miércoles, marzo 31, 2010

“Ciudad - Selva”


El tren recorre estaciones tomadas por el tiempo. Mi mente naufraga mientras trata de volver a trasladarse al instante en que todo pudo cambiar de una vez para siempre. Me encuentro en otra estación, desconcertado, a la puerta de una exposición donde el presente y el pasado se conjugan y adquieren una valía insuperable. Mi vida oscila como un péndulo entre afectos unas veces lejanos y otras a la vuelta de la esquina. Deseo acercarme a la realidad pero ésta se aleja de mí y de nuevo vuelvo a encontrarme atrapado en la misma imagen extraña.

Aquel local con la placa a la entrada prohibiendo acceder con armas de fuego y machetes. El aroma húmedo y denso de la selva, las cucarachas grandes como fichas de dominó vueltas del revés, y las miradas oscuras pero directas de gente de otra raza y color. Y como siempre a mi lado, ella: Joven, silenciosa y adorable, velando por mí. Se llama Serena y durante ese espacio de tiempo protegió y amó con cautela mi vida. No pertenece al pasado, es presente, y siempre ha sido así. Sin ella no estaría donde estoy, ni habría conocido las sutilezas y degradaciones del amor. Me respetó sin someterse, siguiéndome con su ademán de felino. En realidad, si quisiera, podría haberse excedido y haberme sacado dinero o cualquier capricho lejos de su alcance. En cambio, solo tuve su incondicional y peculiar forma de amar, de expresar en un susurro que tenía sida y luego reírse de su broma terrible y dejarme con el corazón en un tris...

Las noches oscuras su piel se fusionaba en la negritud del paisaje y apenas podía verla, me bastaba sentir el vaho tibio de su respiración a mi lado. Dormíamos mientras avanzábamos por recodos peligrosos de la mente, imaginar que jamás nos separaríamos acababa por transformarse en una desafortunada entelequia de la vida.

¿Cómo nos conocimos? En realidad no me importa, lo que tiene verdadero valor es tener noción de que encontré a la persona que deseaba en el lugar más inexplicable y llevando una vida, si cabe decir, arriesgada. No hay lugar para evitarlo. De alguna forma todos y cada uno de nosotros sobrevolamos los abismos de la vida en algún determinado punto de nuestro recorrido. ¿Cómo era ella? Visceral, sorprendente, avispada, una incógnita para mí.
Le gustaba adentrarse en lugares conflictivos y temerarios, donde solía moverse como pez en el agua. Tal vez lo hacía porque le agradaba estudiar la reacción de las personas en situaciones extremas. Hasta la fecha yo sabía lo que era salir por la noche, pero no bandearme, porque lo hacía en lugares ajenos al peligro.
Los aires hospitalarios de aquella ciudad ecuatorial se volvían inhóspitos en su descarada y parca nocturnidad. Las fieras salían a la caza del sexo y la violencia, utilizados por pura necesidad con objeto de adueñarse de lo que, la presa: el ciudadano occidental, les ofrecía.
Con ella a mi lado a menudo pasé por nativo y más de una vez presencié como las fieras desvalijaban a los extranjeros y luego se mataban entre ellas por un mísero pedazo de pan. Nunca había oído el seco petardazo de los disparos antes de aquellos episodios.
Acabar arrebujados uno encima del otro en el camastro de un cuchitril infecto era frecuente; aún así, nada resultaba más gratificante como sentir su respiración a mi lado, sus brazos rodeando mi cuello, entrelazados sobre mi pecho.
Juntos nos perdimos en la selva de la vida porque yo quise visitarla: Su selva, la que ella conocía desde niña. Entre su fronda encontré mucho más que hojarasca, un laberinto de lianas tan enrevesado como millones de mentes humanas y algunas noches, atenazado por el terror, lloré como un niño. Ella se mantuvo abrazada a mi lado y pude sentir el consolador baile de su corazón.

