miércoles, marzo 24, 2010

En la antesala del juicio.

Hoy asisto a un juicio. Un caso que debió de celebrarse hace ya mucho tiempo. Un pleito contra una academia insidiosa que se quedó – así porque sí – con el dinero que ingresé por asistir a todo el periodo del curso. La cuestión. ¡Sólo asistí a una clase! Les dio igual. Se lo quedaron todo.

Son las once y cuarto de la mañana. Estoy sentado en un banco, delante de la sala del juzgado de 1ª Instancia nº 12, cuando ante mí pasa una mujer negra... ¿Realmente es Noemí Campbell en persona? Me pregunto. Que hará por allí. Me fijo con más atención y caigo en la cuenta. Es una preciosa mujer policía. No parece estar arrestada ni esperar algo en especial y además, contoneándose por los pasillos, se desenvuelve como pez en el agua.

Encontrármela me sugiere una nueva, aunque todavía velada esperanza, y me pregunto. ¿Si nuestro excelente y demócrata cuerpo de policía es tan transparente e imparcial que a estas alturas ya ni siquiera es racista, no aceptará también los servicios de un humilde escritor en paro?
En esas estoy cuando – por pura casualidad – la mujer se sienta a mi lado, y haciendo caso omiso de los carteles que indican prohibido fumar, se enciende un cigarrillo da unas caladas y lo apaga de nuevo.
Luego, se vuelve hacia mí y me dice.
— Disculpe. No sabe cuanto necesitaba una calada.
Yo disimulo, y hago como si no la mirase. Pero en realidad no hago sino observarla, todo mi interés se centra en ella. Con turbación y respeto le pregunto.
— ¿Usted también tiene un juicio?
Me mira fijamente y sonríe. Asiente y dice.
— Sí. Debo declarar sobre un “narco” que atrapamos hace cinco meses. Y refunfuñando, se queja. ¡Pero estoy segura de que lo vuelven a soltar!

Desde luego (sospecho) a esa Noemí nadie la ha sacado de una patera, y tampoco de un nauseabundo burdel.

Por curiosidad – hago la pregunta por mero formalismo. –
— ¿Es usted policía?
Ella deja escapar un susurro, en realidad es una carcajada. Y dice.
— Lo sé... Mi aspecto. No es el que venden las teleseries ¿verdad? Y añade.
Vamos dígalo. No tenga vergüenza. Sé lo que piensa. “Noemí Campbell.” Así me llama medio departamento.

De pronto me la figuro. La veo acomodada en la gaveta de la gigantesca aula de la universidad, estudia todos los temas de derecho constitucional, civil, administrativo, procesal y penal.

Musitando le pregunto.
— Ya... ¿Y qué grado es usted?

Si quisiera, podría dirigirse a mí de forma altiva, como hacen muchos policías. Pero es directa y agradable (tal vez mis cuatro canas le imponen). Sin dudar un instante responde.
— Soy Sandra Mugabe. Inspectora de la zona Centro.
Nos damos la mano.

La veo empollándose el Código Penal de arriba abajo con todas sus modificaciones. Y, luego, otros tantos temas de sociología y técnico-científicos.

Ella continúa.
- Mi padre era senegales y mi madre española.
Me vuelvo de golpe, la miro con la clarividencia de la sorpresa impresa en mis ojos, y le pregunto.
— ¿Tu madre era devota?
Ella se arrebuja divertida y corrige.
— Monja, querrás decir.
— Sí... bueno no. Digo sonrojado.
Y ella, todavía más divertida, prosigue.

— ¡Pues no! Y añade. Era reportera.
Permanezco con expresión incoherente y sin querer balbuceo.
— Reportera... ¿En época de Franco?
Ella, si cabe más divertida, añade.
— Sí, trabajaba para el diario francés: Liberation.
Doy un suspiro de alivio mientras me abanico la cara con una mano y sonrío. Ella también está sonriendo.
— ¿A qué es divertido? Me dice.
— Divertido e interesante, añado.
Asiento y sé que ahí no acaba el rollo.
Están las pruebas físicas, el reconocimiento médico. Y los psicotécnicos; pruebas de inglés, tanto escrito como hablado; casos prácticos y su lectura ante el tribunal...
Total, para ser Inspector hay que ser un superdotado, y Sandra Mugabe, sin duda lo es. Y, sin embargo, nada te induce a revelarlo.
Incorporándose con gesto elegante me ofrece la mano y me dice.
— Un placer dejar correr el tiempo con usted. Por cierto, por una vez me ha divertido ser yo la interrogada. Y añade. ¿Puedo decirle algo?
Asiento sin hablar.

— ¿Está pensando ya en escribir sobre mí?
Entreabro la boca y dejo escapar.
— Cómo sabe que...
— ¿Escribe?
— Se acerca a mi oído y me dice.
— Hay dos formas de investigar. Una es haciendo preguntas. La otra, dejando que te interroguen. Mientras tú me hacías preguntas yo observaba tu ropa, tus lentes gruesas, tus manos suaves, tu estilográfica en la chaqueta, y tu forma delicada y más bien educada de indagar. Por eso deduje que podías ser escritor.
Alzo mi rostro hasta centrarme en el de ella, me detengo en sus ojos negros e intensos. Y le pregunto.
— Dime, ¿cuántos libros he publicado hasta la fecha?
— Solamente uno.
— ¿Y cuándo se publicó?
— Todavía no lo ha hecho.
— ¿Y cuándo lo haré?
— Después del juicio. Añade con una mueca de satisfacción. Y añade.
— Que por, supuesto, ganará.
Y se marcha caminado como un bajel sin rumbo fijo.




José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2010.


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