domingo, marzo 21, 2010

La historia perfecta.



Terminé de escribir una historia pero no la publicaré.
La historia es perfecta, sublime, tan firmemente comenzada bien elaborada y acabada que incluso tuve miedo de subirla. Sí… Sé que os reiréis de mí pero así fue. ¡Tuve miedo! Es una historia que de presentarla, por sí sola, en cuestión de días me encumbraría a la cúspide de la literatura. De hecho es más que una simple historia es revolución en sí. Es la obra que todos ansiáis escribir pero nunca os sale. Yo, la hice. Sencillamente di con la fórmula que hará que todo cambie en el siglo XXI. ¿No lo creéis? Esperad y veréis...

Os contaré como llegué a su proceso.
Sucedió de la forma más absurda. Sencillamente me estaba friendo un huevo cuando absorto miré su yema amarilla, sí su precioso eje estelar, y aquello me hizo reflexionar en cómo haría para sobresalir entre un marasmo de mil doscientos millones de chinos, otros mil millones de indios de la India, y otros tantos latinoamericanos, africanos, europeos, rusos y etc... Bueno, rusos a fin de cuentas solo hay un puñado; y hasta se plantean la poligamia para desarrollar su natalidad: ¡La poligamia! En un mundo en el que sus tres cuartas partes están superpobladas. ¡Hay que estar loco! O ser ruso. Lo que es lo mismo que disponer de todo el espacio del mundo. Y ellos parecen tenerlo, solo que la mitad es un congelador a menos cuarenta grados centígrados. Invito a ir a quien esté dispuesto a transformarse en férreo déspota o dispuesta a ser poligamizada, lo que equivale a decir esclavizada.

Pero no pretendo desviarme un ápice del curso esencial de la temática. Permanecí mirando esa yema y conforme la observaba su tamaño aumentó; es decir: ¡se expandió! Entonces llegué a una conclusión notable. ¿Quién se atrevería a asegurarme que en esos precisos y preciosos instantes yo no podía estar presenciando el Big Bang, es decir, la expansión de un Universo paralelo?
De pronto hubo una explosión, y una gota de aceite surgida como un proyectil humeante aterrizó sobre mi brazo derecho. No lo pensé, sencillamente lo hice, o me salió... Lancé un aullido desgarrador y de inmediato interpreté: ¿Era aquél aullido el de la bestia? ¿Era yo la bestia alcanzada por una deflagración celestial? Acaso... ¿La creación estaba conmigo o contra mí? Pues aunque no lo creáis esa última pregunta fue el verdadero detonante de mi magistral creación.

Dejé el huevo aparte (cualquiera se come un Universo en expansión) y comencé a teclear.
Mis dedos articulaban ágiles sobre el teclado. El teclado era ahora mi universo particular. Creaba mi obra con fervor mientras mi cerebro bullía cual aspirina efervescente, y cual volcán, géiser o rayo cósmico, diseñaba dioses que viajaban sobre estelas; diosas envanecidas rodeadas de pelotones de esclavos; héroes sin talón de Aquiles; leviatanes submarinos; amores eternos sin fecha de caducidad; ciudades enterradas y ocultas o levitantes; ciudades de lodo y desechos de plástico; ciudades de metal reciclado; en definitiva las ciudades venideras.
Y programas; millones de programas y secuencias; las necesarias para abarcar eternas generaciones de cadáveres andantes que ya no osarán caminar sobre una tierra devastada y, en cambio, levitarán sobre ella.


Entonces me llamó mi mujer. Sí, ahora tengo mujer. Antes era soltero, pero ahora he caído en desgracia. Debía de ir a cenar. Pero... ¿cómo cenar cuando uno está escribiendo “La obra”? ¡Desobedecí! Lo confieso, por primera vez en dos años desobedecí. Eché el cerrojo y le comuniqué que estaba realizando un deber descomunal para con la Sociedad. Y ella, desconcertada, ¡no supo comprenderme! Me dijo que la sopa se me estaba enfriando y que me dejara de idioteces. Pero... ¡qué relevancia puede tener un plato de sopa en comparación con la grandeza de lograr hacer época! Desobedecí. Salí de mí habitación y con toda decisión me encaré con ella y le dije:

— Escucha mujer incrédula. ¿Todavía no sabes al lado de quien vives?

Ella cerró los puños, parecía enojada. No lo creí. Me disponía a girar cuando recibí su respuesta.

— Oh claro. Claro que lo sé. ¡Por desgracia vivo junto a un zángano que por no hacer ni riega las plantas del jardín y se pasa todo el día inmerso en delirios de grandeza!

— Cómo te atre... respondí. No dije más.

Ya que fui interrumpido por un sonoro bofetón que me dejó sin aire, ni ideas.
Y dado que detesto la violencia como fin, le hice caso y marché a comer. Luego proseguí con mi labor magistral y cuando la finalicé, me ocurrió aquello: No pude subirla a la web. Entonces un enorme sopor me invadió era el sopor “post literato” o “post comilona.” Llámenlo como quieran. El caso es que ya no podré subir jamás la obra porque el desastre había sucedido nada más abrir los ojos.

Tuve la falta de previsión y el descuido fatal de dejar la obra sobre la mesa que se halla sobre la jaula de Sharon y Bush, mi pareja de hamsters israelíes, porque los hamsters provienen de esa zona del planeta ¿Lo sabían? A que no. El caso es que la ventana estaba entreabierta y una leve brisa contribuyó a que mi escrito se deslizara sobre la mesa y aterrizara justo sobre la jaula de mis… ¡asesinos hamsters! quienes inducidos por el placer que les produce crearse un nuevo habitáculo compuesto a base de hilachas de papel, comenzaron a roer y a roer hasta dejar mi texto reducido a ¡nada!

En fin. Terminé de escribir una historia pero no la publicaré. Lo sé. Era la historia por excelencia. Ésa que todos estamos aguardando que rompa moldes y cambie a la humanidad, pero me temo que la humanidad nunca cambiará. Voy a hacerme un huevo frito nuevamente...

José Fernández del Vallado. josef Ene 2006. Arreglos marzo 2010.



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