Después de un par de meses junto a ella empecé a aprender, y me di cuenta de cuanto había crecido. En su ciudad, otras mujeres comenzaron a fijarse en mí, y yo, comportándome como el necio más vil, caí en sus redes y me aparté de Serena. Pero ella nunca se alejó de mí, permanecía ahí, sentada en la calle, inmersa en la oscuridad que tanto le inspiraba. Ni una sola de las mujeres a las que les hice el amor se libró de su mirada imperdonable; y tampoco a mí me lo perdonó.
Más crecidos y maduros seguimos avanzando y de meros observadores de la jungla, comenzamos a formar parte de su despojo más relevante.
Dejé de ser extranjero y pasé a formar parte del grupo de “desterrados” que se ganaban la vida apostando en partidas de póker durante las largas y para nada ociosas veladas que tenían lugar en el Caimán Rojo.
En principio me fue bien. Todas las noches ganaba en torno a los doscientos dólares, en las cuatro o cinco manos que tenían lugar. Cuando me cansaba tenía a mis fieles Tommy y Sergio; dos hábiles jugadores que “compré” y seguían jugando para mí a porcentaje. Aquellos tiempos fueron los mejores, yo era “alguien” y apenas “nadie” como para intranquilizar al Boxer y Crazy, los grandes hampones del Caimán y locales aledaños.
En cuanto a Serena, por supuesto, estaba allí. De forma inexplicable comenzó a acercarse en el Caimán al Crazy y de alguna extraña manera que me molestaba, acabó asociada a él.
Odiaba a aquel hombre, era un tipo delgado de perfil afilado, escurridizo y peligroso como una serpiente. Al contrario de Boxer, que siempre estaba en su despacho, Crazy aparecía junto a mí de la forma menos pensada para notificarme:
“Excelente noche. Lleváis cerca de tres mil. Sabes lo que tienes que hacer ¿no?”
Y desde luego, lo sabía. Me molestaba que me lo recordara con insolencia. Cuando mis ganancias sobrepasaban los tres mil, ellos; es decir: ambos, se quedaban con el veinte por ciento. Lo llamaban “tasa de protección.” Yo lo empecé a llamar: robo. Contra ellos no podía hacer gran cosa, me superaban en hombres, aunque no en cojones. Más de una vez escurrí el bulto; es decir la pasta, delante de sus taimadas narices.
La relación de Serena con Crazy me fastidiaba y ella lo sabía, como también conocía la forma de darle esquinazo las noches que deseaba estar conmigo. Nos amábamos como no lo habíamos hecho antes; con un deseo irrefrenable, superior a la pasión, pero a la vez empujado por un sentimiento incómodo, por no decir peligroso. El miedo a ser sorprendidos. Yo se lo advertía, siempre se lo dije: ¿cómo podía acercarse – y oler siquiera – a aquel asqueroso cabrón? Y ella, dejando escapar una sonrisa sardónica, me repetía que eso eran asuntos entre mulatos y cuarterones. Ella era mulata y aquel cerdo, cuarterón o mestizo, que es lo mismo.

Tenía que suceder. Tarde o temprano estábamos abocados al desencuentro; y sucedió de la forma más desastrosa.
Yo llevaba una noche cargada. Exceso de póker, poca o ninguna ganancia, y demasiado alcohol en la sangre. A Crazy le sucedía lo mismo, pero de una forma parcialmente opuesta. Exceso de tiempo sin mover un dedo – le bastaba con mirar y controlar – ganancias exorbitantes, demasiado alcohol en la sangre, y un dato añadido: El poder de la lascivia. Deseaba a Serena. Lo que yo no entendía es como ella había logrado (según me aseguraba altanera) soportar sus embates. El caso es que lo había hecho y eso sulfuraba al Crazy, porque se instituía en clara rebeldía ante su insinuado dominio.
Echaba una mano con desgana y me di cuenta. Serena no estaba en el rincón que de forma habitual hacía suyo, y donde, pese al barullo, solía leer novelas de amor y ciencia ficción. Yo no entendía qué encontraba en la ciencia ficción. Pero ella apasionada me aseguraba que mundos diferentes. ¿Y para qué querría mundos diferentes? ¿No tenía ya uno bastante sobrecargado de emociones?
El caso es que de repente no estaban; ni ella ni el Crazy. Llamé a Sergio, le encargué que siguiera con la partida. Salí del salón y sin que el encargado de recepción se apercibiera, subí las escaleras hacia el piso treceavo – número favorito del Crazy – y donde estaba su reservado. No me sorprendió, o tal vez sí, no encontrarme a ningún gorila protegiendo la entrada.

