me desmayé.

Después me devolvieron a la celda y me dejaron echado a mi suerte. Sobreviví. Entonces la Presidenta me hizo llamar me dio un Bastón de Mando, y me dijo.
— Te has portado bien. Lástima que... Se detuvo y permaneció unos instantes mirando a través del enorme ventanal con ojos nostálgicos. Luego, su mirada volvió a ser gélida y añadió.
— Desde este momento quedas nombrado “Jefe del personal de Eunucos de la empresa.” Vigilarás a mis hijas y eliminarás a los machos inservibles...
— Cómo… ¿Yo Presidenta? Si resulté inútil.
— No. No fuiste inútil. ¿No ves que estás vivo? Contigo disfruté por primera vez en mis doscientos cincuenta y tres años de vida.
Por primera vez en siglos un murmullo recorrió la sala. Luego añadió.
— Por cierto ¿como te llamas?
— Semental B2, Presidenta.
— Bien, ya puedes marcharte. Y por cierto, haz el favor de cambiarte de nombre o te corto…
— No podrá Presidenta... Ya lo hizo.
— Lo sé, lo sé... ¡Vete de aquí, infame!
Desde aquel día vivo a cuerpo de rey. Por cierto he engordado cerca de cien kilos. Ahora me llaman…
No, no lo diré. ¿Para qué se rían de mí? ¡Y un cojón…!



José Fernández del Vallado. Josef. 2010.




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