Giré el picaporte (ni siquiera estaba echado el seguro) y entré en silencio. Aunque en el interior de mi pecho sentí golpear con tal violencia mi corazón que incluso me inquietó que el Crazy pudiera oírlo. Mis manos sudaban y se aferraban con desesperación a mi browning. Tras asegurarme de que no se hallaban en el salón, me dirigí a la habitación. La encontré echa un asco. La cama estaba desecha. ¿Habrían forcejeado sobre ella? Tal vez. Miré bajo la cama, a continuación en el armario. Con desesperación, me dije, debían de haberse largado. Entonces me fijé en la corredera de la terraza, estaba semiabierta, tras las cortinas, oí los gemidos. Sólo hice que asomar la cabeza en la terraza y descubrí el espectáculo; ella al borde de la barandilla, haciendo equilibrios ¿y el baboso...? Estaba en una esquina, apuntándola con su magnum. Ambos permanecimos mirándonos sin dejar de apuntarnos. No disparó, yo tampoco. ¿Ninguno deseábamos hacer ruido?
Se abalanzó sobre mí y lo sentí aferrarse a mi cuerpo. Dominado por una mezcla de rabia y terror lancé un puñetazo a bulto y mordí los tentáculos que rodeaban mi cuello. A su vez recibí un mazazo en el estómago que me hizo doblarme. Caí sobre la barandilla y durante un par de décimas de segundo mi cuerpo se balanceó como un péndulo. El tipo aprovechó y trató de arrojarme al vacío, pero antes logré hacer palanca con los pies sobre los barrotes y por fortuna caí del lado de dentro. Rodé, sin embargo, la masa volvió a aferrarse a mí. Algo macizo – ¿su puño? – me golpeó en la mandíbula y a continuación en el muslo. Pude ver el rostro enrojecido del Crazy sobre mí. Rodeó mi cuello con una cinta y comenzó a presionar, me quedaba sin aire, la lengua, como una babosa gigante, me obstruía la boca. Moviéndose en la nada, mi brazo logró recuperar algo metálico. Lo dirigí hacia su rostro, apreté el gatillo y un chorro de sangre regó mi sien y mi cara. Dejó de moverse. Permanecí resollando durante más de diez minutos al lado del cuerpo del Crazy, hasta que oí los gemidos a mi espalda; era Serena. Lloraba asustada. Lentamente, sin cesar de temblar, me incorporé, me senté sobre la cama y lo observé. No tenía nada del otro mundo, excepto aquella cinta con la que había pretendido estrangularme. La tomé y como un rollo de celuloide una escena recorrió los pasadizos de mi mente. “Serena echada sobre mí, reía a carcajadas mis chistes majaderos. Inclinaba la cabeza y yo acariciaba con mimo sus cabellos, y enlazando sus bellos rodetes, sentí y luego vi aquella cinta de franela.” La puerta se abrió de golpe y ante nosotros se presentó el asqueroso semblante de Boxer. Sonrió y dijo.
“Lástima. Desafortunado accidente.”

No hizo falta hablar más, ni que él Boxer acabara con nosotros, estábamos acabados.
Serena, al quedarse sin socio, tuvo que marcharse. Yo me alegré de salir de allí y fui detrás, me tocó ir detrás, pero igual habría ido delante. En realidad me echó Boxer quien tras encontrarse dueño de todo el corrillo de hampones, estableció nuevas normas. Medidas de esclavitud y sumisión que no iban conmigo.

Serena y yo volvimos a reunirnos en la selva. Pero esta vez en la de verdad. O acaso todas las selvas tienen su vertiente inexplorada y su lado fantástico. De repente, ambos, tras casi cinco años de sometimiento, nos descubrimos flotando en una burbuja de libertad asombrosa y no podíamos dar crédito a nuestra felicidad.
Y ahora me recuerdo mentalmente perdido con ella en aquella choza de la selva. Estábamos lejos de cualquier clase de lujo, de la “selva – ciudad”, y de Boxer. Creo que fue la única vez en nuestra relación en que nos dimos cuenta que, para vivir, nada nos era necesario, excepto nuestro amor.

Hoy regreso a aquel local con la placa a la entrada prohibiendo entrar con armas de fuego y machetes. El aroma húmedo y denso de la selva, las cucarachas grandes como fichas de dominó vueltas del revés, y las miradas oscuras pero directas de gente de otra raza y color. Y como siempre, a mi lado, ella: Joven, silenciosa y adorable, velando por mí. Se llamaba Serena y durante ese espacio de tiempo protegió y amó con cautela mi vida.

A ninguno se le ocurrió jamás pensar que habría un final, hasta aquella mañana en que me llamaron de España, e intuí que debía volver. ¿Pero por qué debía volver? En realidad no lo sabía, pero lo presentía, no quería estar cuando Serena me acabara dejando. Porque al conocerla, adiviné su irreversible espíritu libre y salvaje...
Nuestro adiós fue sencillo. No le dije que me iba, sino que volvería. Y en realidad nunca me marché.
Cuando escribo estas líneas sé que Serena sigue estando ahí, viva, activa; y estoy seguro de que igual que yo pienso en ella, ella se acuerda de mí...

José Fernández del Vallado. Josef. Marzo, 2010.






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